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Ella asintió cautelosamente.

– Bueno, pues sobre todo me gusta verte verde de celos -dijo él, riéndose.

Molly se cruzó de brazos y se detuvo.

– Yo no estaba celosa de una rubia teñida con los pechos grandes.

– ¿No? -preguntó Hunter, acercándose a ella para desafiarla a que dijera la verdad.

Ella frunció el ceño.

– Bueno, quizá un poco.

– Quizá no tengas motivo para estar celosa. Quizá me gusten más los pechos de verdad que los operados. Y quizá tus pechos sean los que más me gustan -dijo él. Inclinó la cabeza y la besó de un modo que a Molly no le dejó ninguna duda de quién tenía el interés de Daniel por el momento.

«El perdón es divino», pensó Molly mientras le devolvía el beso, disfrutando de su sabor masculino unos momentos.

– Siento haber montado una escenita de celos -dijo cuando se separaron.

Daniel se rió.

– Me ha gustado.

– Bueno, que no se te suba a la cabeza, ¿de acuerdo?

– De acuerdo. ¿Lista para buscar a Lydia McCarthy?

– Más que lista. Qué afortunado que ella esté aquí.

Hunter la tomó de la mano, y juntos subieron las escaleras hasta la habitación doscientos quince.

Molly llamó a la puerta. Para su sorpresa, se abrió lentamente y Lydia, la secretaria de su padre, apareció ante ellos.

– No sois del reparto de pizza -dijo Lydia con la voz ronca.

– No, pero necesitamos hablar contigo.

Molly hizo ademán de entrar, pero Lydia le bloqueó el paso.

– No tengo nada que decirte a ti, ni a tu padre. Lo siento, Molly, me caes bien, pero ahora estamos en bandos opuestos.

Intentó cerrar la puerta, pero Hunter metió el pie.

– Por favor, Lydia. No tenemos nada contra ti. Sé que estás sufriendo por la muerte de Paul. Sólo queremos evitar que un hombre inocente vaya a la cárcel, y tal vez tú sepas algo que nos ayude -le dijo Molly-. Por favor.

– Está bien. Pasad, pero sólo unos minutos -dijo Lydia de mala gana.

– Gracias -respondió Molly, y la siguió al interior de la habitación junto a Hunter.

Lydia se sentó en la cama y les señaló dos sillas para que se pusieran cómodos.

A juzgar por lo hinchados que tenía los ojos, la secretaria había estado llorando. Y por su aspecto desarreglado, llevaba sin salir de aquel motel unos cuantos días. Molly casi sintió lástima por ella. Sin embargo, el hecho de que hubiera tenido una aventura con un hombre casado, que estuviera dispuesta a creer que el general había matado a su mejor amigo y socio y que hubiera abandonado al padre de Molly y su negocio en el momento más inoportuno le ponían difícil a Molly el hecho de sentir compasión.

– Señorita McCarthy, me llamo Daniel Hunter. Soy el abogado del general Addams. Me gustaría hacerle unas cuantas preguntas sobre la noche en que fue asesinado Paul. Ya conocemos su relación con la víctima, así que no voy a presionarla para que me dé detalles incómodos.

– Se lo agradezco -dijo Lydia.

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí escondida? -le espetó Molly.

Hunter se inclinó hacia delante en su asiento.

– Lo que quiere decir es… ¿cuánto tiempo ha pasado aquí? No puede ser bueno para usted estar sola en estos momentos.

Molly asintió y pensó que era mejor que se mordiera la lengua. Aunque quería interrogar a Lydia, sabía que Hunter sería mucho más diplomático para manejarla. En aquel momento, Molly estaba demasiado enfadada como para tener tacto.

– Paul y yo solíamos alojarnos aquí. He venido aquí para estar más cerca de él -dijo Lydia. Sacó un pañuelo de papel de una caja y se sonó la nariz-. Miren, yo no he hecho nada. No vi nada. No sé lo que quieren de mí.

Hunter carraspeó.

– Quiero que me diga lo que ocurrió la noche que murió Paul.

– Bien.

Lydia se levantó de la cama y comenzó a caminar por la habitación.

– Ha dicho que sabe que Paul y yo teníamos una relación. Él me había prometido durante años que iba a dejar a su mujer y que nos casaríamos. Me juraba que quería pasar el resto de su vida conmigo.

