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– ¿Y la esposa del señor Grieve?

– ¿Cuál?

– Roddy.

– Sí, ¿pero cuál de las dos?

Rebus quedó perplejo un instante.

– La primera no le duró mucho -contestó Josephine Banks cruzando las piernas-. Fue un amorío adolescente.

Rebus dio la vuelta al bolígrafo y abrió el bloc de notas.

– ¿Cómo se llamaba?

– Billie -dijo ella deletreándolo-. Su apellido de soltera es Collins, aunque no sé si ha vuelto a casarse.

– ¿Sigue viviendo en Edimburgo?

– Lo último que yo supe es que daba clases en algún lugar de Fife.

– ¿La conoce personalmente?

– Oh, no; ella ya no vivía aquí desde hacía tiempo cuando yo conocí a Roddy -respondió mirándole-. ¿Sabe que tienen un hijo?

Nadie de la familia lo había mencionado y Rebus negó con la cabeza para decepción de Banks.

– Se llama Peter y utiliza el apellido de Grief. ¿Le suena?

– ¿Por qué lo dice? -preguntó Rebus, que seguía tomando nota de todo.

Ella se encogió de hombros.

– Porque forma parte del grupo musical Robinson Crusoe.

– No me suena.

– Quizá a sus colegas más jóvenes, sí.

– ¡Ay! -exclamó Rebus con gesto de dolor haciendo que ella sonriera.

– Pero para ellos Peter es inaceptable.

– ¿Por lo que hace?

– Oh, no, no es por eso. Yo creo que a su abuela le encanta tener una estrella pop en la familia.

– ¿Por qué, entonces?

– Porque eligió vivir en Glasgow -hizo una pausa-. Pero usted sí que ha hablado con la familia, ¿no? -Rebus asintió con la cabeza-. Es que pensaba que Hugh se lo habría dicho.

– Bueno, en realidad con el señor Cordover aún no he hablado. Es el productor del grupo, ¿verdad?

– Es su representante. Dios mío, ¿es que tengo que decirle yo todo? A Hugh le encantan esos grupos jóvenes de ahora, ¿sabe? Vain Shadows, Change and Decay… -añadió sonriendo al ver que Rebus no los conocía.

– Me informaré con alguno de mis colegas jóvenes -dijo él y ella se echó a reír.

Fue a la cantina a por dos cafés. La hamburguesa se le había indigestado y pasó por su mesa para tomarse dos Rennies. En otra época era capaz de comer lo que fuese a cualquier hora del día, pero ahora parecía que su estómago se hubiese tomado la jubilación anticipada. Cogió el teléfono y llamó a Lorna Grieve, cavilando en que hasta entonces Josephine Banks no había mencionado a Seona Grieve; se las había arreglado para omitirla totalmente en la conversación sacando a colación a la primera esposa de Grieve, Billie Collins. En casa de los Cordover no contestaban. Volvió al cuarto de interrogatorios con los cafés.

– Tenga, señorita Banks.

– Gracias -la encontró en la misma postura como si no se hubiera movido mientras él estaba fuera-. Me he estado preguntando -dijo ella- cuándo va a interrogarme. Quiero decir que todo lo que hemos hablado son simples circunloquios en torno a lo otro, ¿no?

– No la sigo -dijo Rebus sacando el bloc y el bolígrafo del bolsillo y dejándolos en la mesa.

– Lo de Roddy y yo -dijo ella inclinándose-. Nuestra relación. ¿Entramos ya en eso? -Rebus dijo que sí y cogió el bolígrafo.

– Es lo que pasa en la política -dijo ella haciendo una pausa-. Bueno, realmente en cualquier profesión en que trabajan dos personas juntas -añadió dando un sorbo al café-. Un político no es nada sin chismorreos. Yo creo que es

por falta de carácter, pues hablar mal de los demás resulta facilísimo.

– Entonces, ¿esa relación era inexistente?

Ella le miró sonriente.

– ¿Es esa la impresión que le he dado? Habría debido decir la supuesta relación -añadió inclinando levemente la cabeza como disculpándose-. ¿No estaba usted al corriente?

Rebus negó con un gesto.

– Yo pensaba que con tanto interrogatorio le habrían… -dijo irguiéndose en el asiento-. Bueno, tal vez yo los juzgaba mal.

– La verdad es que es usted la primera persona a quien interrogamos.

