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La caja de ahorros estaba en George Street, una calle que cuando Siobhan Clarke llegó a Edimburgo era como un gueto inquietante de arquitectura imponente y tiendas decrépitas. La mitad de los locales de oficinas estaban vacíos y el letrero de se alquila colgaba de los edificios como un pendón. Pero había dado un cambio y ahora había tiendas elegantes y numerosos bares y restaurantes, casi todos ellos instalados en antiguas sedes de bancos.
Que la caja de ahorros de C. Mackie siguiera abierta parecía casi un milagro. Clarke se sentó en el despacho del director mientras éste buscaba la documentación. El señor Robertson era un hombre bajo y gordo de calva reluciente y sonrisa radiante. Las gafas de media luna le conferían un aspecto dickensiano y Clarke casi se lo imaginaba vestido de época. El hombre aceptó la sonrisa que le dirigió como un cumplido a su carácter o a su eficiencia y volvió a sentarse ante el moderno escritorio de su moderno despacho. La carpeta que había cogido no era muy gruesa.
– La C corresponde a Christopher -dijo.
– Misterio desvelado -añadió Clarke abriendo el bloc de notas al tiempo que el señor Robertson la obsequiaba con una espléndida sonrisa.
– Abrió la cuenta en marzo de 1980. Concretamente el quince, un sábado. Pero yo no era director entonces.
– ¿Quién lo era en aquella fecha?
– Mi antecesor, George Samuels. A mí aún no me habían ascendido ni estaba en la sucursal.
Clarke pasó hojas de la libreta de Christopher Mackie. El primer ingreso era de cuatrocientas treinta mil libras.
– Correcto -comentó Robertson comprobando la cantidad-. A continuación retiró pequeñas cantidades y tiene los abonos del interés anual.
– ¿Usted conoció al señor "Mackie?
– Pues no, pero me he tomado la libertad de preguntar al personal -contestó pasando el dedo por la columna de cifras-. ¿Dice que era un mendigo?
– A juzgar por sus ropas no parece que tuviera domicilio
– Bueno, desde luego, la vivienda está por las nubes, pero de todos modos…
– Con cuatrocientas mil libras podría haber encontrado algo, ¿verdad?
– Con esa cantidad habría podido encontrar lo que quisiera -hizo una pausa-. Pero veo aquí unas señas del Grassmarket.
– Después iré allí.
Robertson asintió con un gesto.
– Una empleada nuestra, la señora Briggs, le atendió en una ocasión en que retiró dinero.
– Me gustaría hablar con ella.
– Me lo imaginé -dijo el hombre asintiendo otra vez con la cabeza- y la he avisado.
– ¿No hay ningún cambio de dirección en la cuenta? -dijo Clarke mirando el bloc.
– Veo que no -respondió Robertson hojeando los papeles.
– ¿Y no le pareció a usted raro esa cantidad en una sola cuenta?
– Informamos por escrito al señor Mackie de vez en cuando sobre otras opciones, pero, claro, no se puede presionar.
– ¿Para que no se moleste el cliente?
Robertson asintió.
– En nuestra sucursal hay cuentas importantes, ¿sabe? La del señor Mackie no era la única.
– Pero él no tocaba el dinero.
– Lo que me hace pensar que…
– No hemos descubierto nada parecido a un testamento, si se refiere a eso.
– ¿No hay ningún pariente?
– Señor Robertson, yo ignoraba incluso el nombre de pila del difunto hasta que usted me lo ha dicho -dijo Clarke cerrando el bloc-. Quisiera hablar con la señora Briggs.
Valerie Briggs era una mujer de mediana edad que acababa de cambiar de peinado, como dedujo Clarke por su modo de llevarse constantemente la mano al pelo como si no acabase de creerse su nueva imagen.
– Le atendí yo la primera vez que vino -le habían dado una taza de té y la mujer la contemplaba estupefacta, pues tomar el té en el despacho del jefe era para ella una experiencia tan nueva como el peinado-. Me comentó que quería abrir una cuenta y me preguntó a quién tenía que dirigirse. Yo le entregué un formulario y él volvió con él cumplimentado y me preguntó si era posible hacer el ingreso en metálico, pero yo pensé que se había equivocado poniendo ceros de más.
