Выбрать главу

Se me disparó la adrenalina, pero nadie pareció sospechar nada; estaban todos demasiado absortos en Rafe como para percatarse de mi pequeño desliz.

– Asiento porque os he oído contarlo. Existe una cosa que se llama comunicación; estaría bien que la probaras alguna vez…

Todos estaban de un humor quisquilloso, yo incluida. No es que me preocupara en exceso dónde estuviera Rafe, pero el hecho de que no estuviera en casa me estaba poniendo nerviosa, y también el no saber si mis nervios se debían a motivos puramente relacionados con la investigación (la bienamada intuición de Frank) o simplemente porque, sin él, el equilibrio en aquella estancia era precario.

– ¿Por qué fue distinto? -quiso saber Abby.

Justin se encogió de hombros.

– Porque entonces no vivíamos juntos.

– ¿Y? Más razón aún. ¿Qué se supone que debe hacer si le apetece enrollarse con alguien? ¿Traerla aquí?

– Se supone que tiene que llamarnos o, como mínimo, dejarnos alguna nota.

– ¿Diciendo qué? -pregunté, mientras troceaba un melocotón en daditos-. «Queridos amigos, voy a echar un polvo. Hablamos mañana o esta noche, si no ligo, o a las tres de la madrugada si la piba se lo monta mal…»

– No seas vulgar -me cortó Justin-. Y, por el amor de Dios, cómete el puñetero melocotón o deja de manosearlo.

– No soy vulgar. Simplemente digo lo que pienso. Y me lo comeré cuando me plazca. ¿Te digo yo acaso cómo tienes que comer?

– Deberíamos llamar a la policía -sugirió Justin.

– No -atajó Daniel, dándose unos golpecitos con un cigarrillo en la parte interior de la muñeca-. De momento no serviría de nada. La policía establece un plazo de tiempo antes de declarar a alguien desaparecido, veinticuatro horas, creo, aunque pueden ser más, antes de iniciar la búsqueda. Y Rafe es un adulto.

– En teoría -puntualizó Abby.

– Y además tiene todo el derecho del mundo a pasar una noche fuera de casa si le apetece.

– Pero ¿y si ha cometido alguna tontería?

La voz de Justin se estaba transformando en un lamento.

– Uno de los motivos por los que no me gustan los eufemismos -replicó Daniel, sacudiendo la cerilla para apagarla y depositándola con cuidado en el cenicero- es que excluyen cualquier comunicación real. Creo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Rafe seguramente haya cometido alguna tontería, pero eso abarca un amplio abanico de posibilidades. Supongo que te preocupa que se haya suicidado, cosa que, a mi juicio, es sumamente improbable.

Transcurridos unos momentos, Justin dijo sin levantar la vista:

– ¿Alguna vez te ha hablado de aquella ocasión, cuando tenía dieciséis años, en que sus padres lo obligaron a cambiarse de escuela por décima vez o la que fuera?

– Nada de pasados -dijo Daniel.

– No pretendía suicidarse -contestó Abby-. Sólo intentaba llamar la atención del huevón de su padre, y no funcionó.

– He dicho que nada de pasados.

– No estoy hablando de pasados. Yo sólo digo que esto no es lo mismo, Justin. ¿No crees que Rafe ha cambiado muchísimo en los últimos meses? ¿No te parece que está mucho más feliz?

– En los últimos meses sí -respondió Justin-. Pero no en las últimas semanas.

– Bueno, ya -dijo Abby y cortó una rodaja de manzana por la mitad con un gesto rápido-, no ha sido el mejor momento para ninguno de nosotros. Pero aun así, la situación es muy distinta. Ahora Rafe sabe que tiene un hogar, sabe que cuenta con personas que se preocupan por él y dudo mucho que quiera autolesionarse. Simplemente lo está pasando mal y ha salido a emborracharse y perseguir faldas. Regresará cuando se le pase.

– ¿Y qué pasará si…? -La voz de Justin se apagó-. Detesto esta situación -dijo en voz baja, con la mirada fija en su plato-. De verdad que la detesto.

– Todos la detestamos -replicó Daniel con brío- Ha sido un período de prueba para todos nosotros. Tenemos que aceptarlo y tener paciencia con nosotros mismos y con los demás mientras nos recuperamos.

