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Estaba claro que la mujer sabía exactamente quién era Helen. Sus ojos se abrieron y empezaron a llenarse de lágrimas prácticamente en cuanto se levantaron después de posarse en la barriga de Helen. Pero la expresión cambió cuando Helen se presentó formalmente. Cuando la mujer que había utilizado su puerta como escudo descubrió quién era.

– Probablemente debería haber llamado -dijo Helen.

Sarah Ruston se encogió de hombros, como si no supiese qué decir, y Helen pidió permiso para entrar… Retrocedió, de manera que Helen tuvo que cerrar la puerta tras ella y se echó la mano al bolsillo en busca de pañuelos mientras conducía a Helen al salón.

Era una casa victoriana de fachada doble en la parte norte de Clapham Common. La ubicación era estupenda, en una calle tranquila, llena de árboles y, una vez dentro, la envidia que Helen había empezado a sentir al salir del coche subió un grado o dos más. El recibidor conservaba las losas originales, había grabados enmarcados en las paredes y atisbó una enorme cocina de acero inoxidable en la cocina. Aún mejor que la de Jenny. El salón tenía el suelo de parqué y un par de sofás de cuero de aspecto artísticamente raído. Había más cuadros con marcos de madera, velas en la chimenea vacía, un televisor de plasma y elegantes lámparas de pie en dos esquinas.

Era el tipo de casa que ella y Paul habían hablado de comprar, habían soñado comprar.

Cuando Helen se sentó, dijo que la casa era muy bonita. Sentándose frente a ella, Ruston sonrió pero no dijo nada. Simplemente acarició el cuero del asiento vacío a su lado. Helen podía oír música procedente de la cocina, algo tipo folk y había más música, más alta, que venía de arriba.

– Dos polis viviendo juntos. ¿Era fácil?

– No siempre -dijo Helen. Esperó pero, una vez más, no obtuvo respuesta-. Escuche, sólo quería…

Ruston se giró al oír pasos en la escalera y se quedó mirando la puerta hasta que entró un hombre. Tenía unos cuarenta años, tal vez diez años más que la propia Ruston, era alto y con cierto exceso de peso. Lo presentó como Patrick. ¿Marido o novio? Helen no lo sabía, no había tantos detalles en el cuaderno del inspector. Sí sabía que Ruston trabajaba en Canary Wharf, en uno de los grandes bancos extranjeros.

No necesitaba preguntar si estaba bien pagado.

Patrick se acercó y sacudió la cabeza. Como su compañera, vestía informalmente (pantalones de marca y una camiseta), aunque Ruston llevaba una fina rebeca negra por encima. Después de que Deering la dejase en su piso, Helen se había puesto el vestido de verano más suelto que había encontrado, sin saber muy bien por qué se molestaba en arreglarse. Ahora se sentía como una chiquilla gorda demasiado arreglada que acababa de llegar a una elegante fiesta estival.

– Helen es agente de policía -dijo Ruston.

La sonrisa de Patrick se convirtió en un suspiro.

– Por Dios, ¿no hemos hecho ya todo esto? -Hizo un gesto con la cabeza hacia Ruston-. Ha debido de hacer una docena de declaraciones. Sería agradable que la dejasen un poco de tiempo a solas para… superarlo, ¿sabe?

Helen miró al suelo. Patrick llevaba unas chinelas y pudo ver que tenía los empeines peludos.

– El hombre que murió en la parada de autobús era su marido.

Helen levantó la vista pero no se molestó en corregirla. Vio cambiar la cara de Patrick otra vez. Vio los engranajes de su cerebro en marcha y cómo reprimía el impulso de hacer la pregunta evidente: ¿Por qué está aquí?

Helen agradeció sus reservas, su incomodidad; casi tanto como sin duda agradeció él que Ruston le preguntase si le importaba hacer un poco de café. Él tomó nota de los pedidos (un café, un té) y se fue, dando un portazo lo suficientemente fuerte tras de sí como para que Ruston diese un pequeño respingo.

