– Voy con los demás. ¿Me acompañas?
Ella asintió. Tenía un nudo en la garganta y no podía hablar.
Lo que había dicho Hunter era cierto: su familia era todo lo que siempre había deseado. Sin embargo, mientras se dirigía con él a la cocina, Molly entendió perfectamente la contradicción: su padre estaba libre, su familia estaba reunida, ella debería estar llena de amor y emoción, y sin embargo, se sentía completamente vacía por dentro.
Frank miró a su familia, a su madre, a sus hijas, a la mujer a la que quería y al muchacho al que adoraba como un hijo.
El general alzó la copa.
– Un brindis -dijo.
Todo el mundo quedó en silencio al oír su voz.
– Por mi familia. Mi familia, que incluye a todas las personas presentes en esta habitación. Nos cuidamos en los buenos y en los malos tiempos. Hemos permanecido unidos durante el peor de los momentos, y ahora vamos hacia el otro lado.
– Bien dicho -afirmó la comandante, que hizo chocar su copa con la de su hijo.
Él miró a Sonya. La noche anterior, ella le había dicho que estaba asombrada de que no sintiera ira contra Seth porque el chico hubiera permitido que lo acusaran del asesinato.
Sin embargo, Seth era su hijo. No de sangre, pero sí por todo aquello que tenía importancia.
Y, en cuanto pasara un tiempo razonable después de la muerte de Paul, Frank quería hacer oficial y pública a su familia. Sonya estaba de acuerdo. Tendrían que decírselo a los niños, aunque Frank esperaba que todo el mundo estuviera de su lado.
– Ojalá el hombre responsable de que todos podamos estar juntos compartiera con nosotros este brindis -dijo Frank. Sin embargo, Hunter se había marchado poco después de pasar por la fiesta.
Y Molly se había quedado en silencio desde entonces.
Frank miró a sus hijos con un deseo: que tuvieran tanta suerte como él en la vida. Había encontrado dos veces el amor, y había tenido la oportunidad de forjar una relación con una hija de cuya existencia no sabía nada. Ninguno de ellos se merecía menos.
Sonó el timbre de la puerta y Molly, agradecida por la excusa para escapar, fue a abrir. A Frank se le encogió el estómago. Tenía un mal presentimiento sobre aquella visita.
Siguió a Molly y, cuando su hija abrió la puerta, ambos se encontraron con Francie en el umbral. Más allá había un taxi esperando.
Frank entornó los ojos con desconfianza. Quisiera lo que quisiera, no podían ser buenas noticias.
Molly tenía un horrible dolor de cabeza. Primero, Hunter la había tomado por sorpresa al hacer la maleta, darle las gracias a su familia y marcharse, todo en menos de media hora. Y después aparecía su madre, vestida de diseño, como de costumbre. Había una cosa segura, y era que Francie podría vivir vendiendo ropa de su armario durante el resto de su vida. Aunque su madre no iba a caer tan bajo. Molly se preguntó a qué pobre tipo iba a engañar en los siguientes días.
– No es buen momento -le dijo Frank a Francie.
Ella miró hacia dentro.
– Oh, ¿interrumpo una fiesta?
– No es una fiesta -respondieron Molly y su padre al unísono.
Molly sacudió la cabeza y sonrió.
– Es una reunión familiar -dijo, y optó por no dar más explicaciones.
Francie había estado en la casa lo suficiente como para saber exactamente lo que ocurría con el caso de su padre y con la familia.
Quizá Molly no quisiera verla, pero tampoco podía dejarla en la calle.
– ¿Por qué no entras?
– En realidad, sólo he venido a despedirme. Tengo un taxi esperando -dijo, y señaló al coche.
– ¿Te marchas? -le preguntó Molly, con el estómago encogido.
No sabía por qué. Su madre llegaba y se iba a menudo. Aquélla era su forma de actuar. Y como en aquella ocasión, Molly no había recibido bien su visita, no entendía por qué de repente sentía pánico.
– Bueno, sí. Me he quedado durante vuestros momentos difíciles, y ahora que todo ha terminado, no me necesitáis más -respondió Francie.
