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– ¿Qué coño estoy haciendo aquí? -grité y pensé en Chicago-. Ahora estarán allí pasándoselo muy bien haciendo de todo y yo estoy aquí… ¡Quiero llegar ya!

Seguí con cosas así hasta que por fin se detuvo un coche en la vacía estación de servicio; el hombre y las dos mujeres que lo ocupaban querían consultar un mapa. Me puse delante gesticulando bajo la lluvia; hablaron entre sí; yo parecía un maníaco, claro, con el pelo todo mojado, los zapatos empapados. Mis zapatos, soy un maldito idiota, eran huaraches mexicanos, de suela de esparto, lo menos adecuado para una noche lluviosa en América y la dura noche en la carretera. Pero me dejaron entrar y volvimos a Newburgh, cosa que acepté como alternativa preferible a quedar atrapado en la espesura del Monte del Oso toda la noche.

– Además -dijo el hombre-, casi no circula nadie por la 6. Si quiere ir a Chicago lo mejor es que coja el Túnel Holland en Nueva York y se dirija a Pittsburg.

Me di cuenta que tenía razón. Era mi sueño que se jodía, aquella estúpida idea de junto al hogar de que sería maravilloso seguir una gran línea roja que atravesaba América en lugar de probar por distintas carreteras y rutas.

En Newburgh había dejado de llover. Bajé caminando hasta el rio y tuve que volver a Nueva York en un autobús con un grupo de maestros de escuela que regresaban de pasar un fin de semana en las montañas. Bla, bla, bla y yo soltando tacos por todo el tiempo y el dinero que había malgastado, y diciéndome que quería ir al Oeste y aquí estaba tras pasar el día entero y parte de la noche subiendo y bajando, hacia el Norte y hacía el Sur, como si fuera algo que no podía empezar a hacer. Y me prometí estar en Chicago al día siguiente, y para estar seguro de ello cogí un autobús hasta Chicago, gastando gran parte de mi dinero, y no me importó para nada, sólo quería estar en Chicago al día siguiente.

3

Fue un viaje corriente en autobús con niños llorando y el sol ardiente, y campesinos subiendo en cada pueblo de Pennsilvania, hasta que llegamos a la llanura de Ohio y rodamos de verdad, subimos por Ashtabula y cruzamos Indiana de noche. Llegué a Chicago a primera hora de la mañana, cogí una habitación en un albergue juvenil, y me metí en la cama con muy pocos dólares en el bolsillo. Me lancé a las calles de Chicago tras un buen día de sueño.

El viento del lago Michigan, bop en el Loop, largos paseos por Halsted Sur y Clark Norte, y un largo paseo pasada la medianoche por la jungla urbana, donde un coche de la policía me siguió como si fuera un tipo sospechoso. En esta época, 1947, el bop estaba volviendo loca a toda América. Los tipos del Loop soplaban, fuerte pero con aire cansado, porque el bop estaba entre el período de la Ornitología de Charlie Parker y otro período que había empezado con Miles Davis. Y mientras estaba sentado allí oyendo ese sonido de la noche, que era lo que el bop había llegado a representar para todos nosotros, pensaba en todos mis amigos de uno a otro extremo del país y en cómo todos ellos estaban en el mismo círculo enorme haciendo algo tan frenético y corriendo por ahí. Y por primera vez en mi vida, la tarde siguiente, entré en el Oeste. Era un día cálido y hermoso para hacer autostop. Para evitar las desesperantes complicaciones del tráfico de Chicago tomé un autobús hasta Joliet, Illinois, crucé por delante de la prisión de Joliet, y me aparqué en las afueras de la ciudad después de caminar por las destartaladas calles, y señalé con el pulgar la dirección que quería seguir. Todo el camino desde Nueva York a Joliet lo había hecho en autobús, y había gastado más de la mitad de mi dinero.

