—¿Cómo? —Leo agudizó los oídos, esperanzado.
—Ayer estuve hablando con el piloto de la nave de Salto que hace el transporte semanal de personal de Orient IV. Acababa de terminar su permiso mensual allí. Escuche esto. Asegura que la embajada Betan está probando un mecanismo de gravedad artificial.
—¿Qué? ¿Cómo…?
—Por lo que yo sé, lo traen desde el espacio de un agujero de gusano. Apuesto a que Beta Colony está detrás de todo esto, esperando dar el golpe inicial en el mercado y recuperar sus costos de I + D. Aparentemente, sus militares hace un par de años que lo mantienen en secreto. Pronto empezarán a ponerlo en práctica. Galac-Tech y todos los demás tendrán que hacer grandes esfuerzos por alcanzarlos. Cualquier otro proyecto I + D en la compañía tendrá que despedirse de sus presupuestos durante un par de años. Ya verá.
—Dios mío —dijo Leo, mientras echaba una mirada a todo el módulo de la cafetería, llena de cuadrúmanos—. Dios…
Durrance se rascó el mentón.
—Si fuera cierto, ¿tiene alguna idea de lo que va a pasarle a la industria de transportes espaciales? Los pilotos de Salto arguyen que los betanos recibirán el maldito mecanismo dentro de dos meses, procedente de la Colonia Beta. No habrá límite de aceleración, sólo costos de combustible. Probablemente no afectará los bultos de carga, por la misma razón, pero revolucionará el mercado de los transportes de pasajeros. Se corre la noticia que afectará el índice de intercambio entre corrientes planetarias y el transporte militar, donde no importa lo que se gaste en combustible. Puede apostar a que va a afectar la política interplanetaria. Será un juego nuevo para todos.
Durrance terminó de comer lo que quedaba en su bandeja.
—Malditos sean los colonos. La vieja y noble Galac-Tech, con base en la Tierra, otra vez tambaleándose. Ya sabe, hay veces en las que emigraría al otro extremo del nexo del agujero de gusano. Pero mi esposa tiene familia en la Tierra, así que supongo que nunca podremos…
Leo seguía sujetándose a las bandas, mientras Durrance continuaba. Después de un momento, tragó el pedazo de concentrado que tenía en la boca. No encontró una manera mejor de deshacerse de él.
—¿Tiene noción de lo que esto significará para los cuadrúmanos?
Durrance pestañeó.
—No mucho, seguramente. Seguirá habiendo muchos trabajos para hacer en caída libre.
—Acabará con sus condiciones de superioridad respecto a los trabajadores ordinarios. Eso es lo que pasará. Eran las licencias médicas en los planetas lo que encarecía los costos de personal. Elimínelas y no habrá otra elección. ¿Esa cosa puede producir gravedad artificial en una estación espacial?
—Si la pudieron montar a una nave, la pueden poner en una estación — opinó Durrance—. Sin embargo, no se trata del movimiento perpetuo —previno—. Consume energía como una loca —dijo el piloto de Salto—. Va a costar bastante.
—No tanto, y seguramente, con el transcurso del tiempo, irán encontrando mejoras en el diseño que lo harán más eficaz. Oh, Dios.
Esta posibilidad no iba a beneficiar a los cuadrúmanos. Esta posibilidad no favorecía a nadie. Maldito, maldito tiempo. Dentro de diez años, por qué no dentro de un año, podría haber sido su salvación. Aquí, ahora, podría ser… ¿una sentencia de muerte? Leo desenganchó los pies de las trabas y se apresuró a salir por las puertas del módulo.
—¿Va a dejar su bandeja aquí? —preguntó Durrance—. ¿Puedo comerme su postre?
Leo asintió con impaciencia, sacudiendo una mano mientras se alejaba.
Una mirada al rostro afligido y hostil de Van Atta, cuando Leo entró en la oficina, sirvió para confirmar la historia de Durrance.
—¿Has oído esos rumores sobre la gravedad artificial? —preguntó, de todas maneras. Todavía tenía esperanzas de que Van Atta lo negara, que le dijera que era un fraude…
Pero éste lo miró con profunda irritación.
—¿Cómo diablos te has enterado?
