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De manera que Frank también se había preocupado, lo suficiente como para convencer a una de las policías de refuerzo con voz sensual de realizar una llamada telefónica. Quizá Naylor no hubiera sido sólo una excusa para enfrentarse a Sam; quizá Frank hablaba en serio al considerarlo un sospechoso. Escondí un poco más los pies entre las ramas.

– Genial -dije-. Me alegra oírlo.

– Y entonces ¿por qué parece como si se te acabara de morir el canario?

– Están en baja forma -contesté, y me alegré de que Frank no pudiera verme la cara. Estaba tan agotada que me dio la impresión de que podía caerme de aquel árbol en cualquier momento. Me agarré a una rama-. No sé exactamente por qué, quizá porque no llevan bien el hecho de que me apuñalaran o porque no son capaces de sobrellevar lo que sea que nos ocultan, pero empiezan a resquebrajarse.

Tras una breve pausa, Frank dijo con mucha suavidad:

– Sé que has congeniado con ellos, pequeña. Y eso está bien. No son precisamente santo de mi devoción, pero no tengo objeción a que tú sientas algo distinto si eso te facilita el trabajo. Pero recuerda esto: no son tus amigos. Sus problemas no son tus problemas; ellos sólo son tu oportunidad.

– Lo sé -repliqué-. Ya lo sé. Pero me resulta muy difícil contemplarlo.

– Un poco de compasión es indolora -comentó Frank como si tal cosa, y después le dio otro mordisco a lo que fuera que estaba comiendo-. Mientras no se te vaya de las manos. Por el momento, tengo algo que hará que tu mente se olvide de sus problemas por un rato. Tu Rafe no es el único que ha desaparecido.

– ¿De qué estás hablando?

Escupió más pepitas.

– Tenía planeado controlar a Naylor desde una distancia prudenciaclass="underline" comprobar su rutina, quiénes eran sus socios y toda la mandanga, y luego darte un poco más de trabajo con los datos reunidos. Pero al parecer no va a ser posible. Hoy no se ha presentado en el trabajo. Sus padres no lo han visto desde anoche y afirman que es impropio de él; el padre está postrado en una silla de ruedas y John no es de los que delega en su madre el trabajo duro. Tu Sammy y un par de refuerzos están vigilando su casa por turnos y hemos solicitado a Byrne y Doherty que estén al tanto por si acaso. Por intentarlo no perdemos nada.

– No irá muy lejos -aventuré-. Este tipo no se marcharía de Glenskehy a menos que lo sacaran arrastrándolo de los pelos. Ya aparecerá.

– Eso mismo opino yo. En cuanto a lo del apuñalamiento, no creo que su desaparición revele nada en un sentido o en otro; es un mito que sólo los culpables se evaporan. Pero sí sé algo: Naylor escapa, pero no por miedo. ¿A ti te pareció asustado?

– No -contesté-. En ningún momento. Me dio la sensación de que estaba furioso.

– A mí también. No le hizo ni pizca de gracia el interrogatorio. Lo observé mientras se marchaba de la comisaria; dos pasos después de franquear la puerta, volvió la vista y escupió. Eso sólo lo convierte en un capullo muy, muy enfadado, Cassie, y ya sabemos que tiene un cierto problemilla de temperamento. Y como bien dices, lo más probable es que todavía campe por la zona. No sé si ha desaparecido porque no quiere que lo sigamos o porque se guarda un as en la manga, pero ándate con muchísimo cuidado.

Así lo hice. Durante todo el trayecto de regreso a casa caminé por el medio de los senderos, con el revólver empuñado, listo para disparar. No me lo volví a esconder en la faja hasta que la verja posterior se cerró a mis espaldas y estuve segura en el jardín, iluminada por las vetas de luz procedentes de las ventanas.

No había telefoneado a Sam. Y esta vez no podía atribuirlo a un olvido. Era porque no tenía ni idea de si me contestaría o de, en caso de hacerlo, qué nos diríamos el uno al otro.

Capítulo 17

Rafe apareció en la biblioteca la mañana siguiente, alrededor de las once, con el abrigo abotonado cojo y la mochila colgando de cualquier manera de una mano. Apestaba a tabaco y a Guinness rancia, y no mantenía del todo bien el equilibrio.

