Aliso los observaba. Todavía tenía en sus manos, olvidada, una de las piedras que había arrancado del muro para aflojar una roca más grande. Miraba cómo los muertos quedaban libres. Por fin la vio entre ellos. Entonces arrojó la piedra y dio unos pasos hacia adelante. —Lirio —dijo. Ella lo vio y sonrió y le tendió la mano. Él la cogió, y juntos caminaron bajo la luz del sol.
Lebannen estaba de pie junto al muro en ruinas y observaba el amanecer brillando en el este. Ahora había un Este, en donde no había habido dirección alguna, ni camino alguno que seguir. Había Este y Oeste, y había luz y movimiento. Hasta la tierra se movía, temblaba, estremeciéndose como un gran animal, de manera que el muro de piedras más allá de donde lo habían roto, se sacudía también y se desplomaba hasta convertirse en escombros. En las lejanas cimas negras de las montañas llamadas Dolor estalló un fuego que arde en el corazón del mundo, el fuego que alimenta a los dragones.
Miró el cielo sobre aquellas montañas y los vio, tal como Ged y él los habían visto una vez sobre el mar occidental, los dragones volando en el viento de la mañana.
Tres de ellos se acercaban dando vueltas hacia donde estaba él, entre los demás, cerca de la cima de la colina, sobre el muro en ruinas. A dos de ellos los conocía, Orm Irian y Kalessin. El tercero tenía una especie de armadura brillante, dorada, con alas de oro. Ése volaba más alto y no bajó para acercarse a ellos. Orm Irian jugaba con él en el aire y volaban los dos juntos, uno persiguiendo al otro cada vez a mayor altura, hasta que de repente los rayos más altos del sol naciente alcanzaron a Tehanu y ésta ardió como su nombre, como una estrella grande y brillante.
Kalessin describió otro círculo en el aire, voló bajo, y se posó inmenso entre las ruinas del muro.
—Agni Lebannen —le dijo el dragón al Rey.
—Mayor —dijo el Rey al dragón.
—Aissadan verw naáannan —dijo la voz inmensa y bisbiseante, como un mar de címbalos.
Junto a Lebannen, Brand, el Maestro de Invocaciones de Roke, estaba de pie, erguido y sólido. Repitió las palabras del dragón en el Lenguaje de la Creación, y luego las dijo en hárdico: —Lo que fue dividido está dividido.
El Maestro de las Formas estaba cerca de ellos, sus cabellos brillaban en la luz radiante. Dijo: —Lo que fue construido ha sido roto. Lo que fue roto se ha unido.
Luego miró hacia arriba, buscando algo en el cielo, buscaba al dragón dorado y al de color bronce; pero se habían alejado volando y ya casi no podía vérseles, giraban ahora formando espirales sobre la extensa y descendiente tierra, en donde vacías ciudades en sombras se iban apagando hasta desaparecer con la luz del día.
—Mayor —dijo, y la gran cabeza se movió lentamente hacia él.
—¿Volverá alguna vez por el camino que conduce al bosque? —preguntó Azver en la lengua de los dragones.
Los ojos de Kalessin, amarillos, largos e impenetrables, lo observaban. La enorme boca parecía, como las bocas de los lagartos, cerrada en una sonrisa. No habló.
Luego, arrastrando lenta y torpemente toda su extensión a lo largo del muro, de modo que las piedras que aún estaban allí se deslizaron y cayeron chirriando bajo su vientre de hierro, Kalessin se alejó de ellas, y de repente desplegó sus alas, se alejó de la colina y voló bajo sobre la tierra hacia las montañas, cuyas cimas brillaban ahora con humo y vapor blanco, fuego y luz de sol.
—Vamos, amigos —dijo Seppel con su suave voz—. Todavía no ha llegado nuestro momento de libertad.
La luz del sol brillaba en el cielo sobre las coronas de los árboles más altos, pero el claro todavía conservaba el frío gris del amanecer. Tenar estaba sentada con su mano posada sobre la mano de Aliso, su rostro inclinado hacia abajo. Miró el frío rocío sobre una brizna de hierba, cómo pendía en pequeñas y delicadas gotas a lo largo de la brizna, cada gota reflejaba todo el mundo.
Alguien dijo su nombre. No miró hacia arriba.
—Se ha ido —dijo.
El Maestro de las Formas se arrodilló junto a ella. Tocó el rostro de Aliso con un suave movimiento de la mano.
