Cada uno tenía un arma. Ambas estaban provistas de silenciadores.
Sugar Boy empezó a llorar.
Wave dejó caer la correa del perro y se echó la mano al bolsillo, pero un mínimo gesto con la cabeza del más grande de los hombres bastó para decirle que estaba siendo muy imbécil. Levantó los brazos y dijo:
– Llevaos todo el dinero. Os diré dónde está.
El más viejo se giró y le pegó un tiro a Sugar Boy, luego se dio la vuelta rápidamente y le pegó otro tiro al perro.
Wave gritó y se cayó, arrastrándose para rodear al perro con los brazos. Apoyó la cara contra el cuello del animal y se apretó contra él, sólo ligeramente consciente de que Sugar Boy aún estaba vivo; de los gemidos que llegaban del otro lado de la habitación. Abrió un ojo a tiempo para ver que el más viejo se acercaba a la mesa de centro para rematar a Sugar Boy con un tiro en la coronilla.
– Muy bien, vamos pues -dijo el más grande.
Wave se levantó sobre sus rodillas y respiró hondo. Intentó hablar pero sólo logró emitir un balbuceo. Tenía sangre en el pelo y untada por un lado de la cara.
– Puedes decirnos dónde está el dinero si quieres, pero no te va a ayudar.
– Me van a pagar igual -dijo el más viejo.
– Esto es por lo de Paul Hopwood.
– ¿Quién coño es ese? -farfulló Wave.
– Era un agente de policía que esperaba el autobús.
Wave se incorporó un poco más, abrió los brazos; ahora lo entendía.
– Es por el asunto de Hackney, ¿no? Por disparar a aquel coche.
– El asunto de Hackney -dijo el grande.
Wave parecía aliviado. Sus hombros se relajaron y consiguió mostrar algo parecido a una sonrisa. Se pasó las manos por el pelo. Salieron ensangrentadas.
– Entonces es una buena cagada -dijo-. Un problema de comunicación y todo eso. Fue un asunto complicado.
– Bastante sencillo desde el punto de vista del poli.
– Hay cosas que debéis saber.
– Cuéntame, entonces…
Clive escuchó mientras el hombre arrodillado soltaba los datos que esperaba que le salvasen la vida; mientras intentaba mantener la calma y pasar la información que tenía. Clive estaba muy interesado, juntando lo que le estaban contando con lo que Jacky el Billares le había dicho.
Uniendo todas las piezas del rompecabezas, preparado para contárselo a Frank.
Cuando Wave se quedó sin fuelle, Clive le preguntó si había algo más que considerase importante. Wave dijo que le había contado todo lo que sabía y estaba intentando levantarse cuando Clive le pegó dos tiros en el pecho.
Clive y Billy intercambiaron una mirada, cada uno haciéndole saber al otro que lo habían hecho bien. Luego metieron las pistolas en la bolsa de lona que Billy había traído consigo.
– ¿Quieres echar un vistazo -preguntó Clive-, a ver si encuentras el dinero del que hablaba?
– ¿A ti qué te parece?
– Como quieras.
Billy dijo que no le interesaba demasiado, así que empezaron a recoger.
Para cuando Helen volvió la noche anterior, tenía un mensaje de Jenny diciendo que no había querido molestarla, que lo sentía si había dicho algo que no debía. También había un mensaje de Roger Deering, preguntándole cómo estaba. Y otra llamada sin mensaje que podía o no ser de Adam Perrin.
Al escucharlo, había pensado en quien había llamado a su puerta y se había ido. En su encuentro con Kevin Shepherd. En el Jeep negro que había empezado a buscar cada vez que salía de casa.
Por la mañana, llamó a Jenny y le dejó un mensaje para decirle que no pasaba nada. No se molestó en devolverle la llamada a Deering. El sueño la había dejado con una extraña sensación positiva y se había despertado sintiéndose bien por tener cosas que hacer, cosas que era necesario hacer. Aunque fuesen desagradables, no implicarían arrastrar su gordo culo, odiarse a sí misma por lo que estaba haciendo y llegar a odiar al hombre que tenía que enterrar en unos días.
