Al final no le quedó más remedio que rendirse. Transcurrió un largo rato desde el momento en que dejó a Naylor en la sala de interrogatorios y su entrada en la sala de observación, con las bolsas de las pruebas colgando de una mano y el agotamiento de nuevo cubriendo su rostro como un velo, más denso que nunca.
– A mi juicio, ha ido bastante bien -observó Frank alegremente-. Incluso podías haber obtenido una confesión por vandalismo, de no haber ido tras el premio gordo.
Sam le prestó oídos sordos.
– ¿Tú qué opinas? -me preguntó.
Desde mi punto de vista, sólo quedaba una posibilidad, un motivo por el que Naylor pudiera haber reaccionado mal hasta el punto de haber apuñalado a Lexie: si hubiera sido el padre del bebé y ella le hubiera explicado que pensaba someterse a un aborto.
– No lo sé -contesté-. De verdad que no.
– Yo no creo que sea nuestro hombre -replicó Sam.
Arrojó las bolsas con las pruebas en la mesa y se apoyó cansinamente en ella, echando la cabeza hacia atrás. Frank parecía divertido.
– ¿Te vas a rendir sólo porque ha soportado la presión una mañana? Tal como lo veo yo, es un quesito: móvil, oportunidad, modo de pensar… ¿Sólo porque te cuente una gran historia vas a arrestarlo bajo cargo de vandalismo por ebriedad y tirar por la borda la oportunidad de acusarlo de homicidio?
– No lo sé -repondió Sam. Se frotó los ojos con las palmas de las manos-. Ahora mismo no sé qué voy a hacer.
– Ahora mismo -le anunció Frank- vamos a poner en práctica mi plan. Lo prometido es deuda: tus tácticas no nos han llevado a ninguna parte. Suelta a Naylor, deja que Cassie compruebe si puede hacer negocios con antigüedades con él y veamos si eso nos conduce más cerca del apuñalamiento.
– A este tipo le importa un carajo el dinero -opinó Sam, sin mirar a Frank-. Lo único que le importa es su pueblo y los perjuicios que le ha ocasionado Whitethorn Flouse.
– Entonces se mueve por una causa. Y nada hay más peligroso en este mundo que un fanático. ¿Hasta dónde crees que llegaría por defender su causa?
Ése es uno de los problemas de discutir con Frank: cambia las reglas del juego antes de que te dé tiempo a darte cuenta y pierdes todo el rato la pista de sobre qué estabais discutiendo en un principio. Me era imposible determinar si de verdad creía en aquella trama de las antigüedades o si sencillamente, a aquellas alturas, estaba dispuesto a probar lo que fuera para intentar batir a Sam.
Sam empezaba a parecer aturdido, como un boxeador después de encajar demasiados ganchos.
– No creo que sea un asesino -repitió con obstinación-. Y no entiendo qué te induce a pensar que es un marchante de antigüedades. Nada apunta en tal sentido.
– Preguntémosle a Cassie -sugirió Frank, que me observaba atentamente. A Frank siempre le ha gustado jugar, pero en aquellos momentos deseé saber qué le movía a apostar-. ¿Tú qué crees, pequeña? ¿Le ves alguna posibilidad a la trama de las antigüedades?
Millones de ideas se agolparon en mi pensamiento en aquel preciso instante: la sala de observación, que me conocía de memoria, hasta la mancha de la alfombra justo donde había derramado una taza de café hacía dos años, y que ahora me acogía en calidad de visitante; mis trajes de Barbie Detective colgando en el armario de casa y el asqueroso carraspeo de cada mañana de Maher; los demás esperándome en la biblioteca, y la fresca fragancia a lirios de los valles de mi dormitorio en la casa envolviéndome suavemente, como una gasa.
– Podría ser -contesté-, sí. No me sorprendería.
Sam, quien, para ser justos, llevaba ya un día de perros, acabó por perder la paciencia.
– ¡Pero ¿qué dices, Cassie?! ¿Te has vuelto loca? Es imposible que te creas esa estupidez. ¿De parte de quién estás?
– Intentemos no plantearlo en esos términos -intervino Frank virtuosamente. Se había apoyado cómodamente en una pared, con las manos en los bolsillos, como si fuera un mero espectador de los acontecimientos-. Aquí todos estamos del mismo bando.
