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Dos de enchilada, dijo Billy. Y café.

La mujer asintió con la cabeza y se fue.

Boyd se puso las manos entre las rodillas para calentárselas. Un humo gris flotaba en la calle. No se veía un alma.

Tú qué crees que es peor, ¿el frío o el hambre?

Yo creo que las dos cosas a la vez.

La mujer les trajo los platos, los dejó en la mesa y luego hizo ademán de ojear en dirección a la puerta del café. El perro estaba junto a la ventana mirando hacia adentro. Boyd se quitó el sombrero, hizo un pase hacia el cristal y el perro se fue. Volvió a ponerse el sombrero y cogió el tenedor. La mujer fue a la parte de atrás y volvió con dos tazones de café en una mano y una cesta con tortillas de maíz en la otra. Boyd se sacó algo de la boca, lo dejó en el plato y lo miró fijamente.

¿Qué es eso?, preguntó Billy.

No lo sé. Parece una pluma.

Hurgaron en sus enchiladas tratando de encontrar dentro algo comestible. Entraron dos hombres, los miraron y fueron a sentarse a la mesa de atrás.

Cómete los frijoles, dijo Billy.

Ya, dijo Boyd.

Llenaron las tortillas de frijoles, se las comieron y bebieron el café. Los dos hombres de detrás esperaron tranquilamente que les sirvieran.

Va a preguntarnos qué pasa con las enchiladas, dijo Billy.

No estoy seguro. ¿Tú dirías que la gente se come esto?

No lo sé. Podemos dárselas al perro.

¿Propones sacar a la calle lo que nos ha puesto la mujer y dárselo al perro justo delante del café?

Falta que el perro se lo coma.

Boyd retiró su silla y se levantó. Déjame que vaya por la cacerola, dijo. Le daremos de comer una vez que estemos en la carretera.

De acuerdo.

Le diremos a la mujer que nos las llevamos.

Cuando volvió con la cacerola rebañaron los platos, le pusieron la tapa y se tomaron el café. La mujer salió con dos fuentes llenas de apetitosa comida, con salsa y arroz y pico de gallo.

Eh, dijo Billy. Mira qué pinta tiene eso.

Pidió la cuenta y la mujer se acercó y les dijo que eran siete pesos. Billy pagó y luego señaló con la cabeza hacia la parte de atrás y preguntó a la mujer qué comían aquellos hombres.

Cabrito, dijo.

Cuando salieron a la calle el perro se levantó y se quedó esperando.

Mierda, dijo Billy. Vamos, dale eso.

Por la tarde, camino de Boquilla, se encontraron con unos vaqueros que llevaban como un millar de cabezas de novillos corrientes tierra adentro, hacia los encerraderos de Naco, junto a la frontera. Habían estado tres días conduciendo a las reses desde Quemada, en el extremo meridional de La Babícora, y su aspecto era sucio y estrafalario y los novillos estaban inquietos y fogosos. Pasaron gritando en medio de una nube de polvo y los caballos de fantasmales colores trotaban entre el ganado con cara hosca, los ojos inyectados en sangre y la cabeza gacha. Varios de los jinetes levantaron la mano a modo de saludo. Los jóvenes güeros se detuvieron en una elevación del terreno, descabalgaron y se quedaron mirando al lado del caballo el lento caos grisáceo desfilar hacia poniente con el sol detrás de ellos humeando ligeramente, y oyeron los últimos gritos de los vaqueros y los últimos quejidos de las reses perderse en el intenso azul del silencio vespertino. Montaron y reanudaron la marcha. Ya de noche cruzaron un villorrio de aquel altiplano donde las casas eran de troncos con techos de tejemanil. Humo y olor a guiso flotaban en el aire frío. Cabalgaron por las franjas de luz amarillenta que iluminaban la carretera desde las ventanas y luego siguieron otra vez hacia la oscuridad y el frío. Por la mañana, y en la misma carretera, encontraron a Bailey, a Tom y a Niño, que mojados y lustrosos venían de la laguna que había más al sur.

Habían trepado al camino con otra media docena de caballos, todos ellos chorreando agua, que trotaban y cabeceaban al frío de la mañana. Detrás de ellos aparecieron en la carretera dos jinetes que los apartaron de donde estaban paciendo en la hierba de la cuneta y se los llevaron.

