Tampoco sabía qué decir, así que se mantuvo en silencio.
Lydia volvió a la habitación.
– ¿Hemos terminado? Es muy doloroso recordar todo esto.
– Sólo unos minutos más -le aseguró Hunter-. ¿Qué hizo esa noche, después de salir de la oficina?
– Me fui a casa y lloré hasta que me quedé dormida.
Hunter se acercó a ella.
– Lo siento -le dijo-. Seguro que ya le ha contado todo esto a la policía. Es sólo que a veces ayuda oír los hechos en boca de la persona que los ha vivido, en vez de leerlo todo en un informe.
Molly admiró la técnica de Hunter. Se había ganado la confianza de Lydia con su actitud comprensiva, e incluso después de oír que había estado sola aquella noche, no le había preguntado si tenía una coartada. Seguro que no quería enfrentarse a ella y arriesgarse a que se cerrara en banda. Era un estratega brillante.
Lydia, mientras, tomó aire profundamente.
– Sí se lo dije a los policías, pero ellos no tenían ni la mitad de interés que ustedes.
Porque ya tenían a su hombre, pensó Molly amargamente. La policía de una ciudad pequeña ni siquiera se molestaría en pensar que quizá Lydia hubiera disparado a su amante cuando él la había dejado.
– Una cosa más -dijo Hunter-. Si puede pensar más allá del hecho de que Frank fuera arrestado por el asesinato de Paul, ¿se le ocurre alguien más que hubiera podido querer asesinarlo? ¿Alguien que tuviera una enemistad con él, personal o profesional? Ustedes dos estaban muy unidos, así que nadie podría responder a esa pregunta mejor que usted.
Estaba halagando a Lydia, pensó Molly. Y era muy bueno.
– Por mucho que me duela, tengo que decir que puede que lo hiciera Frank. Tenía motivo, oportunidad y acceso de noche al edificio. Lo siento, Molly, pero es la verdad.
Molly apretó los dientes.
– Pero, por favor, complázcame -insistió Hunter antes de que ella pudiera responderle a la secretaria-. ¿Se le ocurre alguien más que tuviera una rencilla con Paul?
– No creo que sirva de mucho, pero el alcalde Rappaport hizo con él un trato unos meses antes de que Molly llegara a la ciudad. Los Rappaport tenían unas tierras a las afueras de la ciudad que habían estado en su familia durante generaciones. Paul se enteró de que algunos constructores estaban interesados en esos terrenos. Habían estado husmeando, pero no se habían puesto en contacto con el alcalde todavía. Él estaba inmerso en la campaña de reelección, enfrentándose a un oponente más joven que estaba ganándole terreno. No prestaba atención a otra cosa que no fuera su carrera, y necesitaba dinero para financiarla. Así que, cuando Paul le ofreció quitarle la propiedad de encima, el alcalde Rappaport aprovechó la oportunidad, como Paul sabía que haría.
– Deja que lo adivine. Paul compró los terrenos a precio de saldo -dijo Molly, incapaz de disimular su repugnancia. Cuanto más sabía sobre el amigo de su padre, menos le gustaba.
Lydia asintió.
– Exacto. Después se puso en contacto con los constructores y vendió la tierra por mucho más dinero. Mucho más de lo que le había pagado al alcalde, claro.
– Y el alcalde se puso furioso -dijo Hunter.
– No se le puede culpar por ello -respondió Lydia.
Molly la miró con desconcierto.
– ¿Y querías a un hombre así?
Lydia se encogió de hombros.
– Todo vale en el amor, la guerra y el negocio inmobiliario. Los tratos de Paul no tenían nada que ver conmigo.
«¿Igual que su matrimonio?», se preguntó Molly en silencio. Sabía que no debía hacer la pregunta en voz alta, porque Hunter la mataría. Además, Lydia ya tenía suficiente castigo por su papel en los sucios tejemanejes de Paul y por interponerse en su matrimonio.
– ¿Sabe la policía este asunto entre el alcalde y Paul? -preguntó Hunter.
– Sé que se mencionó todo esto durante los días siguientes al… asesinato de Paul -dijo ella, atragantándose con la palabra-. Pero la policía no siguió la pista.
