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– Es hermano de Lorna -dijo al fin Cordover-, pero yo no lo conozco.

– Alasdair era el mejor de todos nosotros -dijo Lorna con voz pausada-. Por eso no aguantó quedarse aquí.

– ¿Qué le sucedió? -preguntó Rebus.

– Que un buen día marchó a Dios sabe dónde -contestó ella con un gesto amplio sin soltar el vaso en el que no quedaba más que hielo.

– ¿Cuándo?

– Hace mucho tiempo, Hombre mono. Ahora vive en un clima cálido. Que le vaya bien -se volvió hacia Rebus señalando su mano izquierda-. No lleva alianza. ¿Cree que yo sería una buena detective? Además, usted también bebe porque no ha quitado ojo a mi vaso. ¿O es que le interesa otra cosa? -añadió con un mohín.

– Inspector, no le haga caso.

– ¡A mí se me hace caso! -vociferó ella tirándole el vaso-. ¡No pienses que estoy pasada de moda! ¡Sigo en el candelero!

– Sí, desde luego, las agencias hacen cola en la puerta y el teléfono no para de sonar.

El vaso le había pasado rozando y él se sacudió un hielo medio derretido del brazo.

Lorna se levantó de pronto del sofá y Rebus pensó que era costumbre de la pareja pelearse en público, por creerlo derecho inalienable de su condición de «artistas».

– Eh, vosotros -dijo una voz desde la puerta-, que no nos dejáis pensar. ¡Vaya insonorización! -era una voz cansina, fluida y lacónica. Peter Grief se acercó a la nevera y cogió una botella de agua-. Además, es la estrella del rock quien tiene que dar caña, no sus tíos.

Rebus y Peter Grief se sentaron en la sala de control mientras los otros subían al comedor en la otra planta. Acababa de llegar una furgoneta con bandejas de bocadillos y pasteles. Rebus tenía en la mano un platito de papel con un triángulo de pan de molde con pollo al curry, y Peter Grief, que rebañaba con el dedo la crema de un pastel, lo único que había comido aquella mañana, preguntó si no importaba que hubiese música de fondo porque a él le ayudaba a pensar.

– Aunque lo que suena es una mala mezcla de una de mis canciones.

Rebus comentó que había muy pocos grupos de tres músicos pero Grief se lo rebatió citando a Manic Street, Preachers, Massive Attack, Supergrass y otros seis.

– Y Cream, por supuesto -añadió.

– Sin olvidar a Jimi Hendrix.

Grief hizo una leve reverencia.

– Noel Redding; pocos bajistas ha habido como James Marshall.

Concluidas las sutilezas musicales, Rebus dejó el plato. -¿Sabes por qué he venido, Peter?

– Me lo ha dicho Hugh.

– Lamento lo de tu padre.

Grief se encogió de hombros.

– Un mal paso en la carrera de un político. Si se hubiera dedicado a lo mío… -sonaba como algo aprendido, una frase utilizada constantemente como defensa.

– ¿Qué edad tenías al separarse tus padres?

– Era muy pequeño; no me acuerdo.

– ¿Te criaste con tu madre?

Grief asintió con la cabeza.

– Pero ellos se veían a menudo. Ya sabe, «por el bien del niño».

– Pero algo así hace daño, ¿verdad?

– ¿Usted qué sabe? -replicó Grief con cierta irritación alzando la vista.

– Yo dejé a mi mujer y ella fue quien tuvo que criar a nuestra hija.

– ¿Y qué tal le va a su hija? -preguntó Grief. El enfado había dado paso a la curiosidad.

– Ahora, bien -dijo Rebus haciendo una pausa-. Pero entonces… no lo sé realmente.

– Mire, usted es un poli y no sé si todo esto no será un truco barato para que le hable de mis sentimientos como si se los contara a un abogado.

Rebus sonrió.

– Peter, si yo fuese abogado la pregunta que te haría a continuación sería: «¿Crees que necesitas hablar de tus sentimientos?».

Grief sonrió y dijo que sí.

– A veces me gustaría ser como Hugh y Lorna.