Molly movió la cabeza de un lado a otro. Era imposible saber si su madre decía la verdad o si la verdad coincidía con sus planes.
– No hemos tenido ocasión de hablar -le dijo Frank a su ex.
– Tonterías -respondió Francie-. Ha sido muy agradable verte y que nos pusiéramos al día sobre nuestras vidas. Y me alegro mucho de que Molly te haya encontrado. De veras.
Bueno, aquello era, probablemente, la única frase completamente cierta que había pronunciado su madre. Era como si el comportamiento de Francie durante todos aquellos años no se hubiera producido. O, si se había producido, ella no pensaba que nadie tuviera que guardarle rencor por ello.
– Bueno, tengo que irme.
El pánico volvió a adueñarse de Molly.
– ¡Espera!
Su madre miró nerviosamente hacia el taxi. «El tiempo es oro». No tenía que decirle a Molly lo que estaba pensando. Sin embargo, Molly no estaba dispuesta a pagarle el taxi sólo por tener unos cuantos minutos más para decirle lo que pensaba.
Aquélla era la razón de su pánico, pensó Molly: tenía unas cuantas cosas que decirle a su madre, y no podía esperar hasta la próxima vez que la mujer volviera revoloteando al país.
– Dile al taxista que se marche. Después puedes llamar a otro. Tengo que hablar contigo.
Francie le envió un beso.
– Te llamaré, te lo prometo.
– No, quiero hablar contigo ahora. Soy tu hija. Nunca te he pedido nada, pero ahora necesito cinco minutos de tu tiempo -dijo Molly con firmeza.
Francie la dejó asombrada al entrar en la casa sin discusión.
– Os dejo a solas -dijo Frank, y se marchó hacia la sala en la que esperaba su familia.
Molly se dio cuenta de que todos estaban pendientes de ellas, pero no le importó.
– Tenemos que llegar a un entendimiento.
Molly se oyó pronunciar aquellas palabras que no había ensayado, y mientras hablaba, por fin entendió lo que Hunter quería decir cuando afirmaba que su madre y ella no habían resuelto nada. Porque, aunque Molly la había llamado a gritos, Francie nunca la había oído.
– Querida, nos entendemos perfectamente la una a la otra.
Molly arqueó las cejas.
– Si nos entendiéramos, no te dedicarías a viajar por el mundo y a aparecer en mi vida sólo cuando te viene bien. Así que de ahora en adelante, si quieres visitarme, tendrás que llamarme. Necesito saber que vas a venir, y tú tienes que preguntarme si es un buen momento para mí.
Francie se quedó sorprendida.
– Soy tu madre. No me vas a negar una visita.
Molly sonrió, pese a todo. Su madre, algunas veces, era tan infantil que daba miedo.
– No, probablemente no. Ni siquiera aunque mi padre esté acusado de asesinato y todo lo que me rodea sea un caos -admitió ella.
La sonrisa resplandeciente de Francie le dio a entender a Molly que no se había explicado muy bien.
– ¿Lo ves? No hay motivo para tanta formalidad entre nosotras dos.
Molly suspiró.
– No se trata de formalidad, sino de mis sentimientos. Sería agradable saber que has pensado lo suficiente en mí como para avisarme con antelación. Supongo que una visita de vez en cuando no estaría mal, siempre y cuando tenga noticias tuyas alguna vez. No quiero más meses de silencio mientras me pregunto si sigues viva en algún lugar del mundo. Y no quiero más evasivas cuando te llame. Si no puedes hablar conmigo en un momento determinado, llámame más tarde. Lo único que pido es cortesía. Trátame como si fuera tu hija, no como algo incómodo.
Para horror de Molly, en las últimas palabras se le quebró la voz.
– Dios, qué día he tenido -dijo Molly, y tuvo que secarse las lágrimas con el dorso de la mano.
Francie la miró. La miró de verdad. Después la abrazó con torpeza.
– Supongo que puedo intentar estar un poco menos centrada en mí misma -dijo. Después le dio unos golpecitos en la espalda a Molly y se apartó.
Parecía que había captado el mensaje, al menos lo principal; así que Molly sonrió.