Выбрать главу

Leo se lo imaginaba. Se estremeció.

—¿Y qué pasará dentro de catorce años, cuando Orient IV expropie Rodeo?

Van Atta agitó las manos en el aire, exasperado.

—¿Cómo diablos quieres que lo sepa? A esas alturas, ya será un problema de Orient IV. Esto es todo lo que puede hacer un ser humano, Leo.

Leo esbozó una sonrisa y con una macabra insensibilidad añadió:

—No estoy seguro… de todo lo que puede hacer un ser humano. Nunca había llegado hasta el límite. Pensaba que sí lo había hecho, pero ahora me doy cuenta de que no. Mis pruebas sobre mi persona nunca fueron destructivas.

Esta prueba tenía un orden de magnitud mucho mayor. Tal vez en este caso, el Probador rechazaba lo que pudiera ser humano. Leo intentó recordar cuánto tiempo había pasado desde que había rezado e inclusive creído. Llegó a la conclusión que nunca como ahora. Nunca antes había necesitado tanto…

Van Atta frunció el ceño, sospechoso.

—Eres extraño, Leo. —Enderezó la columna vertebral, como si buscara una postura de mando—. En caso de que no hayas comprendido mi mensaje, déjame que te lo repita en voz alta y clara. No debes mencionar esta historia de la gravedad artificial a nadie, en especial a los cuadrúmanos. Igualmente, guarda el secreto sobre su destino planetario. Dejaré que Yei busque la manera de que lo acepten sin patalear. Es hora de que Yei se gane su sustancioso salario. Ni rumores, ni pánico, ni revueltas de los trabajadores. Y si algo de esto ocurre, sabré a quién clavar en la pared. ¿Entendiste?

La sonrisa de Leo era canina, encubridora… todo.

—Comprendido.

Se retiró sin darse la vuelta, sin decir palabra.

En general, era muy difícil encontrar a la doctora Yei. Se había acostumbrado a circular entre los cuadrúmanos, observar su comportamiento, tomar notas, hacer sugerencias. Pero esta vez, Leo la encontró de inmediato, en su oficina. Había papeles desparramados por todas partes y su escritorio estaba iluminado por un árbol de Navidad. ¿Celebraban Navidad en el Hábitat?, se preguntó Leo. Sin saber por qué, pensó que no.

—¿Ha oído hablar de…?

Su rostro afligido respondió a la pregunta de Leo, aunque su palidez y su respiración entrecortada habían terminado de formularla.

—Sí —dijo con cansancio, mientras levantaba la vista—. Bruce acaba de inundar mi escritorio con la logística de evacuación del personal de todo el Hábitat para que la organice. Como él es ingeniero, me dice, se dedicará al desmantelamiento de las instalaciones y a la recuperación de los equipos. Tan pronto corno yo le saque los chimpancés del medio. Discúlpeme, los malditos chimpancés.

Leo sacudió la cabeza, desesperado.

—¿Va a hacerlo?

La doctora se encogió de hombros y frunció los labios.

—¿Cómo puedo dejar de hacerlo? ¿Yéndome furiosa? No cambiaría nada. Este asunto no será menos brutal si yo me voy. Podría ser mucho peor.

—No veo por qué —insistió Leo.

—¿No? No, creo que no lo entiende. Nunca ha apreciado en qué situación tan peligrosa estaban los cuadrúmanos aquí. Pero yo sí. Un paso equivocado y… al diablo con todo. Yo sabía que Apmad necesitaba un tratamiento cuidadoso. Todo se me escapó de las manos. Aunque supongo que esta cuestión de la gravedad artificial habría matado el proyecto, fuera quien fuese la persona que estuviera al cargo. Somos muy afortunados de que Apmad no haya ordenado que eliminaran a los cuadrúmanos. Tiene que entenderlo, tuvo algo así como cuatro o cinco abortos por defectos genéticos cuando era joven. No había manera de cambiar la situación. Finalmente, se dio por vencida, se divorció, aceptó un empleo fuera del planeta con Galac-Tech y fue escalando posiciones. Tiene un profundo interés emocional en sus prejuicios contra la manipulación genética. Yo lo sabía. Todavía puede ordenar que maten a los cuadrúmanos, ¿me entiende? Cualquier informe de problemas o de disturbios, magnificado por sus paranoias genéticas, y… —dijo, con los ojos cerrados, mientras se masajeaba la frente con las yemas de los dedos.

—Ella puede ordenarlo. Pero, ¿quién dice que usted tiene que llevarlo a cabo? Usted dijo que se preocupaba por los cuadrúmanos. Tenemos que hacer algo —dijo Leo.

