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Con facilidad, Molly consiguió que Hunter se olvidara de su azoramiento y que el deseo se adueñara de él.

– Has dicho que tenías hambre -le recordó.

– Tengo hambre. De ti -dijo Molly. Bajó las manos hasta su cintura y metió los dedos por sus pantalones; extendió los dedos calientes por su piel.

A él se le escapó un gruñido.

– Estás jugando con fuego -le advirtió.

– Eso es porque quiero quemarme -replicó ella, mientras le desabrochaba la cremallera.

Dejó que los pantalones cayeran al suelo. Daniel se los quitó y se sacó los zapatos y los calcetines. Hizo lo mismo con la camisa y la añadió a la pila de ropa.

Hunter alzó la vista y su mirada se cruzó con la de Molly. Estaba ruborizada y tenía los ojos llenos de pasión. A él le dio un salto el corazón en el pecho. Debería hacerle caso a aquella advertencia, pensó, pero estaba demasiado emocionado como para seguir lo que le dictaba el sentido común.

Sin avisar, la tomó en brazos. Ella soltó un gritito y se aferró a su cuello.

– No necesito que me lleves -le dijo, pero su risa le dio a entender a Daniel que estaba disfrutando de aquella exhibición de dominación masculina.

– Lo sé. Eres una mujer independiente -repuso él, mientras caminaba hacia el dormitorio. La depositó en la cama y continuó-: pero tan sólo por esta vez, vas a rendirte ante mí.

Aunque lo dijo riéndose, no se había dado cuenta de lo mucho que deseaba aquello. Su sometimiento. Necesitaba que Molly admitiera lo mucho que lo quería, que podía confiar en él.

– Oh, vamos. Tú no quieres que yo me someta. Quieres que participe activamente.

Prácticamente, ronroneó mientras ella lo despojaba de la ropa interior. Después, tomó su erección entre las manos y le acarició la punta sensible con el pulgar.

Él jadeó.

– Tienes razón.

– Lo habías planeado todo, así que por favor dime que has traído preservativos -dijo Molly, y él abrió los ojos.

– Sí. Están en el bolsillo exterior de mi maletín.

– Que Dios bendiga a los hombres previsores.

Molly lo soltó y le hizo un gesto hacia el equipaje, que estaba reunido en un rincón del dormitorio.

El apretó los dientes y buscó la caja de preservativos. Cuando la encontró, volvió a la cama, y descubrió que ella se había quitado los zapatos y la camisa, y que estaba liberándose de los vaqueros.

Cuando terminó, quedó vestida tan sólo con un sujetador diminuto y unas braguitas a juego. Él paseó la mirada por su cuerpo y sacudió la cabeza.

– Demonios, eres muy sexy.

– Me alegro de que lo pienses -dijo Molly. Se puso de rodillas sobre la cama, para estar a la misma altura que él, y apoyó las manos en sus hombros.

Él pensó que iba a besarlo de nuevo, pero en vez de eso, Molly le rozó la mejilla con los labios. Con una ligereza cálida y seductora, siguió el camino hacia su cuello y terminó mordisqueándole suavemente el lóbulo de la oreja. Aquello creó una ráfaga de sensaciones que viajó directamente a sus entrañas.

– Dios -murmuró Daniel-. Lo que me haces no tiene descripción -añadió, temblando.

Ella arqueó la espalda y le tocó el torso con los pechos. Sus pezones erectos lo rozaron a través de la tela del sujetador. Aquellos ligeros toques lo estaban llevando hasta el punto de estallar.

– ¿Molly? -le preguntó entre dientes.

– ¿Mmm? -ella había recostado la cabeza en su hombro, y Daniel sentía su respiración fresca en la piel.

– Me gustan los juegos preliminares tanto como a cualquiera, pero creo que van a tener que esperar a la próxima vez.

Si jugueteaba más con él, iba a romperse en dos, pensó Hunter.

Molly elevó la cabeza y lo besó, pasándole la lengua entre los labios. Sin poder contenerse, Daniel la tomó por las caderas y la tumbó sobre la cama.

– Me gusta que seas brusco -dijo ella riéndose.