– Déjalo en paz, Frank -le ordené con brusquedad, antes de que Sam perdiera los estribos-. Y Sam, yo estoy de parte de Lexie. Ni de Frank ni tuya, de ella, ¿lo entiendes?
– Precisamente eso es lo que me asusta. -Sam se percató de mi mirada de desconcierto-. ¿Qué te creías? ¿Que sólo me preocupa este gilipollas? -Frank se señaló a sí mismo con un dedo y puso cara de sentirse herido-. Él ya es lo bastante insensato, de eso no hay duda, pero al menos puedo tenerlo controlado. Pero esa chica… Estar de su parte es estar en un lugar muy, pero que muy equivocado. Sus compañeros de casa estuvieron siempre de su parte y, si Mackey está en lo cierto, ella los estaba vendiendo al mejor postor, sin inmutarse. Su novio en Estados Unidos también estaba de su parte, la amaba, y mira lo que le hizo. Ese pobre idiota está hundido. ¿Has leído la carta?
– ¿Carta? -le pregunté a Frank-. ¿Qué carta?
Frank se encogió de hombros.
– Chad le envió una carta, que está en custodia de mi amigo del FBI. Muy conmovedora y blablablá, pero yo la he peinado con una liendrera y no he encontrado nada útil. No te conviene distraerte con estas cosas.
– ¡Por lo que más quieras, Frank! Si tienes datos que me aporten información sobre ella, lo que sea…
– Ya hablaremos de eso más tarde.
– Léela -dijo Sam. Su voz sonaba ronca y estaba lívido como el papel, tan blanco como aquel primer día en la escena del crimen-. Lee esa carta. Ya te facilitaré yo una fotocopia si Mackey no lo hace. Ese tipo, Chad, está destrozado. Han pasado cuatro años y medio y no ha salido con ninguna otra chica. Probablemente nunca vuelva a confiar en una mujer. No lo culpo por ello. Se despertó una mañana y toda su vida se había hecho añicos a su alrededor. Todos sus sueños se habían esfumado en medio de una nube de humo.
– A menos que quieras que ese farsante se entere -anotó Frank con voz suave-, yo bajaría la voz.
Sam ni siquiera lo oyó.
– Y no olvides que no cayó en Carolina del Norte por obra y gracia del Espíritu Santo. Venía de algún sitio y, por lo que sabemos, antes de eso estuvo en otro lugar. En algún lugar del mundo habrá más personas (sólo Dios sabe cuántas) que nunca dejarán de preguntarse dónde está Lexie, si la habrán descuartizado y enterrado, si se volvió loca y acabó vagabundeando, si en realidad nunca le importaron o qué diablos ocurrió para que su vida estallara en mil pedazos. Todas esas personas estaban del lado de esa joven, y mira lo que les ocurrió. Todo el mundo que ha estado de su lado ha resultado malparado, Cassie, todo el mundo, y a ti te va a suceder lo mismo.
– Estoy bien, Sam -le aseguré.
Su voz pasó sobre mí como la fina neblina del amanecer, etérea, apenas real.
– Déjame preguntarte algo. Tu último novio lo tuviste justo antes de que te convirtieras en policía de incógnito, ¿no es cierto? ¿Aidan algo, no?
– Sí -contesté-. Aidan O'Donovan.
Aidan era un soclass="underline" inteligente, explosivo, viajero y con un sentido del humor extraordinario que me hacía reír aunque hubiera tenido un día de perros. Hacía mucho tiempo que no pensaba en él…
– ¿Qué pasó?
– Rompimos -respondí-, mientras yo estaba en una misión secreta.
Por un segundo pude ver los ojos de Aidan la noche que me dejó. Yo tenía prisa, debía regresar a mi apartamento a tiempo para una reunión a última hora de la noche con el camello de speed que acabó apuñalándome unos meses más tarde. Aidan esperó conmigo en la parada de autobús y, cuando lo miré a través de la ventanilla, creo que lo vi llorar.
– No mientras, sino porque estabas en una misión secreta. Porque eso es lo que ocurre. -Sam giró sobre sus talones y miró a Frank-: ¿Y qué me dices de ti, Mackey? ¿Tienes esposa? ¿Novia? ¿Algo?