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– Sí, eso estaría bien.

Francie se apretó los ojos con dos dedos, y Molly se preguntó si su madre tenía también la capacidad de emocionarse.

– Bueno, ahora tengo que marcharme.

Molly asintió.

– Lo sé.

– Pero te llamaré -le dijo Francie. Después la miró a los ojos-. Ya te he dicho eso más veces, ¿no?

Molly asintió y su madre bajó la mirada.

– He tenido una sensación de deja vu -murmuró Francie. Parecía que era más consciente de sus acciones que antes.

Lo que no sabía Molly era cuánto duraría aquella nueva conciencia. Al menos, por el momento, parecía que lo que le había dicho a su madre había causado efecto.

– Bueno, esta vez lo haré.

Francie le dio un beso a Molly en la mejilla y se volvió hacia la puerta. Se detuvo, se giró hacia Molly y le dio un abrazo impulsivo otra vez.

Entonces, entre despedidas, Francie se marchó. En aquella ocasión, Molly no sintió la misma ira del pasado. Tuvo más aceptación hacia su madre, por muy llena de imperfecciones que estuviera, y más esperanzas para el futuro.

No ilusiones, pensó con ironía.

Sólo esperanzas.

La vida recuperó rápidamente su normalidad.

Robin volvió a la universidad. Jessie y Seth también volvieron al colegio. Aunque Seth estaba en tratamiento psicológico, Hunter había conseguido un trato con el fiscal que garantizaba que el chico no pasaría por el correccional. El general abrió nuevamente su negocio con Sonya a su lado, que iba a ayudarlo a comenzar de nuevo. Y aunque Frank quería que Molly fuera su socia, Molly sabía que no era eso lo que deseaba. Asombroso, pero cierto.

Molly se había despertado aquella mañana, una semana después de que todo terminara, y había encontrado a todo el mundo haciendo sus cosas. Ya no había ninguna crisis que resolver, y ella se había visto obligada a examinarse a sí misma y a su vida.

No le gustó lo que vio. Estaba sola en casa de su padre, sin un trabajo al que dedicarse. Tenia veintiocho años y su ropa favorita estaba escondida en el armario porque ella había ocultado su verdadera personalidad para ser aceptada y querida. Además, había apartado de sí al hombre que la aceptaba sin condiciones.

Aunque al principio, Molly no lo había visto así. Cuando Hunter se había marchado, se había convencido a sí misma de que él era quien huía para no enfrentarse a lo que había entre los dos. Se convenció de que Daniel se había marchado porque ella lo había dejado la vez anterior y quería vengarse.

Entonces, durante aquella inesperada conversación con su madre, se había visto siguiendo el consejo de Hunter y estableciendo reglas de acuerdo a las que poder vivir. Había tomado el control. Así se dio cuenta de que la vida con la que se contentaba antes de que acusaran a su padre de asesinato se había convertido en una vida insuficiente desde que había probado la existencia junto a Daniel.

Molly llamó a la puerta del despacho de su padre.

– ¡Adelante! -dijo él.

Ella se asomó.

– ¿Podemos hablar un momento?

– Claro -respondió él. Se levantó del escritorio y se unió a ella en mitad de la habitación-. Vamos a sentarnos ahí -le dijo, y le señaló las dos butacas de cuero que había colocado al otro lado de su mesa.

Se acomodaron, y su padre habló primero.

– Vaya, qué cambiada estás -le dijo, mirando su camisa roja, los vaqueros ajustados y las botas de vaquero-. Me encanta el color rojo. Tu madre lo llevaba cuando nos conocimos. Es uno de los mejores recuerdos que conservo de ella -dijo él, riéndose.

Molly sonrió.

– Te había visto esas botas, pero no el resto de la ropa. ¿Es nueva?

– No para mí. Sólo para ti. Verás, lo cierto es que no he sido completamente sincera contigo.

Él arqueó las cejas.

– ¿Acerca de qué?

– Acerca de quién soy en realidad. O debería decir de quién era antes de venir a vivir aquí. Quizá te hayas dado cuenta de que tengo problemas con la aceptación de los demás.

