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– Buena suerte, cariño.

Molly esperaba que sus palabras fueran suficiente, porque palabras era todo lo que tenía para convencer a Hunter de que le concediera una nueva oportunidad.

Hunter tenía una vida esperándolo al volver a casa, y se sumergió en ella a toda velocidad, salvo por la bebida y las mujeres. El personal de su despacho se alegró mucho de verlo: había un nuevo caso de asesinato que los tenía ocupados día y noche. Él hizo tiempo para ver a Lacey y a Ty y al resto de sus amigos. Era una vida vacía sin Molly, pero era una vida.

No pasaba mucho tiempo en casa, por una buena razón. Si se quedaba a trabajar en la oficina hasta tarde, se concentraba más en sus tareas. Si trabajaba en casa, pensaba en lo silencioso que estaba todo, en lo solo que se sentía.

Llamó por el intercomunicador a su secretaria y le pidió que le hiciera una reserva en su pub favorito para cenar, en una mesa tranquila al final del local. Se llevaría el ordenador portátil y pondría al día el correo electrónico para tomarse un descanso del estudio de la documentación y los detalles macabros de la escena del crimen.

Ella lo llamó instantes más tarde para decirle que le estaban guardando la mesa. Ventajas de ser un cliente asiduo. Daniel estaba poniendo en orden las cosas antes de salir cuando alguien llamó a la puerta.

Frunció el ceño. No era buen momento para conversar con nadie. Quizá fuera un buen cliente, pero en el pub más concurrido de la ciudad no podían guardarle la mesa durante mucho tiempo.

– Adelante, y que sea rápido.

Se puso la bolsa del ordenador al hombro, preparado para marcharse cuanto antes.

Hunter prefería que el ambiente fuera relajado, y su secretaria nunca le anunciaba las visitas. Así que cuando la puerta se abrió de par en par, esperaba encontrarse con uno de sus empleados o sus socios.

En vez de eso, encontró una visión en el umbral de su despacho. Desde la punta de sus botas de vaquero rojas, pasando por los vaqueros oscuros y la cazadora roja que llevaba, aquella mujer era la Molly de siempre.

Él tomó aire bruscamente.

– Molly.

No sabía qué le sorprendía más, si el hecho de verla o su ropa. Además, no quería hacerse falsas ilusiones sobre el motivo por el que ella estaba allí. Sin embargo, el corazón no lo escuchaba. Se había puesto a latir aceleradamente.

– Hola -dijo ella. Era evidente que se sentía tan azorada como él. Miró la bolsa que Daniel llevaba al hombro y le preguntó-: ¿Te marchabas ya?

Él se encogió de hombros.

– Iba a cenar -dijo. De repente, aquella mesa que le estaban reservando no le parecía importante-. ¿Qué te trae por aquí?

Molly se pasó una mano por la melena, despeinada pero magnífica.

– Tengo que hacerte una pregunta.

– ¿Y has venido en coche hasta aquí para hacérmela?

– En realidad, he venido en avión. Me pareció más rápido. Lacey me recogió en el aeropuerto. ¿Te importa que pase?

Él asintió.

– Claro, pasa. Es que me he quedado muy sorprendido al verte.

Ella cerró la puerta y se acercó a Daniel.

– Espero que también estés contento.

– Siempre -respondió él ásperamente.

Estaba tan guapo que Molly quería abrazarlo y quedarse allí para siempre. Sin embargo, percibió desconfianza en su mirada. Había demasiadas cosas sin resolver entre los dos.

– Cuando te fuiste, me convencí a mí misma de que estabas huyendo -le dijo, y después se echó a reír-. Al menos, durante los primeros cinco minutos. Entonces apareció mi madre, y de repente ocurrió algo. Me vi siguiendo tu consejo y hablando con ella para darle algunas normas sobre nuestra relación. Quizá no las siga, pero, al menos, puedo decir que he hecho lo posible por hacerme con el control.

Él sonrió.

– Eso está bien. Se trata de cómo reaccionas tú ante la gente, no de cómo reaccionan ellos ante ti. Sólo puedes controlar tus propios sentimientos y tus acciones, no los de los demás.

– Sólo he tardado media vida en darme cuenta de eso.