—No es asunto tuyo. ¿Es cierto?
—Oh, sí que es asunto mío. Quiero que se mantenga en secreto el mayor tiempo posible.
Entonces, era cierto. A Leo se le contrajo el corazón.
—¿Por qué? ¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?
Van Atta tocó los bordes de un montón de hojas de plástico, impresos de ordenador y comunicados, magnetizados a su escritorio.
—Tres días.
—Entonces, es oficial.
—Sí, muy oficial. —Van Atta hizo un gesto de disgusto—. Recibí la comunicación de las Oficinas Centrales de Distrito de Galac-Tech en Orient IV. Apmad aparentemente se enteró de las noticias camino de su casa y tomó una de sus famosas decisiones.
Volvió a tocar los papeles y frunció el ceño.
—No hay nada más que hacer. ¿Sabes lo que llegó ayer a continuación de esta noticia? La Estación Kline ha cancelado el contrato con Galac-Tech. Era la primera estación a donde íbamos a enviar a los cuadrúmanos. Pagaron la multa sin decir una palabra. La Estación Kline fue hacia Beta Colony y deben de haberlo averiguado hace varias semanas o meses. Llegaron a un acuerdo con un contratista betano que, según suponemos, está trabajando a precios inferiores a los nuestros. El Proyecto Cay está arruinado. No podemos hacer nada, salvo ocultar todo esto e irnos de aquí lo más rápidamente posible. Cuanto antes, mejor. ¡Maldición! De manera que ahora estoy asociado a un proyecto perdedor. Voy a terminar oliendo a pérdida.
—¿Ocultarlo? Pero, ¿cómo? ¿Qué quieres decir con ocultarlo?
—Es lo que prefiere esa perra de Apmad. Apuesto a que estaba satisfecha cuando dio esas órdenes. Los cuadrúmanos le daban palpitaciones nerviosas. Serán esterilizados y distribuidos en los planetas. Todos los embarazos en curso serán abortados. ¡Mierda! Y tenemos quince. ¡Qué fiasco! Un año de mi carrera que se va por la borda.
—Dios, Bruce. No vas a llevar a cabo esas órdenes, ¿o sí?
—¿No? Mírame. —Van Atta miró con fijeza a Leo, mientras se mordía los labios. Leo también sintió la tensión y empalideció por la furia contenida—. ¿Qué quieres que haga, Leo? Apmad podría haber ordenado que los exterminaran. Recibirán una pena más liviana. Podría haber sido peor.
—¿Y si lo hubiera sido? ¿Si ella hubiera ordenado que los mataran? ¿Habrías llevado a cabo su orden? —preguntó Leo, con engañosa calma.
—No lo hizo. Vamos, Leo. No soy inhumano. Es verdad, lo lamento por los pequeños. Estaba haciendo lo imposible para que fueran rentables. Pero no hay forma de luchar contra esto. Todo lo que puedo hacer es que sea lo más rápido, limpio y menos doloroso posible. Tal vez alguien en la compañía lo aprecie.
—¿Menos doloroso para quién?
—Para todos. —Van Atta se puso más serio y se inclinó hacia Leo—. Eso significa que no necesito que se desparramen los rumores y el pánico por doquier. ¿Me oyes? Quiero que se siga con las operaciones hasta el último minuto. Tú y todos los demás instructores continuaréis con las clases, como si los cuadrúmanos fueran realmente a salir en sus asignaciones, hasta que las instalaciones planetarias estén listas y podamos comenzar a enviarlos. Tal vez enviemos primero a los más pequeños. Supuestamente, las partes salvables del Hábitat serán trasladadas en órbita a la Estación de Transferencia. Podríamos reducir costos si usásemos a los cuadrúmanos para esta última tarea.
—Para después encarcelarlos…
—Vamos, deja de dramatizar. Los pondrán en unos barracones perfectamente normales, que pertenecieron a los trabajadores de perforación y que abandonaron hace seis meses, cuando se secó el campo. —El rostro de Van Atta se iluminó, como si se autofelicitara—. Yo mismo lo descubrí, cuando estaba buscando posibles lugares para ellos. No costará casi nada reacondicionarlos, si se tienen en cuenta los costos de una construcción nueva.