– ¿De qué?
– De este sitio.
– Ah -respondió él examinando la carta-, me lo mencionó un tío de Escocia Histórica.
Ella sonrió por lo de «tío» y pensó que Linford debía de tener su edad o quizá un año o dos menos, pero era tan conservador vistiendo -con el traje oscuro, la camisa blanca y una corbata azul-, que parecía mayor. Quizá por ello despertaba simpatías en los jefazos de la Casa Grande. Ante su invitación a cenar, el primer impulso de ella había sido no aceptar, pues en el Botánico no habían congeniado precisamente, pero al mismo tiempo le picó la curiosidad por si aprendía algo de él, ya que de su mentora, la inspectora jefe Gill Templer, poca enseñanza sacaba; estaba demasiado ocupada en demostrar a sus colegas masculinos que no era menos que ellos, cuando la verdad era que valía mucho más que cualquiera de los jefes que había conocido Siobhan. Pero Gill Templer no parecía saberlo.
– ¿Fue ese tío el que descubrió el cadáver en Queensberry House?
– Ese -contestó Linford-. ¿Hay algún plato que te apetezca?
Cualquier otro hombre habría aprovechado la pregunta de ella para seguir tratando de ligársela, pero Linford seguía mirando la carta como si fuese la prueba pericial de algún crimen.
– No suelo comer carne -dijo Siobhan-. ¿Qué novedades hay en el caso de Roddy Grieve?
Llegó la camarera a tomarles nota y Linford se aseguró de que Siobhan no tenía que conducir para pedir una botella de vino blanco.
– ¿Has venido a pie? -preguntó.
– En taxi.
– Habría debido preguntarte si querías que pasara a recogerte.
– No tenías por qué. Bueno, ¿qué hay del caso de Roddy Grieve?
– Vaya hermana que tiene -dijo Linford negando con la cabeza al recordar.
– ¿Lorna? Me encantaría conocerla.
– Es un monstruo.
– Un bello monstruo -Linford se encogió de hombros como si la belleza le dejara indiferente-. A mí no me importaría en absoluto estar como ella cuando llegue a su edad -añadió Siobhan.
Linford toqueteó el vaso de vino. No sabía si ella buscaba un cumplido. Quizá.
– Me pareció que hacía buenas migas con tu guardaespaldas -comentó.
– ¿Mi, qué?
– Rebus, ése que no quiere que te vea.
– Estoy segura de que…
Linford se incorporó recostándose en la silla.
– Bah, perdona. Olvida el comentario.
Siobhan ya no sabía a qué atenerse, indecisa ante la clase de señales que supuestamente le enviaba Linford. Optó por sacudirse unas migas inexistentes del despampanante traje de terciopelo y mirarse las rodillas por si sus medias negras tenían alguna carrera. De carreras, nada. ¿Sería que a él le ponía nervioso que estuviera sin abrigo, con los brazos y los hombros al aire?
– ¿Sucede algo? -preguntó.
El negó con la cabeza mirando a todas partes menos a ella.
– Es que… nunca había salido con nadie del trabajo.
– ¿Salido?
– Bueno, salir a cenar. He ido a cenas oficiales, pero nunca… -la miró a los ojos- así, a solas, como ahora.
– Es una simple cena, Derek -replicó ella sonriendo, y se arrepintió de inmediato. ¿No esperaría él algo más que una simple cena?
Sin embargo, él pareció relajarse un poco.
– La casa es también muy rara -dijo él como si no hubiese dejado de pensar en la familia Grieve-. La tienen llena de cuadros, revistas y libros y la madre del difunto vive sola, aunque en mi opinión mejor estaría en un asilo al cuidado de alguien.
– La madre es pintora, ¿no?
– Era. No creo que siga pintando.
– He leído en los periódicos que sus obras se cotizan bastante.
– A mí me parece que está algo gaga, pero claro, acaba de perder a un hijo y no soy quién para juzgar -añadió preguntándole con la mirada qué tal lo estaba haciendo. Vio que ella le animaba con los ojos a continuar-. También estaba Cammo Grieve.
– Dicen que es un calavera.
