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– Pensaba que querría irse a casa -dijo Rebus al vigilante-. ¿No tiene sueño?

– Ah, claro que sí -balbució el hombre.

Probablemente creía que podía perder el empleo. Era mala imagen para la empresa de seguridad que apareciese un muerto en las obras. Era un trabajo mal pagado que solía aceptar gente sin familia y desesperados. Al decirle Rebus que comprobarían sus antecedentes dado que en las empresas de seguridad había muchos ex presidiarios, el hombre reconoció que había pasado una temporada en la cárcel, calificada por él como «hotel de la cadena Windsor», pero juró que no había entregado ninguna llave y que no era cómplice de nadie.

– Ande, váyase -repitió Rebus. El hombre se marchó y él lanzó un profundo suspiro y estiró las vértebras-. ¿Encuentras algo?

– Ciertos nombres sospechosos -contestó Linford dando la vuelta al registro para que Rebus viera la página en que aparecían los de ellos dos al lado de los de Ellen Wylie, Grant Hood, Bobby Hogan y Joe Dickie, el grupo visitante de Queensberry House-. O, si prefieres, el ministro escocés y el presidente de Cataluña.

Rebus se sonó. Había una estufa eléctrica de una sola resistencia pero el calor se escapaba por las ranuras de la puerta y de la ventana.

– ¿Qué piensas del vigilante?

Linford cerró el libro de registro.

– Yo creo que si mi sobrino de dos años le pidiera las llaves se las daba para evitar que le pegase patadas en la espinilla.

Rebus se acercó a la ventana. Tenía los cristales muy sucios. Fuera, los obreros continuaban demoliendo y construyendo. Lo mismo que en una investigación; a veces echas abajo una coartada o una hipótesis y otras, vas construyendo la trama del caso a base de detalles que son como ladrillos con los que levantas un edificio desagradable muchas veces.

– ¿Pero qué crees que sucedió? -preguntó Rebus.

– No lo sé. Esperemos a ver qué antecedentes tiene.

– Yo opino que perdemos el tiempo. Creo que él no sabe nada.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque me da la impresión de que él no estaba en la obra. ¿No recuerdas la vaguedad con que nos habló del tiempo que hacía por la noche? Ni siquiera recordaba qué camino siguió en su ronda.

– No es precisamente una lumbrera, John. De todos modos, hay que comprobar sus antecedentes.

– ¿Porque así lo estipula el procedimiento?

Linford asintió con la cabeza. Se oía un ruido monótono fuera.

– ¿Es que eso no va a parar? -exclamó Rebus.

– ¿El qué?

– Esa murga de la hormigonera o lo que sea.

– No lo sé.

Llamaron a la puerta y entró el capataz de las obras con el casco amarillo sujeto por el borde. Llevaba un chubasquero también amarillo, pantalones de pana marrón y botas de trabajo llenas de barro.

– Queremos hacerle unas cuantas preguntas -dijo Linford indicándole que se sentara.

– He hecho el inventario de herramientas -dijo el hombre desdoblando una hoja-. Ahora bien, en todas las obras hay cosas que cambian de sitio.

Rebus miró a Linford.

– Encárgate tú. Yo necesito un poco de aire fresco.

Salió de la caseta y respiró profundamente, luego echó mano al bolsillo para sacar el tabaco. Allí dentro no aguantaba más. Dios, un trago no le vendría nada mal. Había un remolque-bar delante de las obras en el que despachaban hamburguesas y té a los trabajadores.

– Un whisky doble -dijo a la mujer que atendía el bar.

– ¿Lo toma con agua?

– No. Gracias, sólo quiero un té -contestó sonriéndole -. Con leche y sin azúcar.

– Muy bien, cielo -dijo ella restregándose las manos entre una faena y otra.

– Debe pasarse frío trabajando aquí fuera.

– Mortal -respondió la mujer-. A mí sí que me vendría bien un trago de vez en cuando.

– ¿A qué hora termina?

