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Era la conclusión a la que Clive había dicho que llegarían. Tenía sentido. Les facilitaba la vida.

Estaba pasando a las páginas de deportes del Mail cuando el conductor volvió con su bebida: en vaso de tubo, con hielo y limón.

– La próxima vez no le pongas limón -dijo Frank. Le dio pena el tipo, sudando como un cerdo dentro de su traje oscuro y su corbata, pero las apariencias eran importantes. En su negocio no se podía vestir de sport. Claro que eso no se aplicaba al propio Frank, que felizmente vestía bañador, sandalias y una camisa que había estado reservando para el buen tiempo. Hawaiana, decía él, aunque Laura decía que parecía que alguien le había vomitado encima. «¿Vomita mucho la gente en Hawai?», le había preguntado.

Frank leyó el reportaje sobre el partido del West Ham. En realidad, ya no seguía al equipo, no era más que un acto reflejo. Había un encuentro a mediados de semana que quizá intentaría ver y un partido de golf sobre el que hizo una nota mental para programar el Sky Plus.

Tomó un sorbo de limonada y luego miró la primera plana del Sunday Mirror, casi todo fotos y, aunque lo intentó, no logró entender la noticia. Era difícil concentrarse en algo con todo el ruido que venía de dentro, los martillos y los taladros. Claro que le gustaba oírlo. Estaba pagando jornada y media a aquellos capullos por trabajar en domingo y estaba allí para asegurarse de que nadie se quedaba sentado, tomando té.

– Te despistas un poco -le había dicho Clive-, y hasta se ponen azúcar. Creo que deberían incluir azúcar y galletas de chocolate en sus presupuestos.

Se preguntó si oiría el teléfono con todo el barullo y lo acercó un poco más. No quería arriesgarse a perder la llamada, así que lo puso también en modo de vibración, con la esperanza de al menos verlo saltar por la mesa si no lo oía.

Al volver a mirar la noticia del periódico, le quedó claro que una fulana ex concursante de un reality se estaba tirando al novio de otra pringada. Posaba en bikini para enseñarle a todo el mundo lo que se estaba llevando su amante. Frank sabía que se trataba de vender ejemplares, que los negocios son los negocios, pero aun así le daba asco.

Las prioridades…

Se bajó el resto de su limonada y empezó a buscar el crucigrama. Tal vez Paul ya no fuese noticia de primera plana, pero Frank se animó un poco al pensar que estaba ocupado provocando alguna por su amigo.

Veintiuno

SnapZ no podía recordar qué había soñado. Se le había escapado en cuando había abierto los ojos, como el rostro de alguien amado diciendo adiós desde el asiento trasero de un coche a toda velocidad. Pero sabía que había sido agradable, algo que le había dejado una sensación cálida y le había hecho acurrucarse bajo el edredón, hasta que volvió a oír los golpes. El ruido había irrumpido en su sueño y le había sacado de él a rastras, cada golpe resonando por el piso como un balazo.

Miró el reloj de la mesilla. Ni siquiera era la hora del almuerzo y la noche anterior había sido muy bestia. Casi toda la pandilla de juerga, de fiesta por Mikey. Todavía tenía la cabeza embotada y notaba el sabor de la bebida en la lengua, el picor de la hierba en el fondo de la garganta. Todavía podía saborear a la chica que se había arrodillado en el aparcamiento de detrás del Dirty South.

– La muy zorra no podía esperar a bajarse -le había dicho después a Easy-. Y era bien guarra.

Quien estaba fuera volvió a llamar, más alto. SnapZ retiró el edredón, echó los pies al suelo e inspiró profundamente.

Joder, ¿acaso no era quedarse en la cama un domingo por la mañana (cualquier día, si quería) una de las mejores cosas de este negocio? Horario flexible. Por eso se había mudado, tenía casa propia. Antes, su madre le hubiera echado de la cama mucho más temprano, vestida de domingo, obligándole a comer huevos fritos y mierdas y diciéndole que no desperdiciase el día.

Más golpes. Y no eran con los nudillos, sino con el puño de lado, fuertes y pesados como si fuesen a romper la puerta o algo. Alguien dando auténticos martillazos.

