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– … lo que significa -continuó Watson sin hacerle caso- que voy a vigilarle más de lo habitual. John actúa a veces como un elefante en una cacharrería -añadió volviéndose hacia Linford-. Espero que usted le controle.

Linford sonrió.

– Siempre que el elefante se deje -dijo mirando a Rebus, que no decía nada.

– Los periodistas se relamen ya porque pueden relacionar el asunto del Parlamento con las elecciones y, a falta de otra cosa, tienen noticias -dijo Watson-. Dos noticias, en realidad -añadió alzando el pulgar y el índice-. Aunque no haya relación, ¿cierto?

– ¿Entre Grieve y el esqueleto? -dijo Linford pensativo mirando a Rebus, que fijaba su atención en la raya de su pernera izquierda-. No creo, señor. A menos que a Grieve le asesinara un fantasma.

Watson esgrimió un dedo hacia Linford.

– Detrás de cosas así andan los periodistas. Las bromas aquí pueden pasar, pero fuera no. ¿Entendido?

– Sí, señor -respondió Linford convenientemente avergonzado.

– Bien, ¿qué es lo que tenemos?

– Hemos llevado a cabo los interrogatorios preliminares con la familia -contestó Rebus- y proseguirán. Ahora la gestión más inmediata es hablar con el representante político del difunto y después, quizá, con el Partido Laborista.

– ¿No se le conocen enemigos?

– La viuda cree que no, señor -se apresuró a decir Linford, inclinándose en la silla por quitar protagonismo a Rebus-. Pero hay cosas que a veces las viudas ignoran.

Watson asintió con la cabeza. Rebus le veía más congestionado que rubicundo. Estaba a punto de jubilarse y ahora se le venía encima aquel caso.

– Hay que verificar amistades, relaciones profesionales…

Linford asentía a medida que Watson hablaba.

– Nos pondremos en contacto con todos.

– ¿Qué resultados arrojó la autopsia?

– La muerte fue causada por un golpe en la base del cráneo que provocó una hemorragia instantánea; parece que murió en el acto, aunque a continuación le asestaron dos golpes más que causaron fracturas.

– ¿Esos dos golpes fueron posmortem?

Linford miró a Rebus para que lo confirmara.

– En opinión del patólogo -dijo Rebus-. Le golpearon en la parte superior del cráneo y Grieve era bastante alto…

– Un metro ochenta y cinco -lo interrumpió Linford.

– … por lo que para asestarle unos golpes ahí, o el agresor era mucho más alto o estaba subido encima de algo.

– O Grieve había caído ya al suelo cuando los recibió -dijo Watson enjugándose la frente con un pañuelo-. Sí, creo que es lógico. ¿Cómo demonios entró allí?

– O saltó la valla -aventuró Linford- o alguien le dejó las llaves. Por la noche cierran las obras con candado porque hay material de valor.

– Hay un vigilante de seguridad -continuó Rebus- que afirma que estuvo toda la noche en la obra y efectuó la ronda habitual sin advertir nada extraño.

– ¿A usted qué le parece?

– En mi opinión no debió de salir de la oficina; allí está caliente y tiene una radio y una tetera. Eso, o bien se marchó a casa.

– ¿Puntualizó si miró en el cenador al hacer la ronda? -preguntó Watson.

– Dice que cree que sí -respondió Linford citando las palabras del hombre-: «Siempre enfoco la linterna al interior por si acaso. No hay ningún motivo para que esa noche no hiciera lo mismo».

Watson se inclinó y apoyó los codos en la mesa.

– ¿A usted qué le parece? -preguntó mirando únicamente a Linford.

– Yo creo que debemos centrarnos en el móvil, señor. ¿Sería un encuentro casual? ¿Iría el futuro parlamentario a echar un vistazo a su futuro lugar de trabajo, tropezándose con alguien que le golpeó hasta la muerte? -dijo Linford asintiendo repetidamente con la cabeza y evitando mirar a Rebus, furioso porque era lo que él había comentado una hora antes casi con las mismas palabras.

– No sé -comentó Watson-. Supongamos que dentro había algún ladrón que al verse sorprendido por Grieve le golpeó.

