– ¿Y a olvidar el pasado? ¿Quieres que te demos un lugar para quedarte hasta que te sientas fuerte emocionalmente de nuevo para poder ir en busca de tu siguiente conquista? No, creo que no -dijo Molly entre dientes-. He venido a decirte que Hunter y yo hemos vuelto -le explicó a su padre-. Hablaremos luego. En este momento no tengo nada más que decir.
Se dio la vuelta y se marchó.
Hunter dio un paso tras ella, pero Frank sacudió la cabeza.
– Yo le daría unos minutos para recuperarse. Ésta no ha sido una sorpresa agradable -le dijo Frank, y después miró con frialdad a la madre de Molly-. Francie, ¿qué es lo que quieres en realidad? -le preguntó con cansancio.
– Estoy agotada. Acabo de hacer un vuelo muy largo y antes de salir tuve unos días difíciles en Londres. Me alojo en el Hilton. No es el Ritz, pero tiene cuatro estrellas, o eso dicen -dijo Francie.
Hunter parpadeó con perplejidad. Aquella mujer permanecía imperturbable ante todas las emociones que había provocado a su alrededor, ante su única hija y ante el hombre al que había mentido y traicionado años antes.
– Creo que has hecho bastante daño sólo con aparecer -dijo Frank-. Te agradecería que dejaras en paz a Molly.
Hunter secundaba la moción.
– Eso no es cosa tuya. Molly siempre ha estado ahí cuando la necesitaba. Puede que esté disgustada con la situación, pero cuando se recupere, se alegrará de verme. Siempre se alegra.
– Ha cambiado -dijo Hunter, sin poder contenerse.
– Una chica siempre está ahí para ayudar a su madre -dijo Francie. Tomó su bolso y se lo colgó del hombro.
– ¿Y no debería ser que una madre siempre está dispuesta a ayudar a su hija? -le preguntó Frank-. ¿O eso es típico de todas las madres menos de ti?
Francie bostezó.
– Estoy demasiado cansada para mantener esta conversación ahora. Frank, ¿puedes llevarme al hotel? Aquí no voy a poder tomar un taxi.
Hunter miró el perfecto peinado y el traje claro de Francie.
– Yo te llevaré encantado -le dijo, guiñándole el ojo a Frank sin que ella se diera cuenta.
Colocar a Francie en el asiento trasero de su moto era mezquino, pero también era una pequeña venganza por los años de dolor que le había causado a Molly. La visión de sus pelos revueltos sería muy dulce.
– ¿Frank?
El general se volvió al oír su nombre, y vio a Sonya en su cocina.
– No te había oído entrar.
– He llamado, pero nadie ha respondido. Como la puerta estaba entreabierta, he entrado.
Caminó hacia él. Era una imagen muy agradable, vestida con pantalones negros y un polo de manga corta.
Técnicamente aún estaba de luto, y había elegido una ropa de colores apagados para salir de casa. Aunque sus sentimientos fueran confusos, no podía negar que estaba lamentando la pérdida de algo importante en su vida, pese a que no fuera el amor de un marido que se había apagado años antes.
– Me alegro de que lo hicieras -respondió Frank, y le dio un beso en la mejilla-. Bueno, ¿y qué te trae por aquí? -le preguntó mientras se sentaban.
Sonya se encogió de hombros.
– Nada, en realidad. He visto el coche de Molly y quería saber qué han averiguado en Atlantic City. ¿Te han contado algo? -le preguntó esperanzadamente.
– Todavía no. Hemos tenido una visita que ha tomado la prioridad sobre todo lo demás.
– ¿Y qué podría ser más importante que tu caso? -preguntó Sonya, ofendida en su nombre.
Frank no pudo evitarlo. Se rió.
– Ha aparecido la madre de Molly. Créeme, cuando la conozcas te darás cuenta de que todo en este mundo gira alrededor de Francie. Los problemas o necesidades de los demás no tienen importancia -le dijo, sacudiendo la cabeza-. No sé qué vi en ella hace tantos años.
Sony se levantó y se colocó detrás de él. Apoyó las manos en sus hombros y comenzó a darle un masaje en los músculos, que estaban tan tensos como si fueran a romperse en dos.
