Ya decidiré lo que haya que decir, dijo Billy.
¿Qué caballos?, preguntó el hombre.
Los que nos robaron de nuestro rancho en Nuevo México.
Los miró detenidamente. Señaló a Boyd con la barbilla. ¿Es tu hermano?
Sí.
Asintió. Fumó. Lanzó el cigarrillo a la calzada. El caballo lo miró.
¿Os dais cuenta de que el asunto es serio?, dijo.
Para nosotros lo es.
Asintió nuevamente. Seguidme, dijo.
Tiró de las riendas y enfiló la carretera. No se volvió a mirar si lo seguían, pero lo hacían, sin atreverse a cabalgar a su lado.
A media tarde estaban tragando el polvo que levantaban los caballos en la remuda. Podían oírlos, aunque todavía no podían verlos. Quijada apartó su caballo de la carretera, se metió entre los pinos y retomó la carretera delante de la remuda. Cuando el caporal que iba en cabeza vio a Quijada, levantó una mano. Los vaqueros avanzaron y guiaron la cuadrilla; el caporal se aproximó a Quijada y ambos se detuvieron a hablar. El caporal miró a los dos chicos encorvados sobre el huesudo caballo. Llamó a los vaqueros. Los animales que estaban en la carretera empezaban a agruparse y remolinear intranquilos y uno de los vaqueros había tenido que volver atrás arreando los caballos para que salieran de los árboles. Cuando todos los caballos se hubieron calmado y estuvieron en la carretera Quijada se volvió hacia Billy.
¿Cuáles son vuestros caballos?, preguntó.
Billy se volvió en la silla y echó un vistazo en dirección a la remuda. En la carretera había una treintena de caballos parados o agitándose, levantando y agachando la cabeza en el polvo dorado que el sol hacía brillar.
El bayo grande, dijo. Y ese bayo claro que está con él. El que tiene la estrella. Y ese moteado de ahí atrás. El tigre.
Sepáralos, dijo Quijada.
Sí, señor, dijo Billy. Se volvió hacia Boyd. Baja.
Ya lo hago yo.
Baja.
Que lo haga él, dijo Quijada.
Billy miró a Quijada. El caporal había hecho girar a su caballo y los dos hombres estaban codo con codo. El chico pasó la pierna por encima de la horqueta de la silla, se deslizó a tierra y se apartó un poco. Boyd subió a la silla, cogió la cuerda y empezó a hacer un lazo mientras metía piernas al caballo y pasaba paralelo a la remuda. Los vaqueros lo miraban mientras fumaban. Avanzó lentamente sin mirar los caballos. Fue con la cuerda colgando a un costado del caballo y entonces la balanceó a baja altura junto a los pinos del borde del camino, levantó un lazo hoolihan sobre las cabezas de los caballos que ya se agitaban y lazó a Niño por el cuello al tiempo que levantaba el brazo para que la cuerda sobrante no tocara los lomos de los otros caballos, todo en un solo movimiento. Luego hizo chascar la lengua y sacó el caballo de la cuadrilla hablándole en voz baja. Los vaqueros miraban, fumaban.
Niño se adelantó. Bailey fue detrás de él, los dos avanzando a vacilantes empellones y derramando la vista entre los caballos desconocidos. Boyd los trajo detrás de él y continuó bordeando la carretera. Hizo un nudo flojo con el cabo de la cuerda y cuando llegó al final del grupo echó el lazo sobre la cabeza de Tom sin mirarlo siquiera. Luego volvió con los tres caballos siguiendo el borde de la carretera hasta rebasar la remuda y se detuvo; los tres caballos, apretados contra el costado de Bird, levantaban y agachaban la cabeza.
Quijada se volvió y habló con el caporal. El caporal asintió y luego miró a Billy.
Coge tus caballos, dijo.
Billy tomó las riendas que su hermano le tendía y se quedó en la calzada sujetando los caballos. Necesito que me escriba un papel, dijo.
¿Qué clase de papel?
Una renuncia o una factura. Alguna clase de comprobante donde conste su nombre hasta que pueda sacar los caballos de estas sierras.