– No sé cómo darle las gracias.
Lydia asintió.
– De nada. Espero que sirva de algo.
Hunter se detuvo junto a la puerta.
– ¿Le importa que le dé un consejo? -le preguntó, pero continuó antes de que ella pudiera rechazar la oferta-. Vayase de este motel y deje atrás los recuerdos. Vuelva a casa a rehacer su vida. No puede sacar nada bueno de permanecer aquí.
– Adiós, Lydia -dijo Molly suavemente.
La otra mujer alzó la mano para despedirse.
Ellos salieron al aire fresco y oyeron la puerta del motel cerrándose a sus espaldas. Cuando bajaron las escaleras, Molly se volvió hacia Hunter, incapaz de contener su entusiasmo.
– ¿Te das cuenta de lo que hemos averiguado? ¡Tenemos dos sospechosos más!
– No es tan sencillo.
– No lo entiendo -dijo Molly.
No quería oír nada negativo que pudiera ahogar su alegría o amenazar lo que había pensado que eran noticias muy positivas para su padre.
– Estamos en el mismo bando, Molly, pero tienes que ser realista y objetiva. Nos gustaría tener sospechosos alternativos. La policía se niega a tenerlos en cuenta. Has visto que Lydia no tiene coartada. Me temo que el jurado verá en ella a una mujer que cometió un error al liarse con un hombre casado, pero que se vio enredada por sus falsas promesas. Serían comprensivos con ella. Si la usáramos como testigo, dirá que piensa que tu padre es el asesino. No va a ayudarnos en el caso.
Molly tragó saliva.
– ¿Y el alcalde? ¿Por qué no es él un sospechoso?
– Porque, que nosotros sepamos, no le había causado problemas a Paul. Perdió las tierras pero ganó las elecciones. Esta situación sólo da más pruebas de que Paul era un mal tipo, pero no exonera a tu padre. Y sinceramente, no creo que pudiéramos llevar al alcalde a juicio a menos que tuviéramos la prueba de que amenazó a Paul. Lo siento -le dijo Hunter a Molly, y la abrazó.
Molly se dejó envolver entre sus brazos.
– Algunas veces, te odio por ser tan profesional.
– Espero que sea mi profesionalidad lo que encuentre la llave para liberar a tu padre. Lo conseguiremos de algún modo -le prometió él.
– Te tomo la palabra.
– Igual que yo te tomo la palabra a ti. Me prometiste que nos olvidaríamos del caso hasta mañana. Hemos hablado con Lydia y hemos analizado nuestras averiguaciones. Ahora nos tomaremos el resto del día libre. Mañana, cuando volvamos a casa, decidiremos cuál será el paso siguiente.
Molly no tenía ganas de discutir. Estaba desesperadamente necesitada de sus abrazos y de su habilidad para hacer que olvidara los problemas, al menos durante aquella noche.
Cuando Hunter había llamado para reservar la suite, había pedido unos cuantos lujos sencillos. Al entrar en la habitación, la luz era tenue y sus peticiones habían sido satisfechas.
Molly lo rodeó y se adelantó. Vio una botella de champán en un cubo de hielo, una bandeja de fruta y un surtido de sándwiches y postres junto a la ventana, al lado de un gran centro de flores.
– Esto es maravilloso. Me muero de hambre y hay comida esperando -dijo, y paseó la vista por el resto de los detalles-. Y champán. Champán caro -añadió, y se giró hacia Hunter-. No deberías haberlo hecho.
Él se encogió de hombros, azorado. Cuando no sabía qué hacer, tenía tendencia a exagerar. Como por ejemplo, el hecho de pedir comida para media docena de personas porque no sabía lo que iba a gustarle a Molly.
Se metió las manos en los bolsillos.
– Quería que disfrutaras.
Ella sonrió sensualmente.
– Estoy de acuerdo contigo. ¿Cómo no voy a disfrutar?
Molly se acercó a él, se puso de puntillas y lo besó en los labios.
– Eres generoso y bueno -murmuró-. Por no mencionar guapísimo.
Le pasó los dedos entre el pelo, deleitándose con el mero hecho de tocarlo.