– Jerry, aquí son muy mala gente -le advirtió Nic como si él no lo supiera.
A Jerry le gustaba el coche de Nic, un Sierra Cossworth negro reluciente. Al pasar junto a un grupo de chavales, Nic tocó el claxon y les saludó con la mano como si los conociera y ellos miraron atentamente coche, conductor y pasajero.
– Jer, esos chicos, por un coche como éste, serían capaces de matar. Lo digo en serio; se cargarían a su abuela por dar una vuelta en él.
– Entonces será mejor que no te quedes sin gasolina.
Nic le miró.
– Les podríamos, colega -dijo bravucón, por efecto del speed en su organismo y de llevar la cazadora de ante azul-. ¿Que no? -añadió aminorando la marcha y levantando el pie del acelerador-. ¿Quieres que volvamos y…?
– Anda, sigue, ¿vale?
Después hubo unos momentos de silencio; Nic, en las rotondas, acariciaba el volante.
– ¿Vamos a Granton?
– ¿Quieres ir?
– ¿Allí qué hay? -preguntó Jerry.
– Yo no lo sé; eres tú quien lo ha dicho -replicó con una mirada maliciosa-. Damas de la noche, Jer, ¿es eso? ¿Quieres probar con otra? -añadió con la lengua fuera-. Yendo los dos no querrán subir al coche. Las damas de la noche son desconfiadas. Quizá si tú te escondes en el maletero, yo subo a una, la llevo al aparcamiento… Y para los dos, Jer.
– Creí que habíamos decidido… -dijo Jerry Lister humedeciéndose los labios. -¿Decidido, qué?
– Ya sabes -contestó Jerry en tono preocupado.
– Me falla la memoria, colega -replicó Nic dándose un golpecito en la frente-. Es la bebida. Bebo para olvidar y se ve que funciona -añadió con cara de ira cambiando de velocidad-. Sólo que olvido lo que no debo.
– Déjala que se vaya, Nic -dijo Jerry volviéndose hacia él.
– Es fácil de decir -replicó él enseñando los dientes. Se le veían en la comisura de los labios restos de polvillo blanco-¿Sabes lo que me dijo, colega? ¿Sabes lo que me dijo?
Jerry no quería oírlo. El coche de James Bond tenía un dispositivo de eyección en el asiento, pero el único dispositivo especial del Cossworth era un techo corredizo. Miró a su alrededor, como si buscara el botón de eyección.
– Dijo que este coche era una mierda y que iba a ser el hazmerreír.
– Pues no es cierto.
– Esos chavales que hemos visto se lo cargarían en una hora y a otra cosa. Para ellos no es más que eso, y es aún cien veces más importante que para Cat.
Hay hombres que se entristecen de un modo emocional y lloran. Jerry había llorado un par de veces, con unas cuantas cervezas en el cuerpo viendo Animal Hospital, o en Navidades cuando ponían Bambi o El mago de Oz, pero él nunca había visto llorar a Nic. Nic lo que hacía era ponerse hecho una furia; incluso cuando sonreía como en aquel momento, él sabía que estaba enfadado y a punto de estallar. La gente no lo notaba, pero él sí.
– Anda, Nic -dijo-, vamos al centro, a Lothian Road o a los puentes.
– Tal vez tengas razón -respondió Nic al fin.
Estaban parados en un semáforo y al lado un motociclista no dejaba de darle al gas. No era un máquina muy potente, pero sí muy ligera. Su conductor, un chico de unos diecisiete años, les miraba a través del casco. Nic tenía pisados a fondo embrague y acelerador, pero nada más abrirse el semáforo la moto les dejó atrás como si fueran una tortuga.
– ¿Has visto? -dijo Nic sin levantar la voz-. Igual que si Cat me dijera adiós con la mano.
Pararon en el centro a tomarse un respiro y comer una hamburguesa con patatas fritas en la calle, apoyados en el coche. Jerry llevaba una cazadora barata de nilón y tiritaba a pesar de tener la cremallera cerrada. Nic, por el contrario, seguía con la suya abierta sin preocuparse del frío. En el restaurante había un grupo de jovencitas en una mesa junto a la ventana y Nic les dirigió una sonrisa para atraer su atención, pero ellas siguieron tomándose los batidos sin hacerle caso.