Quijada asintió. Se volvió, desabrochó el faldón de su alforja, rebuscó entre sus cosas y sacó una libretita negra de piel. La abrió, cogió un lápiz alojado en la cubierta y se puso a escribir.
¿Cómo te llamas?, preguntó.
Billy Parham.
Escribió. Cuando hubo terminado arrancó la página de la libreta, devolvió el lápiz a la cubierta, cerró la libreta y le pasó el papel a Billy. Billy lo cogió, lo dobló sin leerlo, se quitó el sombrero, metió el papel doblado dentro de la badana y volvió a ponerse el sombrero.
Gracias, dijo. Muy agradecido.
Quijada asintió otra vez y habló de nuevo con el caporal. El caporal llamó a los vaqueros. Boyd se inclinó, cogió las riendas, llevó el caballo hasta los polvorientos pinos del camino. Una vez allí se volvió y esperó mientras él y los caballos observaban a los vaqueros arrear otra vez la remuda. Pasaron. Los caballos se agruparon, se dividieron y pusieron los ojos en blanco. El vaquero que iba detrás miró a Boyd, que estaba entre los pinos con los otros caballos, levantó una mano y adelantó levemente el mentón. Adiós, caballero, dijo. Luego alcanzó la parte posterior de la remuda y todos se alejaron por la carretera en dirección a las montañas.
Por la tarde dieron de beber a los caballos en un abrevadero tallado en piedra caliza. Las aspas del molino giraban lentamente sobre sus cabezas y la sombra alargada y oblicua de las aspas giraba también sobre la pradera en oscuro y lento carrusel. Habían ensillado a Niño y Billy desmontó y le aflojó la cincha para dejarle bufar mientras Boyd se apeaba de Bailey. Bebieron del caño y luego se acuclillaron y miraron cómo bebían los caballos.
Te gusta ver beber a los caballos, dijo Billy.
Mucho.
Asintió. A mí también.
¿Crees que ese papel vale algo?
Por estos pagos creo que tanto como el oro.
Y fuera de aquí no mucho.
No. Fuera de aquí, no.
Boyd arrancó un tallo de hierba y se lo llevó a la boca. ¿Por qué crees que nos ha dejado coger los caballos?
Porque sabía que eran nuestros.
¿Cómo lo ha sabido?
Lo sabía y eso es todo.
Podría habérselos quedado.
Sí. Podría haberlo hecho.
Boyd escupió y volvió a ponerse el tallo en la boca. Miró los caballos. Eso de tropezarnos así con los caballos ha sido toda una suerte, dijo.
Sí. Ya lo sé.
¿Crees que vamos a seguir teniendo suerte mucho tiempo?
¿Quieres decir si encontraremos a los otros dos caballos?
Eso. O lo que sea.
No lo sé.
Yo tampoco.
¿Crees que la chica estará allá como dijo?
Sí. Seguro.
Sí, dijo Billy. Imagino que sí.
Unas palomas que venían sobrevolando las tierras secas que se extendían más al sur viraron y se alejaron del depósito al verlos allí sentados. El agua salía del caño con un frío sonido metálico. El sol de poniente que descendía por debajo de las nubes amontonadas había absorbido a su paso la luz dorada dejando la tierra, azul, fresca y silenciosa.
Tú crees que tienen los otros caballos, ¿verdad?, dijo Boyd.
¿Quién?
Ya sabes quién. Esos jinetes que venían de Boquilla.
No lo sé.
Pero es lo que piensas.
Sí. Es lo que pienso.
Billy sacó de la badana del sombrero el papel que le había dado Quijada, lo desdobló, lo leyó y luego volvió a doblarlo, lo metió en la badana y se puso el sombrero. No te gusta, ¿eh?, dijo.
¿A quién puede gustarle?
Y yo qué mierda sé.
¿Qué piensas que habría hecho el viejo?
Sabes muy bien qué habría hecho.
Boyd se quitó el tallo de hierba de entre los dientes, lo pasó por el ojal del bolsillo de su andrajosa camisa e hizo un nudo con él. Sí. Pero él no está aquí para decirlo.