Выбрать главу

Una vez más, Frank agradeció estar bien libre de ese tipo de cargas. Contento de recordar a unas cuantas personas especiales del pasado y pagar por un polvo de vez en cuando. Era la manera más fácil de evitarse preocupaciones.

El invierno pasado, Frank le había dicho a Paul que podía contar con él si tenía algún problema (si necesitaba hablar, de día o de noche) y lo había dejado así.

Pasó el tomate de la tabla de cortar a la sartén y añadió un poco más de mantequilla. Ese era el secreto de unos buenos huevos revueltos: mucha mantequilla salada de calidad.

Pero Paul había hecho bien en no dejar ver sus cartas, Frank podía verlo. La chica era brillante y suspicaz y encima no le daba miedo hurgar, cosa que probablemente la hacía una buena poli. De hecho, agradecía que no trabajase para la Brigada contra el Crimen Organizado. En cuanto se le ocurrió, deseó habérselo dicho el día anterior. Tenía la sensación de que lo habría encontrado divertido.

Se echó los huevos en la tostada, llevó el plato a la mesa y añadió mucha pimienta negra.

Las Navidades anteriores, le había regalado a Paul una petaca de plata y Paul le había regalado el CD de Bruckner con el que le había estado dando la murga. La Filarmónica de Viena tocando la Séptima. El disco que había ido a buscar y había puesto de madrugada la noche que Helen le había llamado para decirle que Paul había muerto.

Laura había bajado medio dormida y le había preguntado qué pasaba, pero él la había mandado de vuelta a la cama.

Cuando terminó de comer, Frank llenó el lavavajillas, luego se fue a su despacho para llamar a Clive. Quería hacer avanzar las cosas. Siempre había sido de los que terminaban el trabajo lo antes posible y pasaban al siguiente asunto. No dejaba que las cosas se enfriasen y todo eso…

Además, nunca le había gustado dejar ocasión a nadie para descubrir que iba a por ellos.

El inspector Capullo Picajoso llamó justo cuando Helen estaba saliendo del hospital. Dijo que sentía no haberle contado demasiado; se disculpó por haberla dejado fuera. Ella le dijo que lo comprendía, que sabía que probablemente era porque no había demasiado que contar y él no se lo discutió.

Parecía ansioso por ser breve, sólo quería hacerle saber que estaba siguiendo varias líneas de investigación nuevas. Le prometió intentar mantenerla mejor informada. Ella le dijo que lo agradecería e insistió en que se encontraba bien cuando él le preguntó cómo estaba.

Media hora después, mientras bajaba del aparcamiento de varias plantas que había encima de Lewisham Centre, Helen tenía bastante idea de cuáles eran esas «nuevas líneas de investigación». Después de ver las noticias la noche anterior y varios reportajes de televisión más a primera hora, sabía que muchos de los miembros del equipo del inspector, si no él mismo, andarían por las mismas calles que ella en aquel preciso momento. Casi esperaba ir a tropezarse con él, haciendo cola para coger el tique de aparcamiento y se preguntó cómo sería la conversación si se lo encontraba.

– El mundo es un pañuelo…

– ¿Qué está haciendo aquí?

– Sólo he salido a dar un paseo. El ejercicio es bueno para el bebé.

– ¿En Lewisham?

– Está muy infravalorado.

Helen sabía que poca gente podría sobrevalorar Lewisham, al menos después de un rápido paseo en torno a su principal área comercial. Cierto, cualquier lugar que hubiera vivido dos tiroteos con víctimas mortales en menos de una semana tenía pocas posibilidades de recordar Hampstead o Highgate Village, pero aun así. Daba la sensación de ser un lugar que la gente sólo visitaba si tenía que hacerlo, si la vida que soportaban detrás de sus cuatro paredes se volvía prácticamente intolerable. Un lugar en el que entrar y salir rápidamente. Había un centro de ocio, un parque de aspecto decente y una biblioteca y Helen sabía que si tuviese tiempo de buscarlas, encontraría una serie de pequeñas comunidades a las que la tensión y la violencia no había llegado. Pero, en los alrededores de las estaciones de tren ligero y autobús, junto a los pubs y los escaparates, el ruido, la industria, sólo parecían agudizar la tensión ambiental.

El corazón de la zona parecía sobrecargado y a punto de darse por vencido.

Helen caminó por High Street. Las cadenas habituales: Boots, Argos, el obligado Starbucks. Parecía haber un número excesivo de sitios para comer: McDonald's, KFC, Jenny's Burgers, Nando's, Chicken Cottage, entremezclados con tiendas de todo a una libra y colmados de baja estofa. Podía imaginar la cara horrorizada de Jenny.

– ¿Qué, no hay un Marks and Spencer? ¿Y a cuánto está el Waitrose más cercano?

En una hora, Helen había hablado con una docena de personas o más, había encontrado lugares donde no era raro entablar conversación: esperando en un cajero, en una parada de autobús, en la cola de una pequeña panadería. No sacó su placa. Había decidido que las conversaciones serían más reveladoras sin ella, y no quería arriesgarse a ser vista por alguno de los agentes que estaban investigando oficialmente los asesinatos.

La gente tenía mucho que decir; tenían opiniones que estaban más que deseosos de expresar. Profundamente sentidas, despectivas o, en opinión de Helen, directamente ridículas.

– Ahora mismo la vida no vale un penique por aquí, esa es la verdad.

– No es más que lo que esos pequeños cabrones se merecen.

– ¿De dónde cree que salen todas esas pistolas? Pregúntese eso. ¿Quién se las proporciona? El gobierno, de ahí salen. Quieren que nos matemos entre nosotros.

Helen se alejó de la calle principal, cruzó Lee Bridge y entró en las zonas más tranquilas de detrás de la estación. Hacia las urbanizaciones: Lee Marsh, Kidbrooke, Downtown y Orchard. Había muchos jóvenes por allí, disfrutando del sol. Y no pocos hombres uniformados dispuestos a pasar el día con ellos.

En una intersección donde había dos furgonetas de la policía aparcadas, vio a un grupo más bien pequeño reunido ante un mural. La gente sacaba fotos, se había instalado un equipo de televisión y estaba haciendo encuestas a pie de calle. De un equipo de música portátil colocado sobre la acera salía música rap.

Leyó la dedicatoria: «Michael Williamson. 1992-2008».

A un lado, había una columna de grafitis: una lista de firmas pintadas con spray sobre un fondo blanco que imitaba un papiro. Una lista de honor. Helen miró fijamente la maraña multicolor de remolinos y símbolos sobre el ladrillo. No podía descifrar la mayoría de los nombres, pero adivinó unos cuantos.

Wave. Con tres líneas onduladas debajo, como el mar.

Sugar Boy.

Easy. Con «S & S» en un círculo junto al nombre y las letras dibujadas como serpientes siseantes.

A lo lejos, en la calle, junto a la entrada de Lee Marsh, Helen vio a un puñado de chicos merodeando cerca de un bloque de garajes bajos. Se acercó, consciente de las miradas que se intercambiaron al verla aproximarse. Eran seis o siete y dudaba que alguno de ellos hubiese alcanzado la adolescencia. No tenía sentido especular sobre si estarían en la escuela si no fuese verano, o presuponer por un segundo que eran demasiado jóvenes para pertenecer a alguna de las bandas locales. No por primera vez, Helen se preguntó por qué unidades de protección de menores como la suya no pasaban mucho más tiempo intentando proteger a los niños antes de que el daño estuviese hecho.

Hizo un gesto indicando la pared, al hombre de la cámara y a su compañero, que le espetaba el micrófono a los transeúntes.