Mientras Daniel se ponía el preservativo, Molly se quitó la ropa interior. Sus pezones estaban erectos y endurecidos, y su triángulo de vello rubio era toda una tentación. Antes de que él pudiera reaccionar, le pasó una pierna por la cintura y lo hizo rodar por la cama para colocarlo bajo ella.

Sus miradas quedaron atrapadas. Él la tomó de las caderas y juntos balancearon los cuerpos al unísono, hasta que el de Daniel se deslizó dentro del calor estrecho y húmedo de Molly.

Él sintió cómo el cuerpo de ella latía y se tensaba a su alrededor. La miró mientras ella cerraba los ojos, acogiéndolo en lo más profundo de su ser, hasta que estuvieron completamente unidos. Daniel apretó los dientes, inspiró con fuerza, luchó por mantener el control.

Se concentró en Molly. Ella tenía el pelo suelto por los hombros, y los labios húmedos y rojos. Le encantaba verla así, salvaje y desvergonzada, sólo para él.

Sin que Daniel pudiera evitarlo, sus caderas empujaron hacia arriba, y ella gimió, arqueándose hacia atrás mientras sus paredes internas se apretaban contra él.

– ¿Molly?

Ella abrió los ojos con esfuerzo.

– ¿Sí?

– Sé que te dije que quería que fueras sumisa, pero creo que prefiero que tú dirijas la situación.

Una sonrisa sensual se dibujó en los labios de Molly.

– ¿Estás seguro?

Él asintió.

– Haz lo que quieras. Lo que necesites.

Sus ojos brillaron con una combinación de deseo y deleite.

– Si tú lo dices…

Entonces, comenzó a mover las caderas con un ritmo circular, lento, apretando los muslos y presionándolo. Primero giró y después se balanceó hacia atrás y hacia delante, y aquél fue el movimiento que excitó por completo a Daniel.

Molly sabía cómo llevarlo más allá cuando él pensaba que había alcanzado el límite. A cada movimiento, le demostraba que podía tomarlo con más fuerza. Cada vez que movía la pelvis hacia delante, su cuerpo lo aprisionaba en su interior y ella respiraba cada vez con más urgencia.

Daniel se aproximaba al éxtasis cada vez más deprisa, pero, al mismo tiempo, se intensificaban los sentimientos que tanto había trabajado por controlar. No sólo estaba involucrado su cuerpo; sus caderas empujaban hacia arriba para satisfacer las necesidades físicas, pero el corazón le latía en el pecho declarando sus emociones a cada pulsación. Y cuando oía los suaves gemidos de Molly, se le hinchaba la garganta con un sentimiento que ya no podía negar.

La había querido una vez.

Aún la quería.

Hunter lo sabía, y había luchado contra ello desde que había vuelto a verla. Sin embargo, no importaba que Molly estuviera destinada a herirlo al final; Daniel daría todo por tener aquello durante el mayor tiempo posible. De lo contrario, ¿por qué iba a dejarse llevar en una noche que nunca olvidaría?

Ella siguió balanceándose, gimiendo y pronunciando su nombre mientras se acercaba al climax. Daniel sabía que no podría esperar mucho más, y quería que llegaran juntos a lo más alto de la pasión.

Con el dedo índice, comenzó a acariciarle bajo el pubis, allí donde sus cuerpos se encontraban. La humedad que habían creado le mojó el dedo y él lo apretó contra ella. A Molly se le escapó un suave grito, e intentó que él se hundiera más profundamente en su cuerpo. El miembro erecto de Daniel creaba una intensa fricción entre ellos, y los ruidos sensuales de Molly daban a entender que también la sentía. Durante todo el tiempo, siguió acariciándola y conduciéndola hacia la locura.

Súbitamente, ella se inclinó hacia abajo y se tumbó sobre el cuerpo de Daniel para aumentar la presión en el punto más sensible de su cuerpo.

– Así -le susurró él al oído. Le acarició el pelo y le besó la mejilla sin dejar de mover las caderas hacia arriba-. Tú tienes el control, llévanos al orgasmo -le pidió, sabiendo que estaba a segundos de hacerlo.

– Ahora, ahora… Dios, Hunter, yo…

Inmediatamente, Molly enterró la cara en la almohada junto a él, y lo que fuera a decir quedó amortiguado cuando llegó al clímax.