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El comandante, que tenía todo el mes de agosto de vacaciones, intensificó su campaña y la sacaba casi todas las noches. Ella nunca le rechazaba. Sólo se negó a montar a caballo. Su presencia era un consuelo, su atención se acercaba a lo paternal, y su conversación era formal, inquisitiva sin llegar a ser íntima. Anne lo prefería así. Podía retraerse cuando estaban juntos y él no la presionaba. Sabía que estaba cambiando y que lo hacía para protegerse. Se estaba convirtiendo en una persona diferente y no podía evitar que esa diferencia se materializara en el distanciamiento. Se descubría rodeada de una multitud en una comida, nunca al margen pero siempre sola. La sociedad la absorbió y ella se permitió convertirse en parte de su edificio, no como los ladrillos de una pared sino más bien cual gárgola que asoma en una esquina.

Una noche de sábado a mediados de agosto se encontraba con el comandante en la terraza de una cafetería de la plaza mayor de Estoril. Él había intentado convencerla de que fueran al casino pero no estaba preparada para eso todavía, si es que alguna vez iba a estarlo. Eran las once y todavía hacía calor. A Anne no le apetecía comer ni beber. Propuso un paseo a lo largo de la plaza, lejos del bullicio vacacíonal, las estampas familiares y las palmeras quejumbrosas. El comandante agradeció la ocasión de estirar las piernas.

Anduvieron por el paseo que bordeaba la playa. La luna creciente arrojaba un poco de luz, no había viento y el aire era suave. Las olas se acercaban como ondas fosforescentes, chocaban contra la playa y trepaban para fundirse con la arena. Anne le cogió del brazo. Sus tacones eran el único sonido más allá del océano apagado.

Se paró para respirar el aire marino y el comandante la rodeó con el brazo; Anne se dio cuenta de que la había malinterpretado. No era que no se lo esperase. Lo que pasaba es que jamás había pensado en lo que vendría después. Se volvió hacia él y le puso las manos en el pecho para mantenerlo alejado, pero el comandante no era cauto como Voss. La aplastó contra él y la besó en la boca por primera vez, un beso largo e intenso, tanto que la dejó sin aliento y completamente indiferente.

La formalidad del comandante se desvaneció. Sus modales, que por lo común se regían por una fuerza gravitatoria más fuerte que la del resto de los humanos y le conferían esa fiabilidad y solidez graníticas, rompieron amarras para convertirse en puro ardor y expresividad. Anne estaba asombrada por la transformación. El comandante le sostuvo la cara con las manos y le dijo una y otra vez lo mucho que la quería, hasta que las palabras perdieron su significado y Anne dejó de prestarles atención; empezó a pensar si aquello no sería un rasgo portugués: ser receptáculos herméticamente sellados de una pasión loca.

Él alentaba las palabras hacia su boca, como si intentara que ella se las dijera de vuelta, y Anne recordaba lo mucho que el comandante disfrutaba de sus comidas, cómo un plato le recordaba siempre el deleite de otro. El vino era para él una pieza musical favorita. Lo bebía con los ojos cerrados y lo dejaba fluir por su interior como si fuera Grand Premier Cru Mozart. Parecía disfrutar más de las flores que le llevaba que ella misma; cuando cogía una no se limitaba a olisquearla, la inhalaba. Le sorprendió descubrir que era un hombre sensual y ella no se había dado cuenta hasta entonces porque no tenía talento para la conversación sino sólo para el placer físico.

El comandante la devolvió de sopetón a la realidad. La agarraba por los hombros y esperaba con todas sus fuerzas que reaccionara, con los antebrazos temblorosos como si se estuviera refrenando para no aplastarla. Le exigía que se casara con él, pero a Anne le faltaban palabras para empezar a explicar lo difícil de su situación.

– ¿Aceptas? ¿Aceptas? -le preguntaba él, una y otra vez, con un acento tan marcado que cada conminación parecía proceder de un punto más profundo de su garganta, como un hombre que se ahogara en un pozo.

– Me haces daño, Luís -dijo ella.