Frank abrió los brazos.

– ¿Y cómo no ibas a tenerlos, sabiendo el modo en que te crió tu madre? -dijo él calmadamente.

Molly le agradeció su apoyo. Era una de las cosas que más adoraba de él. Su amor incondicional. Sólo lamentaba no haber confiado antes en ello.

– Bueno, cuando supe que tenía un padre y una familia aquí, deseé encajar con todas mis fuerzas, y habría hecho cualquier cosa por conseguirlo -admitió, y se ruborizó.

Su padre se levantó y dio un paso hacía ella.

– Esta familia ya ha tenido suficientes escándalos y problemas. Estoy seguro de que lo que vas a decirme no es tan espantoso -le aseguró él.

Molly miró al general y se echó a reír.

– Después de esta introducción, lo que voy a decirte te va a parecer inmaduro -dijo. Se pasó una mano por el pelo y suspiró-. No tengo una forma de vestir tan modosa como Robin y Jessie. Me encantan los colores fuertes. Prefiero ser más sincera que dócil, y los primeros ocho meses que pasé aquí, mordiéndome la lengua mientras Jessie me pasaba por encima como una apisonadora, fueron un atentado contra mi naturaleza.

Terminó la explicación soltando una gran exhalación.

– Y pensabas que, ocultando esas facetas tuyas, yo… ¿qué? ¿Te querría más?

– Temía que si conocías mi verdadera personalidad, me querrías menos. O que no me querrías nada. No te olvides de que tú no me educaste, y no estableciste lazos de amor conmigo desde el principio. Soy una adulta que apareció completamente formada en la puerta de tu casa. Tienes todo el derecho a que no te caiga bien, si es eso lo que sientes. Pero yo no quería darte motivos, ni a ti, ni a Robin ni a Jessie.

Molly tragó saliva y miró a su padre a los ojos.

Él tenía una expresión divertida.

– No has dicho nada de la comandante. ¿Supongo que en ella encontraste a una persona que podía entenderte?

Molly asintió.

– La abuela se parece más a mí.

– Y Jessie. No sé si te has dado cuenta todavía.

Ella se rió.

– Me amenazó con chantajearme para que le prestara mi ropa y me pidió mi jersey favorito. Creo que ya había empezado a percatarme. Habíamos hecho muchos progresos hasta que le conté a Hunter el secreto que ella me había confiado.

El general le puso las manos en los hombros. Ella le agradeció aquel gesto de apoyo.

– Jessie sabe que le salvaste la vida a Seth haciendo lo que hiciste. Es una chica inteligente. Quizá intente hacértelo pagar para ver qué puede conseguir explotando tu culpabilidad, pero, en el fondo, le has demostrado lo que vales.

– Quizá. Sin embargo, lo haya conseguido o no, he decidido ser yo misma.

– Eso es lo que todo el mundo quiere que seas. Nosotros no somos como tu madre. No esperamos que seas otra cosa que tú misma. Tus hermanas y yo no queremos que te alejes.

Molly asintió sin poder hablar de la emoción. Después de un instante, dijo:

– Ahora lo sé. Quizá sea tarde, pero lo entiendo por fin.

Su padre la abrazó durante un largo rato.

– Te quiero, Molly.

Ella sonrió.

– Yo también te quiero. Y por eso, precisamente, lo que tengo que decirte es mucho más difícil. No puedo ser tu socia en el negocio.

Él dio un paso atrás.

– ¿Por qué?

– Ha llegado la hora de que ponga orden en mi vida.

Frank arqueó una ceja.

– ¿Y eso incluye a Hunter? Me he dado cuenta de lo triste que has estado desde que él se ha ido.

Molly sonrió débilmente.

– Es evidente, ¿eh?

El general asintió.

– Por desgracia, sí.

– Bueno, no sé si él querrá volver conmigo o es demasiado tarde, pero tengo que intentarlo.

Frank sonrió.

– No esperaba menos de ti. Ve por él, campeona.

Molly tomó aire para darse fuerzas.

– Sí, bueno, deséame buena suerte porque voy a necesitarla.