SnapZ empezó a soltar tacos, levantando la voz por encima del ruido, luego se calló. Siempre podía ser Wave. O Easy, tal vez.

Gritó que tardaría un minuto, buscó sus pantalones, luego el resto de sus cosas, tiradas encima de una silla la noche anterior. No era que Easy estuviese por encima de él, que tuviese más influencia en la pandilla y, desde luego, no le tenía miedo, no era nada de eso. Pero SnapZ lo había visto bastantes veces hablando por las esquinas con Wave. Sabía que Easy era aplicado, que bien podía subir puestos más rápido que la mayoría si seguía lamiendo los culos adecuados. Y nunca hacía daño mantener las opciones abiertas. Siempre era mejor cabrear al menor número de gente posible y una mala palabra podía hacerlo. Una mirada equivocada, un encontronazo con quien no debía, gritar algo estando aún medio dormido.

Podías acabar con una cuchilla en las tripas una semana después, cuando creías que todo estaba olvidado.

Se metió en los pantalones, se puso una camiseta mientras entraba en el salón. Cogió la pistola de debajo del asiento del sofá y se dirigió a la puerta. Colocó el ojo en la mirilla.

– ¿Quién coño es?

No reconoció al robusto hombre negro en el momento, pero su aspecto era familiar. Las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta con capucha, los hombros encorvados, los labios apretados de desesperación. Nada que no viese una docena de veces al día.

– Necesito un par de rocas.

– No puedo ayudarte.

– ¿Eres SnapZ o no?

– ¿Quién te ha dado el nombre?

– Ollie y Gospel me dijeron que podías conseguirme algo. Venga, tío…

– Esto no es el puto KFC, ¿lo pillas?

– Diez cada una, me dijeron.

SnapZ esperó. Tendría que tener unas palabras en serio con ese chico blanco sobre lo de enviar clientes a su puerta en lugar de ir al piso franco como se suponía que tenía que hacer. Le cortaría las rastas a ese cabroncete con cara de empanada y se las metería por el culo.

– Te daré quince. Tengo prisa, tío.

Como si no la tuviesen todos. Como si alguno dijese alguna vez: «No hay prisa, me paso la semana que viene y las recojo».

– Enséñame la pasta.

El hombre rebuscó en su bolsillo, sacó una bola de billetes arrugados y separó tres de diez.

– Abajo -dijo SnapZ.

– Venga, sólo dos, nada más.

– Espérame en la puerta de la tienda de apuestas -comisión sobre veinte más diez de beneficios limpios para él era una buena forma de empezar el día. Además, era hora de empezar a buscarse clientes propios. Todos lo hacían y Wave se hacía el loco siempre que no fuese demasiado evidente y se hiciese suficiente caja.

– ¿Cuánto tiempo?

– Diez minutos.

– Mierda.

– Tú decides, tío. Ni siquiera he meado todavía.

SnapZ se quedó mirando mientras el hombre se alejaba lentamente de su puerta y se dirigía a las escaleras. Sí, valía la pena levantarse de la cama; aún mejor, parte de la cálida sensación de su sueño empezó a volver, a subirle suavemente por dentro de la barriga.

Más buenas noticias: había un par de centímetros de porro en el cenicero de la mesa. Buscó su mechero y encendió lo que quedaba, chasqueando los dedos mientras entraba en el cuarto de baño.

No pasaron más de unos segundos hasta que alguien habló, pero fue tiempo suficiente para que ambas mujeres se echasen un buen vistazo mutuo. Para formarse una impresión.

Helen vio una cara que probablemente habría sido hermosa de no ser por los puntos, por las magulladuras, de un verde amarillento, que rodeaban los ojos y se desvanecían para revelar los círculos oscuros de debajo y algo más que alejaba hasta el último gramo de dulzura de sus rasgos. Cuando la mujer dio un paso atrás, con cierta desconfianza, para abrir la puerta, Helen vio el cabestrillo que sujetaba su brazo izquierdo. El vendaje estaba más que un poco mugriento.