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—Bueno, ¿se van a prender las luces o no? — gritó impaciente Muza.

—Veo que mis cuentos no las entretienen, y en especial a Nadezhka Ilinichna. Su cara es como una nube de tormenta y yo sé por qué: la multaron en diez rublos días pasados y no puede olvidarlo.

Nadya se enfureció. Tomó su billetera, arrancó el cierre, sacó un papel y lo rompió histéricamente. Tiró los pedazos al escritorio, frente a Shchagov.

—Muza, por última vez ¿vienes?, — preguntó Dasha con una voz tensa, recogiendo su tapado.

—¡Voy! — contestó con aire monótono, yendo a buscar su tapado.

Shchagov y Nadya no se dieron vuelta a mirar cómo salían las chicas.

Pero cuando se cerró la puerta, Nadya sintió miedo.

Shchagov recogió los trozos de papel y los puso a la luz. Otro billete de diez rublos. Shchagov se levantó dejando el capote en la silla, pasó al lado del estante de libros entre la cama de Nadya y la mesa de trabajo y se acercó a ella; era mucho más alto, tomó las pequeñas manos de ella entre sus grandes manos.

—¡Nadya! — Era la primera vez que la llamaba así. Se sintió extrañamente agitado.— ¡Perdóname! Tengo mucho que reprocharme... Ella permanecía tiesa; su corazón saltaba y se sentía débil. Su furia sobre el billete de diez rublos había pasado tan pronto como había venido. Le acudió un extraño pensamiento: no había ningún carcelero allí, inclinando su cabeza bovina hacia ella. Podían hablar lo que quisieran. Podían decidir por sí mismos cuándo habrían de separarse.

La cara de él estaba muy cerca, dura, fuerte, armoniosa.

La tomó por los dos codos, tibios— bajo la blusa de batista.

—¡Nadya!, — dijo nuevamente, muy despacio.

Él era la persona con quien podía conversar sobre el nuevo problema del tema especial y sobre el nuevo cuestionario —podía hablar de todo con él.

Ella misma había empezado y ahora dijo:

—Déjame.

—No la entiendo, Nadya —dijo él, corriendo las manos de sus codos a los hombros, y sintiendo su suavidad y tibieza.

Por tercera vez la había llamado "Nadya" y ella no había reaccionado.

—¿Entender: qué? — preguntó ella, sin moverse.

El la acercó hacia sí.

La media luz disimuló el color que le subió a la cara. Lo empujó.

—¡Déjeme! ¿Cómo pudo pensar?

Enojada, ella sacudió la cabeza, y un mechón le cayó sobre la cara, tapándole un ojo.

—¡Maldito si la comprendo y si sé qué pensar de usted. — La soltó y se arrimó a la ventana.

El agua del radiador seguía agitándose suavemente.

Nadya se arregló el pelo con manos temblorosas.

Shchagov encendió un cigarrillo con manos temblorosas. Respiraba fuerte. ¡Era imposible saber lo que quería esa mujer!

—¿Sabe? — le preguntó, marcando las pausas—, ¿cómo arde el heno seco?

—Sí, lo sé, — contestó ella indiferente—, arde hasta el cielo y queda convertido sólo en una pila de cenizas.

—¡Hasta el cielo! — repitió él.

—Una pila de cenizas, — dijo ella otra vez.

—Dígame, entonces: ¿por qué insiste en tirar fósforos encendidos en la paja seca?

¿Sería posible? ¿Cómo pudo interpretarla tan mal? Al fin y al cabo, todo el mundo quiere gustarle a alguien alguna vez aunque sea de a ratos. — ¡Salgamos! — exigió ella—. A alguna parte.

—No vamos a ninguna, parte. Nos quedamos aquí mismo. Él fumaba tranquilamente ahora, sosteniendo su boquilla en una esquina de la boca. A ella le gustaba cómo fumaba.

—¡No, por favor, vayamos a alguna parte! — dijo otra vez.

—Sea aquí o en otra parte —contestó él, interrumpiéndola sin miramientos—, debo decírselo: tengo una novia. No le puedo prometer nada y no podemos ser vistos juntos en el centro.

LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

Nadya y Shchagov tenían en común el hecho de que ninguno de los dos había nacido en Moscú. Los moscovitas nativos que Nadya conocía en la Escuela para Graduados tenían un aire ponzoñoso de superioridad; "patriotismo moscovita", lo llamaban. Consideraban a Nadya, a pesar de los éxitos en sus estudios, como una persona de segundo orden, con mayor razón que a otros provincianos por su poca facilidad para disimular los sentimientos.

Shchagov era provinciano también, pero se había abierto camino a través del ambiente de Moscú como un rompehielos a través del agua quieta. Una vez ella oyó que un joven estudiante graduado se disponía a humillar a Shchagov preguntándole con un orgulloso ademán de la cabeza viperina: —Y usted, en realidad... ¿de qué región es?

Shchagov, que lo sobrepasaba en estatura, lo miró al estudiante con una especie de lánguida compasión. Meciéndose suavemente sobre los talones, contestó. — Nunca tuvo ocasión de ir allí. De una provincia llamada el Frente bélico, una aldea llamada "Trinchera".

Es bien sabido que la historia de nuestra vida no sigue un camino uniforme a través de los años. En la vida de todo ser humano existe un período durante el cual se manifiesta más plenamente, se siente más profundamente realizado, y actúa con efectos más hondos sobre sí mismo y los demás. De allí en adelante, cualquier cosa que le ocurra a esa persona, por significativa, que parezca exteriormente, es pura declinación. Recordaremos esa fracción de melodía que alguna vez resonó en nosotros, nos emborracharemos por ella, la tocaremos una y otra vez en diferentes tonos y la cantaremos una y otra vez para nosotros mismos. Para algunos, ese período está en la infancia, y entonces siguen siendo niños toda la vida. Para otros, coincide con el primer amor, y esa es la gente que difunde el mito de que sólo se ama una vez. Aquellos para quienes haya sido el período de su mayor fortuna, honor o poder, seguirán en la vejez rumiando con las encías despobladas su grandeza perdida. Para Nerzhin, ese tiempo fue la prisión. Para Shchagov, la guerra.

Shchagov había entrado en la guerra ansioso y aterrado. Fue llamado en el primer mes y no lo licenciaron hasta 1946. Durante los cuatro años, dudaba cada mañana si viviría hasta la noche. No sirvió en equipos importantes, y sólo dejó el frente para entrar en el hospital. Estuvo en la retirada de Kiev en 1941 y, a lo largo del Don, en la de 1942. Aun cuando la guerra mejoró en 1943 y 1944, estuvo también esos años en retirada —en 1944 bajo Kovel. En zanjas a los costados de los caminos, en trincheras lavadas, entre las ruinas de las casas incendiadas, conoció el valor de una marmita de sopa, el de una hora de reposo, el sentido de la amistad y el de la vida misma.

Los sufrimientos del Capitán de Ingenieros Combatientes Shchagov no podían ser aliviados ahora ni en décadas enteras. Sólo podía pensar en la gente de una manera: si eran o no soldados. Aún en las calles de Moscú, que parecían haber olvidado todo, mantenía esta distinción: de todos los seres humanos, sólo los soldados podían ser sinceros y amistosos. La experiencia le había enseñado a no confiar en nadie que no hubiera probado el fuego de la batalla.