– Porque no se callan las cosas, ¿eh?

– Pues sí -contestó el joven con otra sonrisa desmayada.

Grief era alto y delgado, con el pelo negro, posiblemente teñido, peinado hacia atrás con un medio tupé. Su rostro era largo y anguloso, de pómulos marcados, y los ojos reflejaban angustia.

Encajaba bien en su papel con aquella camiseta sucia de mangas deformadas, vaqueros pitillo negros y botas de motorista. Lucía muñequeras de cuero con cuentas y una estrella de cinco puntas alrededor del cuello. Si Rebus hubiese estado buscando un bajista para un grupo de rock le habría escogido a él entre los posibles candidatos.

– ¿Sabes que tratamos de averiguar quién podía querer matar a tu padre?

– Sí.

– Cuando hablabas con él, ¿te dio alguna vez… la impresión de que tuviera enemigos o de que le preocupase alguien?

– No me lo habría dicho -respondió Grief negando con la cabeza.

– ¿A quién se lo habría dicho?

– Tal vez al tío Cammo -dijo Grief haciendo una pausa-. O a la abuela -movía los dedos imitando al bajista cuya guitarra sonaba por el altavoz-. Quiero que oiga esta canción sobre la última vez que hablamos mi padre y yo.

Rebus prestó oído y no le pareció un ritmo elegíaco precisamente.

– Discutimos porque él me reprochaba que perdía el tiempo y que tío Hugh tenía la culpa.

– ¿Cómo se titula la canción? -preguntó Rebus, que no captaba la letra.

– Ahora entra el estribillo -dijo Grief, y empezó a cantar esta vez claramente para Rebus:

Tu corazón no entendía la belleza,

tu mente no aceptaba la verdad,

creo que no tengo más remedio

que hacerte un reproche final.

Sí, escucha el reproche final.

Hugh Cordover y Lorna Grieve acompañaron a Rebus hasta el coche.

– Sí -dijo Cordover que llevaba un móvil en la mano-, seguramente es su mejor canción.

– ¿Sabe que está dedicada a su padre?

– Bueno, discutieron y a Peter le inspiró una canción -replicó Cordover encogiéndose de hombros-. ¿Significa eso que es sobre su padre? Creo que es usted excesivamente literal, inspector.

– Tal vez.

Lorna Grieve no parecía acusar los efectos del coñac. Miró el Saab de Rebus como si fuese un objeto de museo.

– ¿Todavía fabrican este coche? -preguntó.

– En el nuevo modelo han suprimido los faros de gas -replicó Rebus arrancándole una sonrisa.

– Su sentido del humor es refrescante.

– Una cosa más… -dijo Rebus inclinándose a coger el disco de Obscura del coche.

– Dios mío -exclamó Cordover-, pocos deben de quedar de ésos.

– No me extraña -comentó su mujer admirando su retrato en la portada.

– Me gustaría que me lo firmara.

– Con mucho gusto -dijo Cordover cogiendo el bolígrafo que le tendía-. Pero, un momento, ¿con mi nombre o con el de High Chord?

– Con el de High Chord, ¿no? -contestó Rebus.

Cordover escribió el nombre en la portada y se lo devolvió.

– ¿Y la modelo…? -preguntó Rebus.

Lorna Grieve le miró y él creyó que iba a negarse, pero al fin ella cogió el bolígrafo y autografió su nombre en la portada, estudiándola después detenidamente.

– ¿Tienen idea de qué significan los jeroglíficos? -preguntó Rebus.

Cordover se echó a reír.

– En absoluto. Un conocido mío estaba metido en el rollo.

Rebus advirtió en ese momento que algunos de los signos eran estrellas de cinco puntas como la del colgante de Peter.

– Vamos, Hugh -dijo Lorna, riendo a su vez-, a ti también te gustaba el tema. Y le gusta -añadió mirando a Rebus-. No puede compararse con lo de Jimmy Page, pero es precisamente el motivo de que nos mudásemos a Roslin; para estar cerca de la iglesia por la moda del New Age maldito, las coletas y todo lo demás.