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– ¿Alguna ceremonia de iniciación? -preguntó Rebus.

– Los estudiantes de tercer curso gastan novatadas a los de primero; se disfrazan y beben de lo lindo.

– Y roban restos humanos.

– Es la primera vez que sucede, que yo sepa -replicó ella mirándole-. Fue una simple broma. La mano apareció en la verja del colegio y algunas de mis alumnas se desmayaron del susto.

– Dios santo.

Iban más despacio y Rebus señaló un banco. Se sentaron a discreta distancia uno de otro y Collins se estiró el bajo de la falda.

– ¿Dice que venía aquí de vacaciones?

– Casi todos los veranos. Jugaba en la playa y subía al castillo. Había una especie de mazmorra…

– Las bodegas.

– Ah, claro. Y una torre con fantasma…

– La de Saint Rule, junto a la catedral.

– ¿Donde yo he dejado el coche? -ella asintió y Rebus se echó a reír-. De niño todo me parecía mucho más lejos.

– ¿Usted habría jurado que Saint Rule estaba más apartada del campo de golf? -preguntó la mujer pensativa-. ¿Y por qué no?

Rebus dijo que sí con un gesto lento como si hubiera comprendido. Ella se refería a que el pasado era un lugar aparte al que no se puede regresar. Él había sufrido un engaño creyendo que el pueblo era el mismo de antes. Pero era él quien había cambiado; eso era lo que contaba.

Ella respiró profundamente y cruzó las manos en el regazo.

– Inspector, usted viene a hablar de mi pasado, que es un tema doloroso. Yo si pudiera lo evitaría porque hay pocos recuerdos agradables y no son esos los que a usted le interesan.

– De verdad que le agradezco…

– No me lo creo. Roddy y yo nos conocimos aquí mismo siendo muy jóvenes, en el segundo año de la carrera. En Saint Andrew fuimos felices y quizá eso me ha permitido quedarme en el pueblo. Cuando Roddy obtuvo su empleo en el ministerio de Escocia… -sacó un pañuelito de la manga, no porque fueran a saltársele las lágrimas sino para toquetear el algodón y mirar fijamente el bordado.

Rebus miró al mar fantaseando con los barcos de espías que probablemente no eran sino botes de pesca, transformados por la imaginación.

– La peor época fue al nacer Peter -prosiguió ella- cuando Roddy más trabajo tenía. Vivíamos en casa de mis suegros y además su padre estaba enfermo, yo sufrí una depresión posparto… Bueno, aquello fue un verdadero infierno. -Alzó la vista; ante ella se extendía la playa, donde el labrador corría dando saltos a recoger una rama, aunque la mujer veía otra escena-. Roddy se sumergió en su trabajo, era su manera de escapar de todo, imagino.

Entonces Rebus también veía sus propias escenas: más horas de trabajó cada día por retrasar el momento de volver a casa. No más discusiones políticas, no más luchas de almohadones, nada excepto el convencimiento del fracaso, pero había que evitar que Sammy sufriera; era el último pacto tácito entre marido y mujer. Hasta que Rhona le dijo que era para ella como un extraño y se marchó con la niña.

No recordaba que sus padres discutieran. El dinero siempre había sido un problema y semanalmente ahorraban lo que podían para las vacaciones de los niños. Se apretaban el cinturón pero a Johnny y Mike no les faltaba de nada: llevaban ropa remendada y usada pero comían caliente, tenían re galos en Navidad y vacaciones en verano. Tomaban helados y alquilaban hamacas en la playa y volvían al camping comiendo patatas fritas. Jugaban al golf e iban de excursión al parque de Craigtoun, donde había un trenecito que discurría por un bosquecillo con casas de enanitos. Todo era fácil e inocente.

– Él bebía cada vez más -dijo ella- y yo regresé aquí con Peter.

– ¿Tanto bebía?

– Lo hacía a escondidas; guardaba las botellas en su despacho.

– Seona asegura que no bebía mucho.

– Es lógico, ¿no cree?

– ¿Por su reputación?

Billie Collins suspiró.

– No sé si sería culpa de Roddy. Debió de ser por su familia y el modo que tenían de agobiar a los demás -dijo mirándole-. Creo que él siempre soñó con llegar al Parlamento, y justo cuando lo tenía al alcance de la mano…

– Tengo entendido que adoraba a Cammo -Rebus se removió en el asiento.

– No creo que ésa sea la palabra exacta, pero sí me parece que le habría gustado poseer ciertas dotes de Cammo.

– ¿Por ejemplo?

– Cammo es encantador y cruel y a veces su crueldad es tanto mayor cuanto más encantador se muestra ante los demás. A Roddy le atraía esa faceta de su hermano, esa habilidad para fingir.

– Pero había otro hermano.

– ¿Se refiere a Alasdair?

– ¿Usted le conoció?

– A mí me gustaba Alasdair, pero comprendo que se marchara.

– ¿Cuándo se marchó?

– Creo que a finales del setenta y nueve.

– ¿Sabe por qué motivo?

– No lo sé. Tenía un socio, Frankie o Freddy…, un nombre así. Siempre andaban juntos.

– ¿Eran amantes?

– Yo no lo creo -se encogió de hombros-. Y Alicia tampoco. Aunque pienso que no le habría importado tener un hijo homosexual.

– ¿A qué se dedicaba Alasdair?

– Hacía de todo. Tuvo un restaurante en Dundas Street: el Mercurio, pero me parece que desde entonces habrá cambiado de dueño más de diez veces. El no sabía llevar al personal. Se metió en asuntos inmobiliarios, que creo que era a lo que se dedicaba Frankie o Freddy… y también invirtió en un par de bares. Ya le digo, inspector, hacía de todo.

– ¿Pero nada en el terreno de la política o del arte?

– Dios mío, no -respondió ella con un bufido-. Alasdair era muy realista -hizo una pausa-. ¿Qué tiene que ver Alasdair con Roddy?

– Trato de saber cómo era Roddy, y Alasdair es una pieza de tantas en el rompecabezas -contestó Rebus metiendo las manos en los bolsillos.

– Es un poco tarde para averiguarlo, ¿no cree?

– Es posible que sabiendo cómo era pueda descubrir quiénes eran sus enemigos.

– Nunca sabemos realmente quiénes son nuestros enemigos, ¿no cree? El lobo con piel de cordero, y todo eso.

Rebus asintió con la cabeza, estiró las piernas y las cruzó por los tobillos, pero Billie Collins se levantó.

– Podemos ir a Kinkell Braes. Está a cinco minutos y tal vez le interese.

Lo dudaba, pero a medida que ascendían por aquel sendero hacia el camping recordó otra cosa de su infancia: un hoyo artificial profundo con paredes de cemento, que había a un lado del sendero y del que siempre se alejaba por temor a caer en él. ¿Sería alguna conducción de agua? Recordaba que en el fondo chorreaba algo.

– ¡Dios, aquí está! -exclamó asomándose. Habían puesto una valla protectora y ya no le parecía tan hondo, pero era el mismo-. Esto me causaba pavor -dijo mirando a Billie Collins-. A un lado tenía el barranco y al otro, esto. Me costaba Dios y ayuda bajar por aquí y tenía pesadillas con el agujero.

– Es difícil de creer -dijo ella pensativa-. Aunque puede que no -añadió echando a andar.

– ¿Qué tal se llevaba Peter con su padre? -preguntó él dándole alcance.

– ¿Cómo se llevan padres e hijos?

– ¿Se veían a menudo?

– Yo nunca impedí que Peter viera a su padre.

– Eso no contesta exactamente a mi pregunta.

– Es la única contestación que se me ocurre.