Se quedó un rato allí, arrodillado y en silencio. Luego le dijo a Tenar en su lengua: —Dama mía, pude ver a Tehanu. Vuela dorada en el otro viento.
Tenar levantó la vista para mirarlo. Su rostro estaba blanco y arrugado, pero había una sombra de esplendor en sus ojos.
Le costó hablar, pero finalmente preguntó, hablando seca y casi inaudiblemente: —¿Entera?
El Maestro de las Formas asintió con la cabeza.
Ella acarició la mano de Aliso, la mano del enmendador, esbelta, hábil. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Déjame estar un rato con él —dijo, y comenzó a llorar. Se tapó el rostro con las manos y lloró mucho, amargamente, en silencio.
Azver se acercó al pequeño grupo que había en la puerta de la casa. Ónix y Gamble estaban cerca del Maestro de Invocaciones, quien estaba de pie, pesado y ansioso, cerca de la princesa. Ella estaba agachada junto a Lebannen, con los brazos sobre él, protegiéndolo, desafiando a cualquier mago que quisiera tocarlo. Le brillaban los ojos. Tenía el pequeño puñal de acero de Lebannen desnudo en una de sus manos.
—Yo regresé con él —le dijo Brand a Azver—. Intenté quedarme con él. No estaba seguro de conocer el camino. Ella no deja que me acerque.
—Ganaídilo Azver, el título de Seserakh en kargo, princesa.
Sus ojos brillantes lo miraron. —¡Oh, que Atwah Wuluah sea agradecido y la Madre alabada para siempre! —gritó—. ¡Señor Azver! Haz que estos malditos hechiceros se vayan. ¡Mátalos! Han matado a mi Rey. —Le tendía el puñal, cogiéndolo por la delgada hoja de acero.
—No, princesa. Lebannen se fue con el dragón Irían. Pero este hechicero lo ha traído de regreso con nosotros. Déjame verlo. —Y se arrodilló y volvió el rostro de Lebannen un poco para poder observarlo mejor, y posó sus manos sobre el pecho del Rey—. Está frío —dijo—. El camino de regreso fue muy duro. Cógelo en tus brazos, princesa. Dale tu calor.
—Lo he intentado —dijo ella, mordiéndose el labio. Arrojó el puñal y se dobló sobre el hombre inconsciente—. ¡Oh, pobre Rey! —dijo suavemente en hárdico—. ¡Querido Rey, pobre Rey!
Azver se puso de pie y le dijo el Maestro de Invocaciones: —Creo que estará bien, Brand. Ahora ella es mucho más útil que nosotros.
El Invocador estiró una de sus grandes manos y cogió el brazo de Azver. —Ahora intenta tranquilizarte tú.
—El Portero —dijo Azver, palideciendo más que antes y mirando a su alrededor en el claro.
—Regresó con el hombre de Paln —dijo Brand—. Siéntate aquí.
Azver le obedeció, y se sentó en el tronco en el que se había sentado el viejo Transformador en el círculo la tarde anterior. Parecía que hubieran pasado mil años. Los ancianos habían regresado a la Escuela al anochecer… Y después había comenzado la larga noche, la noche que acercó tanto el muro de piedras que dormir era estar allí, y estar allí era terror, de modo que nadie había dormido. Nadie, tal vez, en todo Roke, en todas las islas… Solamente Aliso, que había ido a guiarlos… Azver se dio cuenta de que estaba dormitando y temblando.
Gamble trató de hacerlo entrar en la casa de invierno, pero Azver insistió en que debía estar cerca de la princesa para hacer de intérprete si lo necesitaba. Y cerca de Tenar, pensó sin decirlo, para protegerla. Para dejarla llorar. Pero Aliso ya había acabado de llorar. Le había pasado a ella su dolor. Se lo había pasado a todos. Su alegría…
El Maestro de Hierbas llegó desde la Escuela y se acercó a Azver, le puso una capa de invierno sobre los hombros. El Maestro de las Formas se sentó medio dormido, cansado y febril, haciendo caso omiso de los demás, vagamente irritado por la presencia de tanta gente en su dulce y silencioso claro, observando el sol deslizándose entre las hojas. Su vigilia fue recompensada cuando la princesa se le acercó, se arrodilló ante él mirando su rostro con solícito respeto, y le dijo: —Señor Azver, el Rey quiere hablar contigo.