– Yo le encontré algo gordo -replicó Linford aturdido. -No que sea una calavera, sino un mujeriego de poco fiar.
Ella sonrió pero él se tomó en serio la afirmación.
– Ah, sí, poco de fiar, claro -repitió pensativo-. A saber de qué hablaban ellos.
– ¿Quiénes?
– Rebus y Lorna Grieve.
– De música rock -dijo Siobhan recostándose en el respaldo de la silla para que la camarera sirviera el vino.
– Pues sí, hablaron un buen rato -dijo Linford mirándola fijamente-. ¿Cómo lo sabías?
– Es que ella se casó con un productor discográfico y a John le encanta ese mundillo. Conectaron de inmediato.
– Ahora comprendo que seas del DIC.
Ella se encogió de hombros.
– Es seguramente el único que yo conozco que pone Wishbone Ash en los servicios de vigilancia.
– ¿Quiénes son Wishbone Ash?
– ¿Lo ves?
Después del primer plato Siobhan volvió a preguntarle sobre el caso Roddy Grieve.
– Estamos hablando de una muerte sospechosa, ¿verdad?
– No se ha hecho aún la autopsia, pero es sospechosa, desde luego, porque no se suicidó ni parece accidente.
– Un político asesinado -comentó Siobhan chasqueando la lengua.
– Todavía no había entrado en política. Simplemente era un analista de inversiones candidato al Parlamento.
– Lo que dificulta aún más discernir el móvil del crimen. Linford asintió con la cabeza.
– Pudo ser un cliente resentido por una mala inversión de Grieve.
– Sin contar a los candidatos relegados por el partido en el nombramiento.
– Tienes razón; la rivalidad es muy fuerte.
– Y no hay que olvidar la familia a que pertenecía.
– Es una manera de hacerles daño -añadió Linford, todavía asintiendo.
– O quizá sólo estaba en el lugar equivocado, etcétera.
– ¿Que se le hubiese ocurrido ir a echar una ojeada a la sede parlamentaria, lo atracaron y el asunto se les fue de las manos? -dijo Linford con un bufido-. Hay muchos móviles posibles.
– Que habrá que considerar.
– Sí -dijo Linford no muy contento ante la perspectiva-. Va a ser un trabajo largo y difícil.
Por el tono, parecía que trataba de convencerse de que aquello valía la pena.
– Entre tú y yo, en John se puede confiar, ¿no?
Siobhan reflexionó un instante y asintió despacio con la cabeza.
– Cuando hace presa en algo no lo suelta -añadió.
– Eso me han dicho, que no sabe aflojar la mano -su comentario no sonó precisamente a elogio-El ayudante del jefe de policía quiere que yo dirija el caso. ¿Cómo crees que se lo tomará John?
– No lo sé.
– No pasa nada -añadió él con una risa fallida-. No voy a decirle que hemos hablado de él.
– No es por eso -replicó ella, consciente de que en parte sí lo era-. Es que verdaderamente no lo sé.
– Da igual -Linford parecía decepcionado.
Pero Siobhan sabía que sí le importaba.
Nic Hughes iba en coche por las calles de la ciudad con su amigo Jerry, que no dejaba de preguntarle adonde se dirigían.
– Por Dios bendito, Jerry, pareces un disco rayado.
– Es que me gustaría saberlo.
– ¿Y si te digo que no vamos a ningún sitio?
– Es lo mismo que me contestaste antes.
– ¿Y hemos llegado a algún sitio? -Jerry no acababa de entenderle-. No. Porque sencillamente vamos en coche, y eso, a veces, es divertido.
– ¿Qué?
– Anda, calla, por favor.
Jerry Lister miró por la ventanilla. Habían llegado hasta la circunvalación, para cruzar Gyle y ahora iban camino de Queensferry Road; pero Nic, en vez de volver hacia el centro, se había desviado hacia Muirhouse y Pilton. Vieron a un tipo orinando en una farola y Jerry dijo «ahora verás», bajó el cristal de la ventanilla y al pasar por delante del hombre lanzó un grito espeluznante y se echó a reír mirando por el retrovisor. El tipo soltaba tacos.