Billy refrenó el caballo, lo llevó al borde del camino, pasó la pierna por encima del borrén delantero, se apeó y le pasó las riendas a Boyd. El grupo de caballos avanzó con curiosidad, amusgadas las orejas. El caballo de su padre sacudió la cabeza y dejó escapar un largo relincho.

¿Qué te parece eso?, dijo Billy. ¿Qué te parece?

Miró a los jinetes. Muchachos como ellos. Tal vez de su misma edad. Estaban empapados hasta la rodilla y los caballos que montaban estaban mojados. Habían visto a los jinetes frenar en la cuneta y avanzar ahora con cautela. Billy sacó la escopeta del portacarabina, comprobó que estuviera cargada y volvió a cerrarla con una rápida sacudida. Los caballos se detuvieron en la calzada.

Prepara un lazo, dijo. Que Niño no se escape.

Salió a la carretera con la escopeta en el pliegue del codo. Boyd montó de un solo impulso al arzón, tensó la mangana y fue soltando cuerda entre las manos. Los otros caballos se habían detenido, pero Niño siguió adelante por el borde de la carretera, la cabeza alta, olisqueando el aire.

¡So, Niño!, dijo Billy. ¡So, pequeño!

Los dos jinetes que venían detrás se pararon y siguieron montados sin saber a qué atenerse. Billy había cruzado la carretera para coger a Niño, que cabeceó y volvió al centro de la calzada.

¿Qué pasa?, gritaron los vaqueros.

Échale un lazo a ese hijoputa o coge al de la escopeta, dijo Billy.

Boyd levantó el lazo sobre su cabeza. Niño había calculado ya el espacio entre el hombre que iba a pie y el que iba a caballo, y se disparó. Cuando vio venir la cuerda trató de esquivarla, pero perdió pie sobre la tierra apisonada de la calzada y Boyd hizo girar una vez el lazo y se lo lanzó por la cabeza y aseguró la cuerda a la perilla de la silla. Bird giró en redondo, se colocó en mitad de la carretera y se apoyó en las ancas, pero Niño se detuvo, cuando llegó al extremo de la cuerda y se puso a gañir al tiempo que miraba a los otros jinetes y a los caballos que había detrás.

¿Qué están haciendo?, dijeron los jinetes. Seguían en el mismo lugar en que se habían detenido primero, sin desmontar. Los otros caballos se habían puesto a pacer de nuevo en la cuneta.

Coge un trozo de cuerda y hazme un cabestro, dijo Billy.

¿Es que vas a montarlo?

Sí.

Puedo hacerlo yo.

Lo montaré yo. Más largo. Más.

Boyd anudó el cabestro, cortó la cuerda sobrante con su navaja de muelle y le lanzó el cabestro a Billy. Billy lo cazó al vuelo y se acercó a Niño a lo largo de la cuerda que lo ataba sin dejar de hablarle en voz baja. Los otros dos jinetes picaron a sus monturas.

Billy pasó el ronzal sobre la cabeza de Niño y aflojó la cuerda. Le habló y lo acarició y luego le retiró la cuerda por la cabeza y la dejó caer al suelo y condujo el caballo a donde estaba Boyd con Bird. El lazo de cuerda fue corriendo por el suelo. Los jinetes volvieron a detenerse. ¿Qué pasa?, dijeron en voz alta.

Billy le lanzó la escopeta a Boyd; luego saltó con ambas manos, de un solo impulso, a la grupa de Niño, pasó una pierna por encima, se sentó y alargó la mano para coger de nuevo el arma. Niño cabeceó y piafó en la carretera.

Échale cordel al viejo Bailey, dijo Billy.

Boyd miró a los dos jinetes parados en la carretera. Avanzó en su caballo.

No moleste a esos caballos, dijeron los jinetes.

Billy llevó a Niño hacia la cuneta. Boyd se acercó a los caballos que estaban comiendo tranquilamente la hierba de la cuneta y arrojó el lazo. El lanzamiento se anticipó a Bailey, que al levantar la cabeza para apartarse la metió en el lazo. Billy se quedó mirando a lomos del caballo de su padre. Yo también puedo hacerlo, le dijo al caballo. En ocho o nueve intentos.