– ¿Cómo está la familia? -le preguntó Daniel.

– Bien, muy bien. Incluso Seth está mejorando. Todo el mundo ha vuelto a su vida, gracias a ti -dijo ella, y se humedeció los labios, que se le habían quedado secos.

Hunter se metió las manos en los bolsillos.

– Bueno, ¿y estás trabajando con tu padre ya?

– En realidad, le dije que eso no era lo que quería. Lo cual, tengo que admitir, me tomó por sorpresa.

– A mí también. Creía que trabajar con tu padre sería el sueño de tu vida -le dijo él, confuso.

– Las cosas cambian. Yo he cambiado. En realidad, tú me has cambiado.

– ¿De veras? ¿Y cómo?

Molly tomó aire.

– Al aceptarme, para empezar. Salvo que no me había dado cuenta de lo mucho que significaba eso hasta que me perdí a mí misma. Lo cual resulta irónico, porque te dejé que me encontraras -dijo, y después sacudió la cabeza-. ¿Tiene sentido algo de lo que digo? -preguntó, riéndose.

– Sorprendentemente, sí. Continúa.

– Tú eres el abogado que habla en los juicios. Yo no estoy acostumbrada a explicaciones largas, pero necesito que oigas esto, así que allá va. Cuando todo el mundo en casa volvió a sus obligaciones, me quedé sola y tuve que pararme a pensar en qué punto estaba. Me di cuenta de que aunque tenía lo que había estado buscando durante toda mi vida, me faltaba la pieza más importante.

– ¿Y cuál es? -preguntó él, inclinándose hacia Molly.

El olor de su loción de afeitar la envolvió, pero ella no se distrajo.

– Yo. Me faltaba a mí misma. Ahí estaba, a los veintiocho años, con la familia a la que había ido a buscar, sintiéndome aceptada, pero sin trabajo, sin hogar propio, sin saber quién era porque había escondido mi ropa en el armario, y mi individualidad, y lo más importante… -oh, llegaba la parte más difícil, pensó Molly

– Sigue -susurró él.

– Me di cuenta de que todo lo que siempre había deseado no significaba nada para mí sin el hombre al que quiero -dijo apresuradamente, avergonzada de admitirlo cuando no sabía cuáles eran en realidad los sentimientos de Daniel.

Sin embargo, él no se merecía menos. De hecho, se merecía mucho más.

Como el amor. Una palabra que había evitado desde que había visto nuevamente a Hunter porque hubiera significado que debía enfrentarse con sus miedos. Cuando por fin lo había hecho, allí estaba, liberada de complejos y problemas.

– Te quiero -dijo, con el corazón en la garganta-. Sé que es tarde, sé que te lo he hecho pasar mal, pero te quiero y espero que tú también me quieras.

Puso las cartas sobre la mesa, su corazón en manos de Daniel… y esperó a que él se lo rompiera.

– Molly…

Ella sacudió la cabeza otra vez.

– No pasa nada. No tienes que decirlo. Todo ha terminado, has tenido suficiente. Lo entiendo -dijo, balbuceando-. De veras, no pasa nada. Es sólo que tenía que decirte lo que siento, porque tú me has ayudado a llegar hasta aquí, pero eso no significa que tengas que ser parte de mi futuro.

Él dio un paso hacia ella y le tomó la mano.

– ¿Y si quiero hacerlo?

– ¿Todavía quieres estar conmigo? ¿De verdad? -preguntó ella, asombrada-. ¿No lo he estropeado?

Él sonrió con despreocupación por primera vez en años.

– Sólo he tenido que echarte una mirada para saber que estás aquí. Has llegado al punto en el que eres tú misma. La persona a la que conocía, pero mejor. Más fuerte. Así que si quieres decir que estás lista para comprometerte conmigo, ¿crees que voy a discutírtelo?

Ella gritó de alegría y le lanzó los brazos al cuello para besarlo. Él le devolvió el beso con todo su cuerpo, con toda su alma. Era suya. Podía abrazarla y abrazar el futuro sin miedo de que se los arrebataran, y tenía intención de saborear aquel momento.

Hasta que recordó algo importante. Interrumpió el beso, echó la cabeza hacia atrás y la miró a los ojos.