– Como le decía, debería haber llamado o algo.

– No pasa nada -dijo Ruston-. Lo comprendo.

Helen asintió, pensando que era amable por su parte. Pensando que Sarah Ruston sonaba prácticamente como si lo comprendiese todo.

– ¿Cuándo va a volver al trabajo?

– A finales de la semana que viene, tal vez.

– Eso está bien.

– Me tomaré unos días más. La clavícula está bastante bien, pero no quiero que la gente piense que Halloween se ha adelantado.

– Tiene buen aspecto.

– Ya.

Helen observó a Ruston pasarse los dedos por la melena que le llegaba al hombro. Probablemente se la teñía cada tres o cuatro semanas, pero ahora empezaban a vérsele las raíces. Helen no podía reprocharle que no se cuidase demasiado después de lo que había pasado. Luego vio la media sonrisa que le decía que aquella mujer estaba acostumbrada a que le dijesen que su aspecto era mucho más que «bueno».

– ¿Y usted?

– He estado mejor.

– ¿Cuándo sale de cuentas?

– Dentro de un par de semanas, oficialmente, pero ya sabe que nunca se puede estar segura con estas cosas. ¿Tiene hijos?

– Patrick tiene un par. De antes…

– En cualquier caso… -Helen se sonrojó mientras se daba palmaditas en la barriga- este puede presentarse cualquier día, básicamente.

– ¿Ya sabe que es niño?

– Es una sensación.

– Qué emocionante.

– Da miedo. Da más miedo ahora, ya sabe… -Desvió la mirada y se descubrió examinando el grabado que había sobre la chimenea. A falta de otra cosa que decir, preguntó de dónde era, y Ruston le explicó que ella y Patrick lo habían encontrado durante unas vacaciones en Tailandia-. Yo siempre he querido ir -dijo Helen-. Estuve a punto de ir con un ex una vez, pero… -Se detuvo al darse cuenta de lo que había dicho. Se preguntó cómo funcionaban esas cosas.

¿Cuánto tiempo pasaba hasta que un «novio muerto» se convertía en «ex novio»?

– ¿Quiere hablar del accidente? -Ruston se inclinó hacia ella, utilizando el brazo sano para darse impulso y adelantarse en el sofá-. No pasa nada si quiere hacerlo. Ya he hablado un montón de ello. -Antes de que Helen pudiese responder, la puerta se abrió y Patrick volvió con las bebidas. Las repartió y volvió a esfumarse. Cuando se hubo ido, Ruston sonrió y bajó la voz con gesto conspirador-. Está haciendo todo lo que puede para cuidarme -dijo-. Está preocupado, ¿sabe? Bueno, ya le ha oído antes.

– Debió de ser aterrador. Lo del coche.

Ruston asintió. Parecía que todavía estaba aterrada.

– Sucedió increíblemente rápido. Sé que todo el mundo dice eso, pero en un minuto ese coche estaba a mi lado y entonces llegaron los disparos. Y, de repente, ya estaba en la ambulancia.

Probablemente así era como ella lo recordaba, pensó Helen. Tampoco podía reprocharle a la mujer que fuese selectiva, teniendo en cuenta con quién estaba charlando ante un café.

Y entonces me empotré en aquella parada de autobús y recuerdo con claridad a su novio volando por encima del capó

– Lo siento -dijo Ruston. Parecía que estaba a punto de llorar otra vez.

– ¿Qué hacía en Hackney? -preguntó Helen.

Eso pareció mantener las lágrimas a raya. Ruston miró fijamente a Helen como si no acabase de pillar un chiste.

– ¿Qué tiene eso que ver con nada?

Helen se avergonzó. Fingió una risa.

– La poli que hay en mí, supongo. Preguntas rutinarias, todo eso.

– ¿También quiere saber si había estado bebiendo?

– Lo siento. Por favor, no…

– Había tomado una copa de vino y estaba muy por debajo del límite. Lo sé seguro, porque los suyos me sacaron una muestra de sangre en el hospital. Muy amable por su parte.