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– Seguro que ésta es de las que a ti te gustan -dijo uno de los hombres dando con el codo a su compañero.

– Olvídame.

– A Jimmy le gustan más gorditas -comentó el tercer jugador.

– Y con algo más de kilometraje -añadió el cuarto. Se echaron todos a reír con la confianza de viejos impunes.

– ¿Tú no darías un brazo a cambio de cuarenta años menos?

El que había hablado se levantó a recoger un bolo que había rodado hasta el final de la alfombra.

– Perdonen que les interrumpa el juego -dijo Clarke pensando en lo que iba a decir para presentarse-. Soy la agente de policía Clarke -añadió enseñando el carnet- y busco a George Samuels.

– Te dije que te atraparían, Dod.

– Era simple cuestión de tiempo.

– George Samuels soy yo.

El que dio un paso adelante era un hombre alto y delgado con un suéter de cuello en forma de V sin mangas y corbata color Borgoña. Notó la firmeza de su mano seca y caliente al estrechársela. Tenía cabello blanco abundante como de algodón.

– Señor Samuels, soy de la comisaría de Saint Leonard. ¿Podemos hablar?

– La esperaba -dijo mirándola con sus ojos azul claro-. Es por Christopher Mackie, ¿verdad? -añadió al tiempo que sonreía al ver la cara de sorpresa de ella, complacido por comprobar que aún contaban con él para algo.

Se sentaron en un rincón del bar. En el opuesto había una pareja de ancianos; él se había adormecido con la jarra de cerveza delante, en la mesa, y la mujer hacía punto.

George Samuels pidió un whisky con otro tanto de agua e hizo un gesto a Clarke dándole a entender que la invitaba a lo que quisiera, pero ella pidió un café. Apenas había dado un sorbo, le preocupó la idea de haberlo molestado. El tamaño del jarro debió llamarle la atención. También se arrepintió de no haber tenido en cuenta que la mujer de la barra había acabado con su contenido.

– ¿Cómo sabía usted que vendría? -preguntó a Samuels.

El hombre se pasó una mano por la frente.

– Siempre imaginé que en Mackie había algo raro… Nadie va así como así a una caja de ahorros a ingresar semejante cantidad. ¿No le parece? -dijo alzando la vista del vaso.

– No me importaría probar -replicó ella.

– Veo que ha hablado con Valerie -comentó él sonriendo-. Eso es lo que ella decía. Siempre bromeábamos los dos al respecto.

– Si pensó que había algo raro, ¿por qué aceptó el dinero?

– Si no lo aceptaba yo, otro lo habría hecho -respondió Samuels abriendo los brazos-. Hace veinte años de eso y entonces no estábamos obligados a informar de un caso así a la policía. Aquel depósito me valió el nombramiento de director de sucursal del mes.

– ¿Él le comentó algo sobre el dinero?

Samuels asintió con la cabeza. Había un algo de navideño en su pelo, y Clarke se imaginó jugando con él como si fuese nieve recién caída.

– Sí, claro, fue lo primero que yo le pregunté -contestó.

– ¿Y él qué dijo?

Clarke dio un mordisco a una de las galletas que le habían servido con el café; era blanducha y grasienta.

– Me preguntó si era imprescindible comentarlo y al decirle yo que era simple curiosidad, me contestó que era de un atraco a un banco -se notaba que le complacía la mirada que ella le dirigió-. Nos echamos a reír, claro, porque hablaba en broma, yo podía averiguarlo por la numeración de los billetes.

Clarke asintió con la cabeza. Tenía la boca llena de una pasta pegajosa; la única manera de deglutir aquello era bebiendo algo y su única alternativa era aquel café. Dio un sorbo, contuvo la respiración y tragó.

– ¿Y qué más le dijo?

– Explicó algo sobre una herencia, diciendo que había cobrado el cheque por la experiencia de ver junto tanto dinero.

– ¿No le dijo dónde había cobrado el cheque?

– Lo más probable es que no me lo hubiera creído -respondió Samuels encogiéndose de hombros.

– ¿Pensó usted que el dinero era…? -preguntó ella mirándole.

– Negro o algo así -respondió Samuels asintiendo con la cabeza-. Pero pensara lo que pensara, lo tenía delante y él estaba dispuesto a abrir la cuenta en mi sucursal.

– ¿No sintió escrúpulos?

– En aquella época, no.

– Pero sí que esperaba que alguien viniese algún día a hacerle preguntas sobre el señor Mackie.

– Ahora ya no es momento de pedir disculpas, señorita Clarke -dijo él encogiéndose de hombros-, aunque me imagino que ustedes ya sabrán la procedencia de esa suma.

– No tenemos la menor idea, señor -respondió Clarke negando con la cabeza.

– ¿Por qué ha venido, entonces? -preguntó Samuels recostándose en la silla.

– El señor Mackie se ha suicidado. Vivía como un vagabundo y se arrojó por el puente North. Estoy investigando el motivo.

Samuels no podía ayudarla en nada más. Él sólo había hablado con Mackie aquel primer día. Volviendo a Edimburgo camino del Grassmarket, Clarke consideró las posibilidades y en cuestión de segundos llegó a la conclusión de que únicamente contaba con un leve indicio. Para averiguar el cómo y el porqué tendría que descubrir quién era aquel Christopher Mackie. Ya había llamado al archivo para que buscaran en las fichas. El apellido no aparecía en los listines telefónicos y, tal como se imaginaba, en la dirección de Grassmarket se encontró con un albergue para los sin techo.

El barrio de Grassmarket era un mundo aparte. Siglos atrás se alzaba en él la horca, pero el único recordatorio de ello era un pub llamado The Last Drop. Hasta 1970 había sido un barrio conocido como refugio para desheredados y vagabundos, pero después empezó a llenarse de gente bien con más posibles, abrieron boutiques, renovaron los bares y poco a poco comenzó a recibir visitantes que afluían por Victoria Street y Candlemaker Row.

El albergue no hacía precisamente alarde de su existencia con aquellas dos ventanas mugrientas y la robusta puerta. Había junto a ella dos hombres en cuclillas, y uno de ellos le pidió fuego. Clarke negó con la cabeza.

– Entonces seguro que no tiene pitillos -comentó el hombre reanudando la charla con su compañero.

Clarke giró el pestillo pero la puerta estaba cerrada. Pulsó el timbre dos veces y aguardó. Se abrió la puerta de par en par y un joven escuálido no hizo más que mirarla para volver a entrar diciendo: «Sorpresa, sorpresa, la policía» y fue a sentarse en una silla y a enfrascarse otra vez en la televisión. En el cuarto había un par de sillones destartalados, un largo banco de madera y otros dos asientos parecidos a taburetes. El televisor y una mesita de centro completaban el mobiliario. En la mesita había un diminuto cenicero de aluminio pero casi todas las colillas iban a parar al suelo de linóleo. En un sillón dormitaba un hombre que tenía el rostro cubierto de trocitos de papel. Clarke iba a acercarse para ver qué era cuando el que le había abierto la puerta cortó una tira de periódico, la humedeció en la boca y la escupió sobre el dormido.

– Son dos puntos en la cara y uno en el pelo o la barba -explicó.

– ¿Cuál es tu puntuación máxima?

– Ochenta y cinco -respondió el muchacho dejando ver su dentadura mellada.

Se abrió una puerta al fondo.

– ¿Qué desea?

Clarke se acercó a la mujer y le dio la mano. A sus espaldas el francotirador imitó el aullido de una sirena.

– Soy la agente de policía Clarke de la comisaría de Saint Leonard.