Él la soltó y le pasó las manos por los brazos con la cabeza gacha, de repente avergonzado.

– No es tan fácil -apuntó Anne.

– Sí es fácil -replicó él-. Es muy fácil. Sólo tienes que decir una palabra. Sí. Eso es todo. Es el «sí» más fácil que dirás en tu vida. -Existen complicaciones. -Entonces me alegro. -¿Cómo puedes alegrarte?

– Las complicaciones se superan. Hablaré con quien haga falta. Hablaré con el embajador británico. Hablaré con el presidente de Shell. Hablaré con tus padres. Hablaré…

– Con mi madre. Sólo tengo madre.

– Hablaré con tu madre.

– Basta, Luís. Tienes que parar y dejarme pensar un momento. -Sólo te dejaré pensar si es para superar esas complicaciones, si es para ver esas complicaciones… -dijo, y se quedó sin palabras unos instantes hasta que anunció-: Las complicaciones no significan nada para mí. No hay complicación que no pueda… que no pueda… ¡Raios!… ¿Cómo se dice?

– No sé qué quieres decir… ¿Sortear?

– ¡Sortear! -rugió satisfecho-. No, sortear no. Sortear significa que siguen allí… a tus espaldas quizá, pero siguen allí. Vencer. No hay complicación que no pueda vencer.

Anne se rió al imaginarse a Luís armado de espada y escudo reluciendo bajo el sol y deslumbrando a las complicaciones.

– No puedo responderte -dijo.

– Sigo alegrándome.

– No puedes seguir alegrándote, Luís. No te he dicho nada.

– Me alegro -repitió él, y sabía por qué aunque no quisiera decir que el motivo era que Anne no le había dado la respuesta alternativa y tal vez incluso más fácil.

Anne se arrastró hasta la cama a las dos de la madrugada. No hubo manera de que Luís la dejara irse a casa. Su osadía le había proporcionado nuevo combustible y nadie le detendría. Se la llevó a Lisboa y bailaron en el Dancing Bar Cristal. Nunca le había visto tan animado y se dio cuenta de que sólo era capaz de hablar a la vez que hacía otra cosa. En cuanto volvían a la mesa a descansar retomaba su silenciosa contemplación de las complicaciones desconocidas hasta que no podía soportarlo más y la arrastraba de nuevo a la pista de baile. Allí hablaba como si supiera algo que ella ignoraba. Su familia, sus propiedades cerca de Estremoz, en el Alentejo rural, 150 kilómetros al este de Lisboa, su trabajo, el cuartel al que estaba destinado, que por suerte se encontraba en Estremoz, y todo tenía que ver con el modo en que iba a ser su vida en común, cómo iba a encajar ella en su mundo.

Anne durmió, soñó lo mismo de siempre y se despertó presa del pánico con la certeza de que no iba a ser capaz de sobrevivir a ese ritmo. Como una amazona caída con un pie todavía enganchado al estribo, arrastrada al capricho de su caballo, necesitaba liberarse, necesitaba control, pero se veía incapaz de conducir su inteligencia para luchar contra las complicaciones. Las diferentes hebras se anudaban con demasiada rapidez.

Se hizo una pregunta. ¿Por qué no casarse con Luís? Que no lo quisiera no era una respuesta, era el motivo de que quisiera estar con él. No tenía sentido seguir enamorada de Voss. Richard Rose se había mostrado brutal en su pronóstico. La razón de ser de su relación con Luís era sobrevivir a su culpa. Llevar dentro el embrión de Voss constituía el impedimento que descartó en el momento en que se le ocurrió. La asustaba pero no con escalofríos de pánico, sino con un profundo miedo moral. Sólo la religión te hace esto, pensó. Toda la palabrería sobre la culpa y el mal con que las monjas le habían llenado la cabeza la sacudía y la desorientaba. Paseó por la habitación para confirmar que el suelo seguía bajo sus pies, para calmarse, para amarrarse a lo que por fin entendía, que era que tenía que casarse con Luís precisamente porque llevaba dentro el hijo de Voss.