– Vaya -dijo, balanceándose ligeramente y repasándonos a todos de arriba abajo-. Hola, hola, hola.

– ¿Dónde has estado? -siseó Daniel.

Su voz traslucía un matiz de tensión e ira, poco disimulado. Había estado mucho más preocupado por Rafe de lo que había dado a entender.

– Aquí y allá -contestó Rafe-. Yendo y viniendo. ¿Cómo estáis?

– Pensábamos que te había ocurrido algo -intentó decir Justin con un susurro que se quebró y se convirtió en un pitido demasiado alto y demasiado agudo-. ¿Por qué no nos telefoneaste? ¿Tanto te costaba enviarnos un mensaje?

Rafe volvió la vista para mirarlo.

– Estaba ocupado en otros asuntos -replicó, tras una pausa de reflexión-. Y, además, no me apetecía.

Uno de La Pasma, los estudiantes maduros que siempre se autodesignan vigilantes de la biblioteca, alzó la vista por encima de su pila de libros de filosofía y nos mandó callar:

– ¡Silencio!

– Pues tienes el don de la oportunidad -terció Abby con frialdad-. No es el mejor momento para salir a correr detras de unas faldas; incluso tú deberías haberte dado cuenta de ello.

Rafe se balanceó hacia atrás sobre sus talones y la miró con cara de sorprendido.

– Vete a la porra -le espetó, en voz alta y con altanería-. Soy yo quien decide cuándo quiero hacer las cosas.

– No vuelvas a hablarle así a Abby -lo increpó Daniel, que ni siquiera fingió intentar hablar en voz baja.

Toda La Pasma soltó un «¡Chisssss!» unánime. Le di un tirón de la manga a Rafe.

– Siéntate aquí y habla conmigo.

– Lexie -dijo Rafe, logrando concentrar la mirada en mí. Tenía los ojos inyectados en sangre y necesitaba urgentemente lavarse el pelo-. No debería haberte dejado sola.

– Estoy bien -contesté-. Yo tan campante. ¿Quieres sentarte y explicarme cómo te ha ido la noche?

Alargó la mano; sus dedos recorrieron mi mejilla, mi cuello y se deslizaron a lo largo del escote de mi jersey. Vi los ojos de Abby abrirse como platos a sus espaldas y escuché un frufrú inquieto en el cubículo de Justin.

– Dios, eres tan dulce -dijo Rafe-. No eres tan frágil como pareces, ¿verdad? A veces pienso que el resto de nosotros somos justo al revés.

Uno de La Pasma había reclutado a Atila, que es el guardia de seguridad más encabronado del universo conocido. Evidentemente él se había alistado a aquel trabajo con la esperanza de poder romperle la crisma a delincuentes peligrosos pero, puesto que éstos escasean en las bibliotecas universitarias corrientes, se entretiene en hacer llorar a los novatos.

– ¿Te está molestando este joven? -me preguntó.

Intentaba imponerse a Rafe, pero la diferencia de altura le estaba acarreando problemas.

La fachada se erigió en un abrir y cerrar de ojos: Daniel, Abby y Justin adoptaron una pose distendida al tiempo que fría e impostada; incluso Rafe se enderezó, apartó la mano de mí con un latigazo y, en un instante y sin esfuerzo aparente, recobró la sobriedad.

– No pasa nada -le aclaró Abby.

– No te he preguntado a ti -le recriminó Atila y volvió la cabeza-. ¿Conoces a este tipo?

Me hablaba a mí. Le dediqué una sonrisa angelical y contesté:

– A decir verdad, señor policía, este tipo es mi marido. Tenía una orden de alejamiento contra él, pero ahora he cambiado de opinión y nos disponíamos a encerrarnos en el servicio de las damas a retozar alegremente.

Rafe empezó a reírse por lo bajo.

– No se permite la entrada de caballeros en el aseo de las damas -repuso Atila alarmado-. Y estáis molestando a los demás.

– No te preocupes -intervino Daniel. Se puso en pie y agarró a Rafe por el brazo (y aunque a simple vista pareciera un gesto inocuo, vi que le apretaba con fuerza)-. Ya nos íbamos. Todos.