—¿Qué? —Yei abrió sus puños cerrados—. ¿Qué, qué, qué? Uno o dos, hasta yo podría adoptar uno o dos y nevarlos conmigo, sacarlos de contrabando por algún medio. ¿Quién sabe? ¿Y después qué? Si vivieran en un planeta conmigo, socialmente relegados como lisiados, anormales, imitantes… Tarde o temprano, llegarían a la madurez y entonces, ¿qué? ¿Y qué pasaría con los otros? ¡Son un millar, Leo!

—Y si Apmad realmente ordenara que los exterminaran, ¿qué excusa encontraría entonces para no hacer nada?

—Oh, váyase —protestó—. Usted no llega a apreciar las complicaciones de la situación. Ninguna. ¿Qué cree que puede hacer una persona? Yo tenía mi propia vida, antes de que este empleo la devorara. Di seis años, cinco años y nueve meses más que usted. Di todo lo que pude. Estoy agotada. Cuando salga de este agujero, no querré volver a oír hablar de cuadrúmanos en toda mi vida. No son mis hijos. Yo no tuve tiempo de tener hijos.

Se frotó los ojos con enojo y respiró profundamente. ¿Lágrimas? ¿O sólo bilis? Leo no lo sabía. Tampoco le importaba.

—No son los hijos de nadie —dijo Leo—. Ese es el problema. Son una especie de… huérfanos genéticos o algo así.

—Si no va a decir nada útil, por favor váyase —repitió Yei. Con una mano señaló el montón de papeles—. Tengo mucho trabajo por hacer.

Leo nunca le había pegado a una mujer desde que tenía cinco años. Se retiró, temblando.

Recorrió los pasillos en dirección a su dormitorio, mientras intentaba calmarse. ¿Qué era lo que esperaba obtener de Yei, de todas maneras? ¿Alivio de responsabilidades? ¿Iba a poner su conciencia sobre su escritorio, como había hecho Bruce, y decir «Cuídela»?

Y sin embargo, sin embargo, sin embargo… Tendría que haber una solución en alguna parte. Podía sentirlo, como si le apretaran las entrañas, una frustración creciente. El problema que se negaba a desintegrarse, la solución evasiva… Había solucionado problemas de ingeniería que, al principio, se presentaban como paredes sólidas, imposibles de trepar. No sabía de dónde venían los saltos más allá de la lógica que los habían resuelto. Lo único que sabía era que no era un proceso consciente, no importaba el esmero que pusiera para esquematizarlo post facto. No podía solucionarlo y no podía deshacerse de él. Por el contrario, insistía en atraparlo, al igual que uno intenta atrapar un cangrejo, en una locura compulsiva. Las ruedas giraban, sin impartir ningún movimiento.

—Está aquí —murmuró, mientras se tocaba la cabeza—. Puedo sentirlo. Sólo que… no puedo… verlo…

Tenían que salir del espacio local de Rodeo como fuera. Hasta ahí, todo estaba claro. Todos los cuadrúmanos. Aquí no había ningún futuro. Era una organización legal muy peculiar. ¿Qué podía hacer? ¿Secuestrar una nave de Salto? Pero las naves de transporte de personal no llevaban más de trescientos pasajeros. También se imaginaba llevando un… ¿Un qué? ¿Un arma? No tenía una pistola. Lo único que podía encontrar en su bolsillo era un destornillador… Eso es, apuntar con el destornillador a la cabeza del piloto y gritar: «Llévenos hasta Orient IV». Allí lo arrestarían de inmediato y lo pondrían en prisión durante los próximos veinte años, por piratería. Y los cuadrúmanos quedarían solos para hacer… ¿Para hacer qué? Ni en sueños podría secuestrar tres naves al mismo tiempo y ése era el número mínimo necesario.

Sacudió la cabeza.

—Alguna posibilidad —murmuró Leo—. Alguna posibilidad… alguna posibilidad…

Orient IV no querría a los cuadrumanos. Nadie iba a quererlos. ¿Cuál sería su futuro aun si lograran liberarse de Galac-Tech? Huérfanos gitanos, alternativamente ignorados, explotados o maltratados, por su dependencia del estrecho medio de instalaciones espaciales en la cadena de la humanidad. Hablemos de las trampas de la tecnología. Se imaginaba a Silver… No le costaba mucho imaginarse a qué tipo de explotación sería sometida, con esa cara tan bonita y ese cuerpo hermoso. No habría lugar para ella allí afuera…