Molly abrió la boca, pero la mano de Hunter se aferró a su muslo en una clara advertencia para que se mantuviera en silencio. Ella obedeció.

– ¿Y aquella noche?

– Bueno, todo comenzó aquel día. Paul y Frank tuvieron una discusión de dinero. Yo no sé exactamente lo que ocurrió, pero discutieron violentamente, y Paul se marchó como una furia. Volvió más tarde aquella noche, y continuaba enfadado. Yo nunca lo había visto así. Dijo que había tenido una pelea con Sonya. Que ella no lo entendía, y que nunca lo entendería. Me dijo que había robado una enorme cantidad de dinero del negocio y que se lo había jugado. Todo.

– ¿Que se lo había jugado? -preguntó Molly, sorprendida.

– ¿Aquí, en Atlantic City? -inquirió Hunter.

Lydia asintió.

– Muchos de sus viajes de negocios incluían visitas aquí. Yo me reunía con él en este motel para pasar el fin de semana. Él me daba dinero para que fuera a un spa, para que me diera un masaje… él iba al casino. A mí no me gusta jugar, y no me importaba que él fuera solo.

Molly estuvo a punto de soltar un resoplido, pero Hunter no había quitado la mano de su muslo, y ella no quería que volviera a apretarla con tanta fuerza como antes. Además, en aquel momento estaba consiguiendo más detalles de los que nunca hubiera imaginado de Lydia McCarthy, y algunas piezas sobre Paul y el dinero estaban empezando a encajar.

– Pero esa noche usted se dio cuenta de que él lo había perdido todo -dijo Hunter.

– Sí, pero tampoco me importó. Lo vi como una bendición, una señal de que éramos libres. Le dije a Paul que debíamos aprovechar la oportunidad y huir juntos.

– ¿Y él se negó? -inquirió Hunter.

Lydia asintió secamente.

– No sólo eso, sino que me dijo que nunca había tenido intención de dejar a Sonya ni a su hijo. Dijo que no estaba dispuesto a abandonar la vida que tenía. Cada una de sus palabras fue como un puñal que se me clavaba en el corazón -dijo, y se puso las manos en el pecho.

Molly tuvo ganas de gritar ante el teatro de Lydia, pero se dio cuenta de que, aunque fuera absurdo, su dolor era real. Molly no tenía por qué aprobar las decisiones que había tomado la secretaria, pero tampoco podía juzgarla.

– ¿Y qué hiciste? -le preguntó Molly. ¿Qué hacía una mujer cuando el hombre al que quería le daba la espalda?

¿Qué había hecho Hunter cuando Molly le había dado la espalda? Se había retirado a su infierno privado, pensó ella, al revisar la escena con la que se había encontrado pocas semanas antes. El apartamento desordenado, la bebida y la mujer que estaba en su cama, a la que no había vuelto a mencionar.

Vaya. Nada como sentir el impacto de las propias acciones pasadas en mitad de la cara, pensó Molly.

– ¿Qué pasó después de que él la dejara?

La voz de Hunter sacó a Molly de sus dolorosos recuerdos. Esperaba no haberse perdido mucho de la entrevista.

– Me marché. Creía que estaba muy enfadado por lo del dinero, por Frank y por su esposa, y que se le pasaría cuando se diera cuenta de que probablemente Sonya no querría seguir a su lado, pero que yo estaba esperándolo pese a todo. Decidí que hablaría con él de nuevo por la mañana, pero cuando llegué a la oficina al día siguiente, la policía estaba allí y Paul había muerto.

Lydia parpadeó, intentando contener las lágrimas.

– ¿Está bien? -le preguntó Hunter.

La mujer asintió.

– Ahora mismo vuelvo.

Hunter se levantó al mismo tiempo que ella. Lydia entró al baño y cerró la puerta.

Él se volvió hacia Molly.

– ¿Y tú? ¿Estás bien?

Ella asintió, sorprendida y reconfortada por su preocupación, sobre todo después de lo que había estado pensando. No le había gustado darse cuenta del dolor que le había causado a Hunter, y detestaba pensar cómo habían sido para él los meses que habían pasado desde que ella se había alejado.