Frank inclinó la cabeza hacia delante para que ella tuviera mejor acceso.
– Señor, qué alivio.
– Tienes mucha tensión en los hombros -dijo Sonya-. Más de la que un hombre debería tener. Bueno, ¿y qué es lo que viste en la madre de Molly? ¿Es guapa?
– Es muy guapa, pero no tiene nada por dentro. Ni una pizca de bondad ni generosidad.
Sonya siguió masajeándolo.
– ¿Cuántos años tenías cuando la conociste?
– Dieciocho, y estaba a un paso de alistarme en el ejército.
– No sé por qué me parece que no estabas interesado en lo que tenía en el corazón -dijo Sonya con una suave risa.
Frank sonrió.
– Eres una mujer lista. Y muy guapa por dentro y por fuera -dijo él. No quería que pensara que todavía sentía algo por aquella mujer.
– Te lo agradezco. A veces se me olvida que era algo más que el chivo expiatorio de Paul. Metafóricamente hablando.
– A veces.
Ella se quedó inmóvil.
– Tienes razón. Ya no es necesario negarlo más. Supongo que es la fuerza de la costumbre.
Él le tomó una mano.
– Va a llevarte tiempo ajustarme a la nueva normalidad.
– Me va a llevar más tiempo averiguar qué es eso.
Frank inspiró profundamente.
– Con suerte, tenemos todo el tiempo del mundo para averiguar eso. Y esperemos que Hunter haga un milagro, porque, para mí, las cosas tienen mal aspecto.
Frank no lo había dicho en voz alta todavía, pero permanecía despierto por las noches, temiendo que Hunter no pudiera demostrar su inocencia y que tuviera que pasar el resto de sus días en una celda.
Sólo con pensarlo, comenzó a sudar.
– Todo saldrá bien -le dijo Sonya, inclinando la cabeza hacia él-. No vas a ir a la cárcel por un crimen que no has cometido.
Cuando Sonya pronunciaba aquellas palabras, Frank casi podía creerlo.
Molly estaba acurrucada en su cama, en casa de su padre. No era su casa, pero ella había pensado que había llegado a ser su hogar, si definía hogar como el lugar que estaba dentro del corazón de una persona. Había creído que la aceptación de su padre le había curado las viejas heridas, pero cuando su madre había aparecido, Molly se había dado cuenta de que estaba equivocada. La presencia de Francie le había recordado todo lo que se había perdido en la vida, y aquello que no había podido conseguir. Ganarse el afecto y la aprobación de su madre había sido uno de sus objetivos. Y un gran fracaso.
¿Y no era eso lo que había intentado decirle Hunter el otro día? ¿Que todavía tenía asuntos sin resolver en lo referente al amor y la aceptación? Ella había rebatido sus argumentos, pero parecía que Daniel tenía razón.
Alguien llamó a la puerta de su habitación y Molly se puso en pie de un salto. Sacó un pañuelo de papel de la caja de la mesilla de noche, se sonó la nariz y se secó los ojos.
– Adelante -dijo.
Hunter entró, dejando la puerta entreabierta.
– No quiero que Jessie se haga una idea equivocada. Si ella tiene que dejar la puerta abierta, nosotros también -dijo, y miró a Molly fijamente-. ¿Estás bien? -le preguntó con preocupación.
Ella asintió.
– Pero has llorado -dijo él, mientras se sentaba a su lado.
Molly se encogió de hombros.
– Soy una mujer. Las mujeres lloran, a veces.
Él soltó una carcajada.
– Qué tontería. Mi Molly no diría eso.
– ¿Quieres decir la Molly a la que conoces? -preguntó ella con amargura.
Él sacudió la cabeza.
– Ése ha sido el error de tu madre, no el mío. Yo no finjo que lo sé todo de ti, pero sé que tú no crees en los estereotipos de las mujeres débiles.
– Está bien, lloraba porque siento lástima por mí misma. ¿Te parece propio de mí?
Él volvió a negar con un gesto.
– Cariño, todo el mundo tiene momentos bajos, y después de conocer a tu madre, me extraña que tú no tengas más.