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—Vida inmortal. —La voz suave de Seppel tomó entonces la palabra. Hablaba sonriendo un poco—. En una gran tierra de ríos y montañas y hermosas ciudades, en donde no hay ni sufrimiento ni dolor, y en donde el ser perdura, sin alterarse, inmutable, para siempre… Ese es el sueño del antiguo Saber Popular de Paln.

—¿Dónde —preguntó el Maestro de Invocaciones—, dónde está esa tierra?

—En el otro viento —dijo Irían—. En el Oeste, más allá del Oeste. —Miró a todos los que estaban a su alrededor, despectiva, iracunda—. ¿Vosotros creéis que nosotros los dragones volamos solamente en los vientos de este mundo? ¿Creéis que nuestra libertad, por la que renunciamos a todas las posesiones, no es más grande que la de las estúpidas gaviotas? ¿Qué nuestro reino son sólo unas cuantas rocas junto a vuestras ricas islas? Vosotros sois dueños de la tierra, sois dueños del mar. Pero nosotros somos el fuego del sol, ¡nosotros volamos el viento! Vosotros queríais poseer tierras. Vosotros queríais cosas para hacer y quedaros con ellas. Y eso es lo que tenéis. Esa fue la división, el verw nadan. Pero no os contentasteis con vuestra parte del trato. Queríais no solamente vuestras cosas, sino también nuestra libertad. ¡Queríais el viento! Y con los sortilegios y los hechizos de aquellos que rompieron el juramento, nos robasteis la mitad de nuestro reino, lo rodeasteis de murallas alejándolo de la vida y de la luz, para poder vivir para siempre. ¡Sois unos ladrones, unos traidores!

—Hermana —dijo Tehanu—, éstos no son los hombres que nos robaron. Son los que pagan el precio.

Un silencio siguió a su voz áspera y susurrante.

—¿Cuál es el precio? —preguntó el Maestro de los Nombres.

Tehanu miró a Irían. Irían dudó, y luego respondió con una voz muy apagada: —La codicia apaga e/ sol. Éstas son las palabras de Kalessin.

Azver, el Maestro de las Formas, habló. Mientras lo hacía, miraba los corredores que se formaban entre los árboles a través del claro, como siguiendo los suaves movimientos de las hojas.

—Los antiguos vieron que el reino de los dragones no era solamente del cuerpo. Que podían volar… fuera del tiempo, por decirlo de alguna manera… Y envidiándoles esa libertad, siguieron el camino de los dragones hacia el Oeste, más allá del Oeste. Allí reclamaron parte de ese reino como propio. Un reino sin tiempo, en donde el ser perdura para siempre. Pero no en el cuerpo, como entre los dragones. Los hombres podían estar allí sólo en espíritu… De modo que construyeron un muro que ningún cuerpo con vida pudiera atravesar, ni el de un hombre ni el de un dragón. Y sus artes de nombramiento tendieron una gran red de hechizos sobre todas las tierras occidentales, de manera que cuando la gente de las islas muriera, pudieron ir al Oeste, más allá del Oeste y vivir allí en espíritu para siempre.

"Pero, como el muro fue construido y el hechizo urdido, el viento dejó de soplar del otro lado de ese muro. El mar se alejó. Los manantiales dejaron de ofrecer sus aguas. Las montañas del amanecer se convirtieron en las montañas de la noche. Los que morían llegaban a una tierra oscura, a una tierra seca.

—Yo he caminado por esa tierra —dijo Lebannen, en voz baja y sin intención de hablar—. No le tengo miedo a la muerte, pero a esa tierra sí.

Un silencio se instaló entre todos ellos.

—Cob, y Thorion —dijo el Maestro de Invocaciones con su voz dura y recia—, ellos intentaron derribar el muro. Traer la muerte nuevamente a la vida.

—A la vida no, maestro —dijo Seppel—. Pero aun así, al igual que los Hacedores de Runas, buscaban el ser incorpóreo, inmortal.