El primer vehículo que me cogió era un camión cargado de dinamita con una bandera roja. Fueron unos cincuenta kilómetros por la enorme pradera de Illinois; el camionero me señaló el sitio donde la Ruta 6, en la que estábamos, se cruza con la Ruta 66 antes de que ambas se disparen hacia el Oeste a través de distancias increíbles. Hacia las tres de la tarde, después de un pastel de manzana y un helado en un puesto junto a la carretera, una mujer se detuvo por mi en un pequeño cupé. Sentí una violenta alegría mientras corría hacia el coche. Pero era una mujer de edad madura, de hecho madre de hijos de mi misma edad, y necesitaba alguien que la ayudara a conducir hasta Iowa. Estaba totalmente de acuerdo. ¡Iowa! No estaba lejos de Denver, y en cuanto llegara a Denver podría descansar. Ella condujo unas cuantas horas al principio; en un determinado sitio insistió en que visitáramos una vieja iglesia, como si fuéramos turistas, y después yo cogí el volante y, aunque no soy buen conductor, conduje directamente a través del resto de Illinois hasta Davenport, Iowa, vía Rock Island. Y aquí, por primera vez en mi vida, contemplé mi amado río Mississippi, seco en la bruma veraniega, bajo de agua, con su rancio y poderoso olor que huele igual que esa América en carne viva a la que lava. Rock Island: vías férreas, casuchas, pequeño núcleo urbano; y por el puente a Davenport, el mismo tipo de pueblo, todo oliendo a aserrín bajo el cálido sol del Medio Oeste. Aquí la señora tenía que seguir hacia su pueblo de Iowa por otra carretera, y me apeé.

El sol se ponía. Caminé, tras unas cuantas cervezas frías, hasta las afueras del pueblo, y fue un largo paseo. Todos los hombres volvían a casa del trabajo, llevaban gorros de ferroviarios, viseras de béisbol, todo tipo de sombreros, justo como después del trabajo en cualquier pueblo de cualquier sitio. Uno de ellos me llevó en su coche hasta la colina y me dejó en un cruce solitario de la cima de la pradera. Era un sitio muy bonito. Los únicos coches que pasaban eran coches de campesinos; me miraban recelosos, se alejaban haciendo ruido, las vacas volvían al establo. Ni un camión. Unos cuantos coches pasaron zumbando. Pasó un chico con su coche preparado y la bufanda al viento. El sol se puso del todo y me quedé allí de pie en medio de la oscuridad púrpura. Ahora estaba asustado. Ni siquiera se veían luces hacia la parte de Iowa; dentro de un minuto nadie sería capaz de verme. Felizmente, un hombre que volvía a Davenport me llevó de regreso al centro. Sin embargo, me encontraba justo donde había empezado.

Fui a sentarme a la estación de autobuses y pensé en todo eso. Comí otro pastel de manzana y otro helado; eso es prácticamente todo lo que comí durante mi travesía del país. Sabía que era nutritivo, y delicioso, claro está; decidí jugarme el todo por el todo. Cogí un autobús en el centro de Davenport, después de pasar media hora mirando a una empleada del café de la estación, y llegué a las afueras del pueblo, pero esta vez cerca de las estaciones de servicio. Por aquí pasaban los grandes camiones, ¡whaam!, y a los dos minutos uno de ellos frenó deteniéndose a recogerme. Corrí hacia él con el alma diciendo ¡yupiii! ¡Y vaya conductor!: un enorme camionero muy bruto de ojos saltones y voz áspera y rasposa que sólo daba portazos y golpes a todo y mantenía su cacharro a toda velocidad y no me hacía ningún caso. Así que pude descansar mi agotada alma un rato, pues una de los mayores molestias del viajar en autostop es tener que hablar con muchísima gente, para que piensen que no han hecho mal en cogerte, hasta incluso entretenerles, todo lo cual es agotador cuando quieres seguir todo el rato y no tienes pensado dormir en hoteles. El tipo gritaba por encima del ruido del motor, y todo lo que yo tenía que hacer era responderle chillando, y ambos descansamos. Y embalado, el tipo se dirigió directamente a Iowa City y me contó gritando las cosas más divertidas acerca de cómo se puede burlar la ley en los sitios donde hay una limitación de velocidad inadecuada, repitiendo una y otra vez: