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Molly lo miró.

– ¿Has hablado con ella?

– La he llevado a su hotel -dijo Daniel, e hizo una pausa para dejar que ella asimilara la noticia-. En la moto.

Molly se rió a carcajadas.

– Ojalá lo hubiera visto.

– Protestó y se quejó porque iba a estropeársele el traje, a arrugársele el forro, a manchársele de grasa la falda, y porque el viento iba a arruinarle el peinado. Sin embargo, lo que más detestó fue el casco.

Molly comenzó a reírse con más fuerza, y al instante, el llanto se le mezcló con la risa. Hunter la abrazó hasta que ella se calmó. Cuando dejó de llorar, alzó la cabeza, miró a Hunter y sonrió.

– Gracias. Ahora me siento mejor.

– Me alegro.

– Como ya se ha ido mi madre, ¿crees que deberíamos poner a mi padre al corriente de lo que ha sucedido en Atlantic City? -le preguntó Molly.

– Ya lo he hecho. Entiende que va a ser difícil exculparlo declarando otros sospechosos.

Molly tragó saliva con un nudo en la garganta.

– Difícil, pero no imposible, ¿no?

Él inclinó la cabeza.

– Necesito que escuches esto y lo entiendas. El caso de tu padre no es precisamente pan comido.

De repente, oyeron un ruido desde el pasillo, y él volvió la cabeza hacia la puerta.

– Es Jessie -le dijo Molly-. Probablemente está con Seth.

Hunter asintió.

– ¿Y qué estabas diciendo sobre el caso?

– Que no es pan comido, pero que no voy a rendirme. Haré todo lo que pueda por él, pero no quisiera darte falsas esperanzas.

– Confío en ti, Hunter. Admito que estoy preocupada, pero sé que tú lo conseguirás. Estoy segura.

– Una cosa más -dijo él, mirándola fijamente.

– ¿Qué?

– Tu madre se aloja en el Hilton, y le gustaría pasar un rato contigo mientras esté aquí.

– Te refieres a que quiere que vaya a decirle que no se preocupe, que encontrará otro millonario idiota que le pague las cuentas. No puedo hacerlo más -dijo, y se cruzó de brazos-. Llevo así desde siempre, pero ahora sé lo que es importante en la vida. Su búsqueda de un marido rico no lo es.

– Es tu madre -le dijo Hunter, que se sintió obligado a recordárselo.

– Biología -respondió Molly.

– Hechos -repuso Hunter-. Y hay otra cosa. Quizá no te caiga bien, pero la quieres. Y va a seguir apareciendo en tu vida cuando le resulte conveniente a ella, no a ti. No puedes conseguir que desaparezca, por mucho que quieras. Te dejaría un enorme agujero en el corazón. No serías tan feliz como piensas -añadió él con una expresión sombría.

– ¿Es eso lo que sientes tú? ¿Un gran agujero?

Al pensar en que tenía que hablar de su pasado, el pánico se adueñó de Hunter. Sin embargo, supuso que no era justo darle consejo a Molly sobre lo que debería hacer con su madre cuando se negaba a hablar de sí mismo.

– Sí. Eso es lo que se siente -admitió-. Un gran agujero en el pecho, que nunca podré llenar. Tengo a Lacey y a Ty, y a la madre de Ty, Flo, y un lugar para ir de vacaciones ahora, no como cuando era niño. Pero no tengo definida la situación con mis padres, y eso es algo que no le deseo a nadie, y menos a ti. Habla con ella -le recomendó Hunter.

Molly ladeó la cabeza.

– ¿No es eso lo que acabo de hacer? Y ha sido como hablar con la pared. Ella no entiende lo que le digo, sólo piensa en lo que quiere y cómo conseguirlo.

Hunter asintió.

– Estoy de acuerdo contigo. Lo único que digo es que siempre va a ser así. Seguirá apareciendo y dejándote helada a menos que le pongas normas ahora.

– Ella es quien es. No va a cambiar y yo tampoco. Hoy he dado un paso muy grande al enfrentarme a mi madre. No entiendo qué otra cosa quieres de mí.

– Nada -respondió Daniel, aunque sabía que era una mentira.