—Sin embargo, sus sortilegios alteraron aquel lugar —dijo el Maestro de Invocaciones, dándole vueltas al asunto—. Entonces los dragones comenzaron a recordar el antiguo mal… Y ahora las almas de los muertos quieren salir de detrás de ese muro, ansían volver a la vida.

Aliso se puso de pie. Dijo: —No es vida lo que ansían. Es la muerte. Ser otra vez uno con la tierra. Ansían unirse con ella.

Todos lo miraron, pero él apenas lo notaba; su conciencia estaba a medias con ellos, y a medias en la tierra seca. La hierba debajo de sus pies era verde y estaba iluminada por el sol, era sombría y estaba muerta. Las hojas de los árboles temblaban sobre él y el bajo muro de piedras estaba a una muy corta distancia de donde él se encontraba, bajando por la oscura colina. De todos ellos, solamente veía a Tehanu; no podía verla claramente, pero la reconocía, de pie entre él y el muro. Entonces le habló: —Ellos lo construyeron, pero no pueden derribarlo —le dijo—. ¿Me ayudarás, Tehanu?

—Te ayudaré, Hará —le respondió ella.

Una sombra pasó de prisa entre ellos, una gran fuerza oscura y voluminosa, que la ocultó a ella, y lo cogió a él, reteniéndolo; él luchó, jadeando, no lograba tomar aire para respirar, vio fuego rojo en la oscuridad, y no vio nada más.

Se encontraron a la luz de las estrellas en el borde del claro, el Rey de las tierras occidentales y el Maestro de Roke, los dos poderes de Terramar.

—¿Vivirá? —preguntó el Invocador.

—El curador dice que ahora no corre peligro —respondió Lebannen.

—Hice mal —dijo el Invocador—. Lo siento mucho.

—¿Por qué lo invocaste para que regresara? —le preguntó el Rey, no reprobándolo sino buscando una respuesta.

Después de un buen rato, el Invocador respondió, lúgubremente: —Porque tenía el poder para hacerlo.

Caminaron en silencio hasta llegar a un sendero abierto entre los grandes árboles. Hacia ambos lados se veía todo muy oscuro, pero la luz de las estrellas brillaba gris por donde caminaban.

—Me equivoqué. Pero no está bien querer morir —dijo el Invocador. La aspereza del Confín del Levante estaba en su voz. Hablaba en voz muy baja, casi suplicando—. Para los muy viejos, los muy enfermos, puede ser. Pero la vida es algo que se nos da. ¡Seguramente está mal no celebrar y atesorar ese gran obsequio!

—La muerte también es algo que se nos da —le respondió el Rey.

Aliso yacía recostado en un camastro sobre la hierba. Debería recostarse bajo las estrellas, había dicho el Maestro de las Formas, y el viejo Maestro de Hierbas había estado de acuerdo. Yacía dormido, y Tehanu estaba sentada inmóvil a su lado.

Tenar se había sentado en la puerta de la baja casa de piedra y la observaba. Las magníficas estrellas de finales del verano brillaban sobre el claro: la que estaba más alta de todas era la estrella llamada Tehanu, el Corazón del Cisne, el eje del cielo.

Seserakh salió silenciosamente de la casa y se sentó en el umbral de la puerta junto a ella. Se había quitado la corona que sostenía el velo, dejando suelta su masa de cabellos leonados.

—Oh, amiga mía —murmuró—, ¿qué será de nosotros? Los muertos vienen hacia aquí. ¿Los sientes? Como la marea que sube. Al otro lado de ese muro. Creo que nadie puede detenerlos. Todos los muertos, desde las tumbas de todas las islas del oeste, desde todos los siglos…

Tenar sentía los golpes, los gritos, en su cabeza y en su sangre. Ahora ella sabía, todos lo sabían, lo que Aliso había sabido antes. Pero se aferró a lo que le daba confianza, aunque la confianza se hubiese convertido en una mera esperanza. Dijo: —Son simplemente muertos, Seserakh. Nosotros construimos un muro falso. Tiene que ser derribado. Pero hay uno verdadero.