Llamó a la madre de Paul y repasaron los preparativos. Fue la conversación más cálida que habían tenido en un tiempo. Helen se dio cuenta de que no saber cuándo y cómo iba a poder decirle adiós a su hijo había vuelto a Caroline Hopwood más rara e incapaz de tratar con la gente de lo normal. Sólo podía esperar que, ahora que las cosas por fin se estaban resolviendo, se produjese una vuelta a la normalidad similar también para ella.
Tenía que suceder, si aquel niño iba a tener una madre digna de tal nombre.
Eligieron la música y las flores, y la madre de Helen le aseguró que el vicario que iba a oficiar la ceremonia haría un buen trabajo. Le conocían desde hacía mucho, le dijo, y había celebrado la boda de la hermana de Paul.
– Así que conoce a la familia…
Caroline había estado tan súper eficiente como siempre, y ya había elaborado una lista de contactos. Le pidió a Helen que llamase a los amigos con los que la familia de Paul tenía poco contacto. Era más o menos el mismo grupo de gente al que había informado de su muerte hacía casi dos semanas. Llamó a Gary Kelly y a Martin Bescott, a otros compañeros de trabajo y a algunos de los tipos con los que Paul jugaba a las cartas de vez en cuando. Intentó que las conversaciones fuesen breves y amables, y agradeció las ocasiones en que pudo dejar un simple mensaje.
Una de las llamadas siempre iba a ser más difícil que las demás, pero Helen había prometido hacerla. Sabía instintivamente que iba a estar allí, le invitase o no, aunque, por supuesto, su nombre no estaba en la lista que la madre de Paul había hecho.
– Helen…
– Oh… sí.
– Ha salido tu nombre en el teléfono -dijo Linnell-. ¿Cómo estás?
– Bien. Sólo llamaba para informarte del funeral.
– Muy amable por tu parte. Empezaba a preguntarme cuándo sería.
– Bueno, ya sabes, acaban de entregar el cuerpo de Paul. -Helen daba vueltas por el salón mientras hablaba. Podía oír música de fondo. El volumen descendió repentinamente y oyó a Linnell aclararse la garganta.
– Tengo bolígrafo -dijo.
Le dio la hora y el lugar de la ceremonia en sí. No le dijo nada de lo que iban a hacer después y agradeció que no se lo preguntase.
– ¿Y las flores? -preguntó Linnell.
– No es necesario -Helen ya había previsto la posibilidad de que la madre de Paul examinase las coronas y preguntase quién había enviado cada una de ellas y qué relación tenía con Paul-. De hecho, preferiría que no enviases ninguna.
– ¿Una donación, entonces?
– Tengo que hacer un montón de llamadas, así que…
– ¿Ya has elegido una lápida?
– ¿Perdón?
– Estoy seguro de que te gustaría que Paul tuviese algo especial. Se merece algo especial, y sé que pueden costar un riñón.
– Ya encontraremos algo -Helen sintió calor. Se sentó en el brazo del sofá-. No voy a usar una cartulina y un rotulador, si eso es lo que te preocupa.
– Perdona, no pretendía insinuar nada -dijo Linnell-. Sólo me gustaría contribuir.
Helen luchó por encontrar algo que decir; escuchó la respiración de Linnell unos segundos y luego colgó.
Dios, aquello era enfermizo. Casi hasta divertido.
Probablemente se juntarían para pagar la lápida (Helen, la madre de Paul, tal vez su hermana) y lo que Helen pusiese sería dinero que ahora era sólo suyo pero había sido ganado tanto por ella como por Paul.
Así que cuando Linnell había propuesto contribuir, Helen sólo pudo pensar que, con toda probabilidad, ya lo había hecho.
Theo empezó a notar la palpitación al entrar y olerlo.
Para cuando cerró la puerta detrás de sí y vio las manchas en la moqueta, estaba temblando. Tres manchas grandes: dos junto a la mesa y una en la parte más alejada de la habitación, junto a la única silla de madera, empezando a secarse pero aún brillantes sobre el tejido gastado y sucio. Había un rastro serpenteante de chorros y gotas hasta el dormitorio y Theo se quedó parado durante un minuto o dos, con miedo a seguirlo.