– Andy abre a las ocho, hace los desayunos y todo lo demás, y yo le sustituyo a las dos para que él vaya a comprar.

– Ahora son las once -dijo Rebus consultando el reloj.

– ¿Seguro que no quiere algo más? Hay dos hamburguesas recién hechas.

– De acuerdo, pero sólo una -dijo él dándose unos golpecitos en la panza.

– Hay que alimentarse, ¿sabe? -dijo ella con un guiño.

Rebus cogió el té y la hamburguesa. En una repisa había botellas de salsa y se echó en el panecillo un chorro de algo marrón.

– Es que Andy está algo pachucho y me ha tocado estar al pie del cañón -dijo la mujer.

– Nada grave, espero -comentó Rebus dando un mordisco a la carne ardiendo con cebolla derretida.

– Sólo una gripe y puede que ni siquiera eso. Los hombres son todos unos hipocondríacos.

– Con este tiempo, es comprensible.

– No, si yo no me quejo.

– Las mujeres son más fuertes.

Ella se echó a reír y puso los ojos en blanco.

– ¿A qué hora termina?

– ¿Es que quiere ligar conmigo? -dijo riendo de nuevo.

– A lo mejor vuelvo a tomarme la otra -Rebus se encogió de hombros y cogió la hamburguesa.

– Está abierto hasta las cinco, pero se acaban a la hora del almuerzo.

– Correré ese riesgo -replicó Rebus con un guiño dirigiéndose de nuevo a la puerta.

Iba tomándose el té por el camino. Al ver que los obreros bajaban con la polea una carga de pizarras recordó que no llevaba casco. En la caseta de entrada había unos cuantos pero no quería volver allí. Entró en Queensberry House. No había luz en la escalera del sótano pero oyó voces al final del vestíbulo. Se veían sombras en la antigua cocina. Al entrar Ellen Wylie se volvió hacia la puerta y le saludó con la cabeza. Tomaba declaración a una mujer mayor que estaba sentada en una silla de lona de director de cine y que sonaba cada vez que la mujer se movía, cosa que hacía con frecuencia y con vivacidad. Grant Hood estaba junto a la pared tomando notas fuera del ángulo visual de la mujer para no distraerla.

– Que yo recuerde, siempre estuvo recubierto de listones de madera -dijo la mujer con un tono agudo autoritario.

– ¿Como éstos? -preguntó Wyllie señalando unos listones machihembrados que quedaban junto a la puerta.

– Sí, eso es -contestó la mujer dirigiendo una sonrisa a Rebus.

– Le presento al inspector Rebus -dijo Wylie.

– Buenos días, inspector. Me llamo Marcia Templewhite.

Rebus se acercó a la mujer y le dio la mano.

– La señorita Templewhite fue del comité de Sanidad en los setenta -dijo Wylie.

– Y durante muchos años antes -añadió la mujer.

– Ella recuerda que se hicieron obras -continuó Wylie.

– Muchísimas obras -corrigió la mujer-. Excavaron todo el sótano para instalar una nueva calefacción, cambiar el suelo, meter tuberías… No saben lo que fue aquello. Hubo que subirlo todo arriba y no había sitio donde ponerlo. Estuvimos así muchas semanas.

– ¿Y quitaron los listones de madera? -dijo Rebus.

– Pues como le estaba diciendo a…

– La agente Wylie -dijo Ellen.

– Le decía a la agente Wylie que si hubieran destapado las chimeneas nos habríamos enterado.

– ¿No sabía usted que existían?

– Me acabo de enterar por la agente Wylie.

– Pero la fecha de las obras -terció Grant Hood- coincide bastante con la del esqueleto.

– ¿No pensarán que un obrero se tapió él solo…? -preguntó la señorita Templewhite.

– Yo creo que lo habrían advertido -dijo Rebus. De todos modos, sabía que habrían de plantear la pregunta a la empresa constructora-. ¿Cuál era la empresa contratista?