La mujer alzó los brazos.
– Había contratistas y subcontratistas… La verdad es que perdí la cuenta. Wylie miró a Rebus.
– La señorita Templewhite cree que debe de existir constancia de las empresas.
– Ah, sí, seguro -dijo la mujer mirando a su alrededor-. Y ahora asesinan a Roddy Grieve. Este lugar siempre estuvo maldito. Era maldito y lo seguirá siendo -añadió asintiendo con la cabeza y mirándoles con expresión solemne como quien sabe lo que se dice.
En el bar-furgoneta Rebus les invitó a té.
– ¿Por aligerar su conciencia? -preguntó Wylie cuando cogía el vaso.
En aquel momento llegó un coche patrulla a recoger a la señorita Templewhite y Grant Hood le abrió la puerta para que se acomodara y le dijo adiós con la mano.
– ¿De qué debería sentirme culpable? -dijo Rebus.
– Pues quién, si no, nos ha asignado este trabajo…
– ¿Quién te ha dicho semejante cosa?
– Es lo que se rumorea -respondió ella encogiéndose de hombros.
– Pues deberías darme las gracias -replicó Rebus-. Un caso importante como éste puede ser crucial en tu carrera.
– Pero no es tan importante como el Roddy Grieve -contestó ella mirándole.
– Vamos, suéltalo -dijo él, pero ella negó con la cabeza. Rebus tendió el otro vaso de té a Grant Hood-. Era una viejecita simpática.
– A Grant le gustan las mujeres maduras -añadió Wylie.
– Olvídame, Ellen.
– Él y sus amigos van al Marina a ligar abuelas.
– ¿Es cierto, Grant? -preguntó Rebus al verle ruborizarse.
Hood se contentó con mirar a Wylie para a continuación concentrarse en el té.
Rebus tenía la impresión de que aquellos dos se llevaban bien y se tenían confianza como para hablar de su vida privada y gastarse bromas.
– Bueno, volvamos al trabajo -dijo saliendo del barecito al ver que los obreros comenzaban a formar cola para el almuerzo devorando con los ojos a Ellen Wylie. Aunque los dos jóvenes agentes llevaban el casco, se notaba que eran visitantes-. ¿Qué datos tenemos?
– Hemos enviado Mojama a un laboratorio especializado del sur -dijo Wylie- en el que aseguran que pueden darnos una fecha más exacta de la muerte. Pero de momento suponemos que debió de producirse entre el setenta y nueve y el ochenta y uno.
– Y sabemos que las obras comenzaron en 1979 -agregó Hood-. Yo creo que aproximadamente es la fecha en que lo mataron.
– ¿En qué os basáis? -preguntó Rebus.
– En el hecho de que si se quiere esconder un cadáver ahí son necesarios los medios y la ocasión para ello. El paso al sótano estuvo prohibido durante mucho tiempo. ¿Quién iba a ocultar un cadáver allí a no ser que conociera la existencia de la chimenea? Sabían que iban a tapiarla otra vez y pensarían que allí el muerto podría quedar enterrado por los siglos de los siglos.
– Hay una relación clara con las obras de reforma -Wylie asintió con la cabeza.
– Entonces, necesitamos saber las empresas que las hicieron y los trabajadores que tenían en aquellas fechas -los dos jóvenes intercambiaron una mirada-. Sí, sé que es una tarea ímproba, pues habrá empresas que ya no existan y a lo mejor ni hay documentos de la época como asegura la señorita Templewhite, pero no queda más remedio que investigarlo.
– Las listas de personal serán una pesadilla -dijo Wylie-. Muchas constructoras contratan gente para una obra y después la despiden, aparte de que las empresas cambian de sede y a veces cierran.
Rebus asintió.
– Tendréis que poner buena voluntad y dedicar mucho tiempo.
– ¿Qué quiere decir, señor? -preguntó Hood.
– Quiero decir que tendréis que ser amables y educados. Por eso os he elegido. Un Bobby Hogan o un Joe Dickie lo harían sin delicadeza. Pero interrogando sin miramiento, las personas no recuerdan las cosas. Hay que hacerlo despacio y bien, como dice la canción -añadió mirando a Wylie.