– Dijiste que dejáramos pasar el tiempo, que así la cosa se arreglaría. Pero no se está arreglando nada, Daniel. Cada vez es peor.

– En realidad -apuntó Daniel-, cuando dije eso pensaba en dejar transcurrir algo más que tres semanas. Pero si te parece un plazo poco razonable, no dudes en comunicármelo.

– ¿Cómo puedes estar tan relajado? -Justin estaba a punto de romper a llorar-. Estamos hablando de Rafe.

– Al margen de lo que esté haciendo Rafe -apuntó Daniel, volviendo la cabeza educadamente a un lado para no echarnos el humo-, no consigo ver en qué podría contribuir que yo me pusiera histérico.

– Yo no estoy histérico. Sencillamente, así es como reacciona la gente cuando uno de sus amigos se desvanece como por arte de magia.

– Justin -lo interpeló Abby con voz tranquilizadora-, no pasa nada, ya verás.

Pero Justin no la escuchaba.

– Porque tú seas un maldito robot… ¡Dios mío, Daniel!, sólo por una vez, aunque fuera sólo una vez me gustaría ver que te comportas como si te preocuparas por el resto de nosotros, por algo, por lo que fuera…

– Creo que tienes razones más que suficientes -replicó Daniel con frialdad- para darte cuenta de que yo me preocupo muchísimo por vosotros cuatro.

– Pues no. ¿Qué razones son ésas? A mí me parece que te importamos un bledo…

Abby lo interrumpió alzando la palma de una mano hacia el techo y señalando con el dedo la estancia que nos rodeaba y el jardín de fuera. Pero aquel gesto y el modo como su mano cayó de nuevo en su regazo transmitían algo inquietante; parecía un gesto cansado, casi resignado.

– Ah, claro -convino Justin, repantingándose en su silla. La luz incidía sobre su rostro en un ángulo cruel, ahuecando sus pómulos y dibujando una larga ranura negra entre sus cejas, y por un segundo creí ver su cara recubierta por una máscara temporal y pude intuir qué aspecto tendría dentro de cincuenta años-. Por supuesto. La casa. Y mira dónde nos ha llevado.

Se produjo un silencio afilado, imperceptible.

– Yo nunca he afirmado ser infalible -terció Daniel, con una voz teñida por una peligrosa intensidad de un sentimiento que jamás le había oído con anterioridad-. Sólo puedo deciros que me esfuerzo al máximo por hacer lo mejor para los cinco. Si crees que no lo hago bien, siéntete libre de tomar tus propias decisiones. Si crees que no deberíamos convivir, entonces múdate. Si crees que tienes que denunciar la desaparición de Rafe, descuelga el auricular y telefonea a la policía.

Justin se encogió de hombros con aire desvalido y volvió a picotear de su plato. Daniel fumaba, con la vista perdida en la media distancia. Abby se comió la manzana. Y yo hice picadillo mi melocotón. Todos guardamos silencio un largo rato.

– Veo que habéis perdido al mujeriego -comentó Frank cuando lo telefoneé desde mi árbol. Aparentemente le habíamos inspirado a disfrutar de un momento de alimentación sana: comía algo con pepitas (lo escuchaba escupirlas, con mucho gusto, en su mano o donde fuera)-. Si aparece muerto, entonces quizás alguien empiece a dar crédito a mi teoría sobre el extraño misterioso. Debería haberme apostado algo.

– No seas imbécil, Frankie -lo reprendí.

Frank soltó una carcajada.

– No estarás preocupada por él, ¿verdad?

Me encogí de hombros.

– Bueno, preferiría saber dónde está.

– Tranquila, pequeña. Una jovencita encantadora conocida mía intentaba averiguar dónde estaba su amigo Martin esta noche y, por casualidad, ha marcado el número de Rafe por error. Por desgracia, él no le ha dicho dónde estaba antes de que se haya solucionado este malentendido, pero el ruido de fondo nos ha dado una idea aproximada. Abby ha dado en el clavo: vuestro amiguito está en un pub, agarrándose una melopea de campeonato y a la caza de una hembra. Regresará sano y salvo; eso sí, con una resaca de ordago.