– Lo divertido del asunto, Jer, es que se creen que ellas dominan -dijo Nic-. Pero, aunque estemos aquí fuera pasando frío, los fuertes somos nosotros. Ellas se encierran en su mundo, olvidándolo, pero nos bastarían diez segundos para situarlas en el nuestro. ¿A que sí? -añadió volviéndose hacia su amigo.
– Si tú lo dices.
– No, tienes que decirlo tú. Así se hace verdad -contestó Nic tirando al suelo la cajita de la hamburguesa.
Jerry no había acabado la suya pero Nic subía ya al coche y él sabía que no permitía ningún olor en el Sierra. Había una papelera al lado y tiró en ella la comida. Lo que un minuto antes era comida, ahora era basura. Fue todo uno, subir él y arrancar el Cossworth.
– Esta noche no vamos a por una, ¿verdad? -preguntó Nic, que parecía más calmado tras la hamburguesa.
– No, no creo.
Jerry fue relajándose a medida que avanzaban por Primees Street, muy distinta desde que era de una sola dirección. Fueron a Lothian Road, luego al Grassmarket y a Victoria Street. En lo alto se veían grandes edificios que Jerry no sabía qué eran. En el puente de Jorge IV reconoció el antiguo juzgado, ahora Tribunal Supremo, y, enfrente, el bar Deacon Brodie's. Giraron en un semáforo a la derecha y al entrar en High Street los neumáticos empezaron a rebotar en las bandas de reducción de velocidad. Hacía frío y no se veía mucha gente, pero Nic apretó el botón para bajar el cristal de la ventanilla y fue cuando Jerry la vio: llevaba un abrigo tres cuartos, medias negras y era morena, de pelo corto, alta y esbelta. Nic puso el coche a su altura a poca velocidad.
– Esta noche hace mucho frío -dijo, pero ella siguió andando sin hacer caso-. A lo mejor, con un poco de suerte, encuentras taxi en el Holiday Inn. Está ahí, más adelante.
– Sé dónde está -espetó ella.
– ¿Eres inglesa? ¿Estás de vacaciones?
– Vivo aquí.
– Sólo intento ser amable. Siempre nos acusan de que somos maleducados con los ingleses.
– ¡Vete a la mierda!
Nic avanzó unos metros con el coche y paró luego para volverse a verle bien la cara. Bien arropados el cuello y la barbilla en la bufanda, pasó junto a ellos como si no existieran. Nic cruzó la mirada con Jerry y asintió despacio con la cabeza.
– Es lesbiana, Jerry -dijo en voz alta, subiendo el cristal y arrancando.
Siobhan Clarke no sabía por qué seguía andando, pero al entrar en la estación de Waverley por la puerta de atrás para atajar, sí supo por qué temblaba. «Lesbiana.»
Que les den por saco. A todos. Había rehusado la propuesta de Derek Linford de acompañarla a casa alegando que le apetecía caminar sin estar muy convencida y se habían despedido amigablemente, sin darse la mano ni un beso porque en Edimburgo eso no se hacía en la primera cita. Sólo le había dedicado una sonrisa prometiéndole repetir la salida, pero estaba segura de que rompería aquella promesa. Había notado una sensación rara bajando en el ascensor del restaurante que cruza el museo. Los obreros aún estaban trabajando. Había cables y escaleras de mano y se oía el ruido de una taladradora.
– Yo creía que ya estaba inaugurado -dijo Linford.
– Y lo está -comentó ella- pero sin terminar.
Cruzó por el puente de Jorge IV y siguió por High Street, y fue cuando aquellos tipos del coche… Ojalá no hubiese ido por aquella calle. Comenzó a subir una larga escalinata poco iluminada desde donde se oía la música de los bares todavía abiertos. Ya estaba cerca de la estación; la cruzaría para salir a Princes Street y luego tomaría por Broughton Street y después seguiría hasta Broughton Street, el llamado barrio gay de Edimburgo.