– ¿Y una vez en el suelo -interrumpió Rebus- le dio otros dos golpes?

Watson lanzó un gruñido en señal de asentimiento.

– ¿Y el arma del crimen?

– Aún no ha aparecido -dijo Linford-. En la zona hay muchas obras y puede estar escondida en muchos sitios. Tenemos agentes buscándola.

– La empresa constructora está haciendo un inventario por si falta algo -añadió Rebus-. Si su teoría del ladrón es correcta, quizá ese recuento permita averiguar algo.

– Otra cosa, señor. Hay señales de rozaduras recientes en los zapatos y restos de polvo en la parte interna de las perneras del pantalón del difunto.

– ¡Benditos forenses! -comentó Watson sonriendo-. ¿Qué puede significar eso?

– Que probablemente saltó la valla.

– Bien, en cualquier caso, no desestimen nada y escudriñen todos los indicios. Interroguen a todos los que tengan llave. A todos, ¿entendido?

– Muy bien, señor -dijo Linford.

Rebus se limitó a hacer una inclinación de cabeza aunque a él no le miró.

– ¿Y nuestro amigo Mojama? -preguntó Watson.

– Ese caso lo indagan otros dos miembros del CCSPP, señor -dijo Rebus.

Watson lanzó otro gruñido y miró a Linford.

– ¿Le pasa algo a su café, Derek? -preguntó.

– Nada, señor, es que no me gusta muy caliente -dijo Linford mirando la superficie del líquido.

– Bueno, pruebe ahora.

Linford se llevó el vaso a los labios y dio dos sorbos.

– Muy bueno, señor. Gracias.

Rebus ya no tuvo dudas: Linford llegaría muy lejos en el Cuerpo.

Cuando acabó la reunión, Rebus le dijo a su compañero que lo alcanzaría más tarde y volvió a llamar a la puerta del despacho de Watson.

– ¿No habíamos terminado? -El Granjero revisaba unos papeles.

– Me marginan y eso no me gusta -dijo Rebus.

– Pues haga algo.

– ¿Como, por ejemplo?

El Granjero alzó la vista.

– Quien lleva el caso es Derek. Tiene que aceptarlo -dijo tras una pausa-. Si no, pida un traslado.

– No quisiera perderme su jubilación, señor.

Watson dejó el bolígrafo.

– Mire, éste será seguramente mi último caso y considero que Linford está perfectamente capacitado.

– ¿Es que no confía en mí, señor?

– Usted siempre hace las cosas a su manera, John. Ése es el problema.

– Todo lo que conoce Linford es su escritorio de Fettes y los culos que debe lamer.

– No es lo que piensa el ayudante del comisario -replicó Watson recostándose en el asiento-. ¿No será que tiene algo de envidia, John, porque es un inspector joven que está ascendiendo rápido…?

– Sí, claro, yo siempre ando a la caza del ascenso -dijo Rebus yendo hacia la puerta.

– John, esta vez trabaje en equipo. Si no, se verá marginado.

Rebus cerró la puerta sin escuchar el final de la frase. Linford le estaba esperando al fondo del pasillo con el móvil pegado a la oreja.

– Sí, señor, ahora mismo vamos -mientras escuchaba alzó una mano para indicarle a Rebus que en un minuto estaba con él, pero Rebus, sin hacerle caso, siguió a paso rápido hasta la escalera y mientras bajaba oyó la voz de Linford:

– Creo que se comportará, señor, pero en caso contrario…

Rebus le pidió al vigilante que se fuera, pero el hombre no se movió y les miró nervioso.

– Le digo que puede irse.

– ¿Adónde? -replicó el vigilante con voz temblorosa-. Mi oficina es ésta.

Era cierto. Estaban los tres sentados en la caseta de entrada al solar del Parlamento. Había un grueso libro de registro en la mesa, que Linford estudiaba minuciosamente. Contenía los nombres de todas las visitas a la obra desde que los trabajos habían comenzado. Linford tenía a mano su bloc de notas, pero no había apuntado ni un solo nombre.