– ¿Vino con esa suma?
La señora Briggs asintió con un gesto, abriendo unos ojos como platos al recordarlo. Abrió una cartera preciosa para enseñármelo.
– ¿Una cartera?
– Muy bonita y reluciente.
Siobhan tomó nota.
– ¿Y qué más? -preguntó.
– Bueno, yo fui a informar al director, porque una cantidad así… -añadió estremeciéndose al pensarlo.
– ¿El director era el señor Samuels?
– El director, sí, el encantador George.
– ¿Sigue en contacto con él?
– Oh, sí.
– Bien, ¿y qué sucedió?
– Pues que George…, el señor Samuels, quiero decir, hizo pasar al señor Mackie a su despacho -dijo señalando con la cabeza hacia el escritorio-, el viejo despacho. Antes estaba junto a la entrada. No sé por qué lo cambiaron. El señor Mackie entró, habló un rato con él y eso fue todo. Cuando salió teníamos un nuevo cliente. Luego, siempre que venía esperaba para que le atendiese yo -añadió asintiendo repetidamente con la cabeza-. Es una lástima que se dejara de esa manera.
– ¿Que se dejara…?
– Ya me entiende, que se abandonara de ese modo. Mire, el día que abrió la cuenta… Bueno, no es que vistiera elegantemente, pero estaba presentable. Trajeado incluso. Quizá llevase el pelo algo descuidado… -añadió llevándose otra vez la mano a la cabeza- pero se expresaba correctamente y era muy educado.
– ¿Y luego comenzó a ir de mal en peor?
– Casi enseguida. Se lo comenté al señor Samuels.
– ¿Y él qué dijo?
La mujer sonrió recordándolo y recitó de memoria: «Valerie, querida, seguramente hay más ricos excéntricos que gente normal». No digo que no tuviera razón, pero recuerdo que dijo también: «El dinero impone responsabilidades que muchas personas son incapaces de asumir».
– Tal vez tuviera razón.
– Sí, no digo que no, querida, pero yo le contesté que estaba dispuesta a asumir responsabilidades si él abría la caja.
Rieron las dos y Clarke le preguntó cómo podía localizar al señor Samuels.
– No tendrá usted problemas. Es jugador empedernido de bolos; lo tiene como una religión.
– ¿Con este tiempo tan malo?
– ¿Se deja de ir a la iglesia cuando nieva?
Tenía toda la razón y Clarke se la dio a cambio de la dirección.
Cruzó el césped de la entrada a la bolera y abrió la puerta del centro social. Como no había estado nunca en Blackhall, se perdió en la maraña de calles y tuvo que recorrer dos veces la transitada Queensferry Road. Aquello era Bungalow Land, una zona de la ciudad que parecía haberse detenido en los años treinta, un mundo totalmente distinto al de Broughton Street. Era como otra ciudad, con tiendecitas y poca gente por la calle. Aquel césped tenía un aspecto abandonado, la hierba era rala. El centro social era un edificio de una sola planta recubierto de tablón marrón con más de treinta años a juzgar por su aspecto. Al entrar sintió una vaharada de calor procedente del calentador del techo. Vio al fondo una barra en la que una mujer mayor canturreaba y limpiaba las botellas de licor.
– ¿La bolera? -preguntó Clarke.
– Por esa puerta, jovencita -contestó la mujer señalando con la cabeza sin dejar su faena.
Siobhan cruzó una puerta de dos hojas y se encontró en una pieza larga y estrecha con un tapete verde de cuatro metros de ancho que cubría prácticamente todo el suelo. En el perímetro había sillas de plástico vacías; únicamente había cuatro jugadores, que volvieron la mirada hacia la intrusa muy indignados, pero viendo que era del bello sexo suavizaron la expresión y se pusieron muy tiesos.