A sus espaldas vio que el capataz cruzaba la puerta de las obras poniéndose el casco, le seguía Linford con el casco en la mano y mirando a todas partes, buscando a Rebus. Al verle, se acercó.
– ¿Falta alguna herramienta? -preguntó Rebus.
– Alguna cosilla -contestó Linford-. ¿Hay alguna novedad de los grupos que buscan el arma? -añadió señalando con la cabeza hacia una zona que rastreaban policías de uniforme.
– No lo sé -contestó Rebus-. No he hablado con ellos.
Linford le miró de hito en hito.
– Pero de tomarte un té sí has tenido tiempo -dijo.
– He querido invitar a mis subalternos.
– Crees que esto es una pérdida de tiempo, ¿verdad? -dijo Linford sin dejar de mirarle.
– Sí.
– ¿Puedes decirme por qué? -replicó Linford cruzando los brazos.
– Porque es hacer las cosas al revés -contestó Rebus-. ¿Qué más da cómo entró ni con qué lo mataron? Tú eres como esos jefes de oficina que se inquietan por cuatro clips mientras se amontona el trabajo en las mesas del personal.
Linford miró su reloj.
– Es un poco temprano para que te pongas así -comentó como en broma para que los demás lo oyeran.
– Puedes interrogar al capataz cuanto quieras -prosiguió Rebus- pero aunque descubras que falta un martillo, ¿qué más vas a averiguar? Hay que afrontar los hechos: el que mató a Roddy Grieve sabía lo que se hacía. Si lo que sucedió fue que sorprendió a alguien robando pizarras, no digo que no le atizaran, pero lo más verosímil es que a continuación salieran por piernas; no iban a entretenerse, ni mucho menos, golpeándole en el suelo. El conocía al asesino y no entró aquí por casualidad. La clave está en lo que representaba o en una doble vida. En eso hemos de centrarnos -hizo una pausa al ver que los obreros de la cola les miraban.
– Fin de la lección -dijo Ellen Wylie ocultando una sonrisa con el vaso.
10
La secretaria electoral de Roddy Grieve se llamaba Josephine Banks. Sentada en un cuarto de interrogatorios de Saint Leonard explicó que conocía a Grieve desde hacía cinco años.
– Éramos bastante activos en el nuevo Partido Laborista, desde el principio; yo intervine también en la campaña de John Smith -dijo con una mirada de añoranza-. Aún se le echa de menos.
Rebus, sentado frente a ella, jugueteaba con el bolígrafo.
– ¿Cuándo vio por última vez al señor Grieve?
– El día en que lo asesinaron. Aquella misma tarde. Faltaban cinco meses para las elecciones y teníamos mucho trabajo.
Josephine Banks no mediría más de un metro sesenta y la mayor parte del peso lo concentraba en el estómago y las caderas. En su cara redonda y pequeña se insinuaba una incipiente papada. Se estiró el espeso pelo negro para atárselo por detrás. Usaba gafas de media luna de montura con manchas de dálmata.
– ¿Nunca pensó en ser candidata?
– ¿Cómo? ¿Al Parlamento escocés? -sonrió ante la sugerencia-. Tal vez en otra ocasión.
– ¿Tiene ambiciones en ese sentido?
– Por supuesto.
– ¿Y por qué ayudó a Roddy Grieve en vez de a otro candidato?
Sus ojos verdes pintados con sombra y rímel parecían brillar cada vez que los movía.
– Porque me gustaba -dijo- y confiaba en él. Era una persona con ideales, a diferencia de su hermano, por ejemplo.
– ¿Cammo?
– Sí.
– ¿No se lleva usted bien con él?
– No hay razón para que lo haga.
– ¿Y Cammo con Roddy?
– Bueno, discutían de política a la mínima ocasión, pero se veían poco; sólo coincidían en reuniones familiares y en ellas Alicia y Lorna se lo impedían.