Lo quería todo de Molly. No obstante, sabía que la única forma de que las cosas funcionaran entre los dos era que ella pusiera orden en su vida, y hasta el momento, no había conseguido hacérselo entender. Como su madre, Molly sólo se enfrentaba a lo que quería en el momento, pero Daniel no creía que debiera decírselo.

Sin embargo, Molly tenía que controlar la relación con su madre. De lo contrario, el miedo de perder a su familia y de no ser aceptada continuaría estropeándole la vida.

Por mucho que la quisiera, Hunter no tenía más remedio que dar un paso atrás para protegerse a sí mismo. No iba a decir basta a su relación; por el contrario, quería que Molly supiera exactamente cómo era estar con él. No iba a presionarla, porque no quería ser otra complicación en su vida en aquel momento.

Su objetivo, porque Hunter era un hombre que siempre perseguía un fin, era que Molly se diera cuenta de lo que era formar parte de una pareja, que supiera lo vacía que se sentiría si lo dejaba marchar.

Porque Daniel temía que eso era lo que iba a ocurrir si él no era capaz de conseguir la libertad de su padre.

Jessie y Seth estaban en el pasillo, escuchando a escondidas la conversación entre Molly y Hunter. No era su intención, pero cuando habían pasado junto a la puerta de la habitación de Molly para visitar a Ollie en el despacho, los habían oído hablando sobre el caso del general. ¿Cómo iban Seth y Jessie a dejar de escuchar lo que los adultos tenían que decir?

Cuando el tema cambió hacia Molly y su madre, Seth tiró de la mano a Jessie y los dos siguieron su camino hacia el despacho. A ella le hubiera gustado oír lo que su hermanastra decía acerca de su madre, pero Seth no se lo permitió.

Entraron en la oficina.

– Hola, Ollie -le dijo Jessie.

El pájaro agitó las alas.

Jessie sonrió.

– ¿Te aburres? -le preguntó.

Después se volvió hacia Seth, que estaba mirando por la ventana hacia la calle. Llevaba todo el día nervioso, algo corriente desde que su padre había muerto.

Jessie no lo culpaba. No se imaginaba cómo conseguía superar el día a día. Lo único que podía hacer era sacar temas de conversación que pudieran distraer a su amigo.

Aquel día tenía algo perfecto de lo que hablar.

– Vaya, la madre de Molly es una bruja, ¿verdad? -le susurró, por si acaso había alguien en el pasillo.

Seth se encogió de hombros sin volverse, y no respondió.

– Seth, sé que es una pregunta estúpida, ¿pero te ocurre algo hoy, aparte de lo evidente?

– ¿Puedo hablar contigo? -le preguntó Seth repentinamente. Se dio la vuelta, y al mirarlo, Jessie se dio cuenta de que tenía una expresión de miedo. Se le encogió el estómago.

– Siempre puedes hablar conmigo -le dijo. Se sentó en el sofá y le señaló el sitio de al lado.

Seth sacudió la cabeza.

– No puedo sentarme. No puedo dormir. No puedo seguir así.

Entonces, el estómago no se le encogió a Jessie, sino que le dio tres vueltas de campana.

– Me estás asustando. ¿Qué pasa?

– Oh, Dios mío, Dios mío. ¿Has oído al abogado? Ha dicho que el caso de tu padre no es pan comido.

Jessie asintió.

– También he oído que no abandonaría, y Molly ha dicho que confiaba en él.

– ¿Y eso te parece suficiente? ¿Desde cuándo haces tanto caso de lo que ella dice? -le preguntó Seth, asombrado.

– No sé. Quizá no le había dado una oportunidad justa cuando llegó, y quizá no sea tan mala como yo pensaba.

Después de todo, parecía que Molly la entendía al menos un poco, y no había tenido en cuenta su mal comportamiento; le había prestado su jersey amarillo pese a su fisgoneo y su intento de chantaje.

Seth se puso a caminar de un lado a otro.

– Hunter dijo que no quería darle falsas esperanzas a Molly. No está seguro de que pueda sacar a tu padre de la cárcel, y eso me asusta.

– A mí también, pero intento no pensar en ello.

Seth apretó las manos.

– No puedo dejar de pensar en ello. Vivo con ello todos los días.