– Pero habrá hablado con el clan.

– ¿Se refiere a la familia Grieve?

– Sí.

– ¿Ellos sí lo saben?

– Lo sabe Seona y supongo que no se lo habrá callado.

– ¿El señor Grieve se lo contó a ella?

Ella volvió a sonreír.

– ¿Por qué iba a contárselo? Era un simple infundio. Si alguien dice algo malo de usted, ¿se lo contaría a su esposa?

– Bien, ¿cómo lo supo la señora Grieve?

– Por el medio habituaclass="underline" el viejo amigo Anónimo.

– ¿Por carta?

– Sí.

– ¿Una sola carta?

– Pregúntele a ella -respondió Banks dejando el vaso en la mesa-. Está deseando fumar un cigarrillo, ¿verdad? -Rebus se la quedó mirando y ella señaló con la cabeza el bolígrafo que él tenía a la altura de la boca-. No para de hacer ese gesto y ojalá no lo hiciera -añadió.

– ¿Por qué motivo?

– Porque yo también estoy rabiando por fumar.

En Saint Leonard sólo se podía fumar en el aparcamiento trasero y como allí no se permitía el paso al público, se situaron en la acera de enfrente a satisfacer su vicio moviendo los pies para calentarse.

Cuando Rebus casi había terminado el cigarrillo, quizá para alargarlo y apurar la colilla le preguntó si sabía quién era el autor de la carta.

– Ni la menor idea.

– Tuvo que ser alguien que les conocía a los dos.

– Sí, claro. Yo me imagino que sería alguien del partido en Edimburgo. O quizá algún resentido de los relegados en el nombramiento. En ocasiones el proceso de selección de candidatos ha sido muy reñido.

– ¿Ah, sí?

– Es por la pugna entre el laborismo histórico y el nuevo que da lugar a que se revivan viejos agravios.

– ¿Quién era el adversario del señor Grieve?

– Eran tres. Gwen Mollison, Archie Ure y Sara Bone.

– ¿Fue una lucha limpia?

Josephine Banks exhaló una mezcla de humo y aliento frío.

– Dentro de lo que cabe, sí. Quiero decir que no hubo jugarretas.

Algo en el tono en que lo decía le impulsó a Rebus a preguntar:

– ¿Pero?

– Cuando se supo que el elegido era Roddy hubo cierto malestar. Sobre todo por parte de Ure. Lo habrá leído en la prensa.

– Únicamente si hubiese aparecido en la sección de deportes.

– ¿Usted va a votar? -preguntó ella mirándole.

Rebus se encogió de hombros y miró lo poco que quedaba del pitillo.

– ¿Por qué se molestó tanto Archie Ure?

– Archie está hace siglos en el partido laborista y es partidario de la autonomía. Y resulta que aparece Roddy y le arrebata en sus propias narices lo que él consideraba un derecho hereditario. Dígame, ¿votó usted en el setenta y nueve?

El 1 de marzo de 1979: fecha del fallido referéndum por la autonomía.

– Ya no me acuerdo -mintió.

– No votó, ¿verdad? -preguntó ella y vio que se encogía de hombros-. ¿Y por qué?

– No fui el único.

– Se lo pregunto por curiosidad, porque hizo muy mal día y a lo mejor se valió de la excusa de que nevaba.

– ¿Me está tomando el pelo, señorita Banks?

– No me atrevería, inspector -respondió ella tirando la colilla.

1979

Recordaba a Rhona, su mujer por aquel entonces, con el rollo de pegatinas «vota sí» que él se encontraba en la chaqueta, en el parabrisas del coche y hasta en la petaca que a veces se llevaba a la comisaría. Fue un invierno crudo; nublado y frío y con muchas huelgas. El invierno de la protesta como decían los periódicos, y no era para menos. Su hija, Sammy, tenía cuatro años. Cuando Rhona y él discutían lo hacían en voz baja para no despertar a la pequeña. Su trabajo era un problema y le parecían insuficientes las veinticuatro horas del día. Hacía poco que Rhona había iniciado su militancia política colaborando en la campaña a favor del Partido Nacionalista Escocés. Para ella la autonomía era un paso hacia la independencia, pero para Jim Callaghan y su gobierno laborista era el modo de… Rebus nunca lo supo con certeza. ¿Frenar el nacionalismo? ¿O frenar a la propia Escocia? ¿Se proponían reforzar la Unión?