Nadie miraba a nadie. Un abejorro tempranero entró dando tumbos por la ventana, se suspendió en el aire sobre el piano en un rayo de sol y volvió a salir dando topetazos.
Yo quería decir algo (ya que, a fin de cuentas, ése era mi papel, distender momentos como aquél), pero sabía que nos habíamos internado en una especie de marisma traidora y complicada donde un paso en falso podía acarrearme serios problemas. Ned parecía cada vez más un capullo (aunque jamás hubiera visto un apartamento para ejecutivos, me hacía una idea aproximada de cómo era) pero, fuera lo que fuese lo que ocurría, era mucho más profundo y siniestro que eso.
Abby me observaba por encima de su cigarrillo con ojos fríos y curiosos. Le devolví una mirada de angustia, lo cual no requirió mucho esfuerzo por mi parte. Al cabo de un momento se estiró para sacudir la ceniza en el cenicero y dijo:
– Si no encontramos nada decente para colgar en estas paredes, quizá deberíamos probar algo distinto. Rafe, si encontramos fotografías de murales viejos, ¿crees que serías capaz de pintar alguno?
Rafe se encogió de hombros. Una sombra de mirada beligerante que podía interpretarse como «No me culpéis a mí» empezaba a cubrir de nuevo su rostro. La oscura nube eléctrica había vuelto a aposentarse sobre aquella estancia.
A mí el silencio no me incomodaba. La cabeza me daba vueltas, no sólo porque Lexie hubiera tenido algún motivo para verse con el archienemigo, sino porque Ned era a todas luces un tema tabú. Durante tres semanas, su nombre no se había mencionado ni una sola vez; la primera referencia a él había dejado a todo el mundo descolocado, y yo era incapaz de imaginar por qué. Una cosa era cierta: Ned había perdido; la casa pertenecía a Daniel, puesto que tanto el tío Simon como un juez así lo habían dictaminado, y, siendo así, Ned no debería haber suscitado nada más serio que una risotada y unos breves comentarios insidiosos. Habría vendido mi mayor órgano por descubrir qué diablos sucedía allí, pero sabía que no me convenía preguntar.
No fue necesario hacerlo. La mente de Frank, aunque yo no estaba segura de que aquello me gustara, había corrido paralela a la mía, paralela y a toda velocidad.
Salí a dar mi paseo tan pronto como pude. Aquella nube no se había disipado; como mucho, había ganado en densidad y ahora presionaba desde las paredes y los techos. La cena había sido una pesadilla. Justin, Abby y yo habíamos hecho cuanto estaba en nuestras manos por mostrarnos parlanchines, pero Rafe se había enfurruñado de lo lindo y Daniel había caído en el ensimismamiento, limitándose'a responder con monosílabos. Yo necesitaba desesperadamente salir de aquella casa y pensar.
Lexie se había citado con Ned al menos en tres ocasiones, y seguro que había tenido serios problemas para hacerlo. Los cuatro móviles capitales: sexo, dinero, odio y amor. La posibilidad del sexo me produjo arcadas; cuanto más sabía de Ned, más me aferraba a la idea de que Lexie jamás le habría puesto la mano encima. En cambio, el dinero… Necesitaba dinero, dinero rápido, y un tipo rico como Ned habría sido mucho mejor comprador que John Naylor con su cutre empleo de granjero. Si había estado citándose con Ned para debatir qué chucherías podía desear éste de Whitethorn House, cuánto estaría dispuesto a pagar, y luego algo hubiera salido mal…
Hacía una noche inquietante: inmensa y oscura y ventosa, con ráfagas de viento rugiendo entre las colinas, un millón de estrellas y la luna ausente. Volví a embutirme la pistola en la faja, trepé a mi árbol y pasé allí un rato largo, contemplando la fuerza negra y sombría de la maleza a mis pies, aguzando el oído para captar cualquier sonido extraño, por leve que fuera, pensando en telefonear a Sam.
Al final marqué el número de Frank.
– Naylor sigue sin aparecer -dijo, sin ni siquiera un hola-. Espero que te andes con ojo.
– Tranquilo, Frank -lo reconforté-. De momento no ha dado señales de vida.
– Bien. -Su voz tenía un deje ausente que me indicó que tampoco era Naylor quien le preocupaba-. Mientras tanto, tengo algo que podría interesarte. Ya sabes que tus amiguitos se han pasado toda la tarde criticando al primo Eddie y sus apartamentos para ejecutivos, ¿verdad?
Por un segundo, todos mis músculos se tensaron en señal de alerta, hasta que recordé que Frank no sabía nada de N.
– Sí -contesté-. El primo Eddie parece un diamante en bruto.
– No lo sabes bien. Cien por cien puro yuppie descerebrado; no se le ha ocurrido ni una sola idea en la vida que no implique su verga o su bolsillo.
– ¿Crees que Rafe estaba en lo cierto al pensar que había contratado a Naylor?
– En absoluto. Eddie no se codea con las clases inferiores. Tendrías que haberle visto la cara cuando oyó mi acento; creo que temía que fuera a atracarle. Pero lo de esta tarde me ha hecho recordar algo. ¿Recuerdas que me dijiste que los Cuatro Fantásticos se comportaban de un modo extraño con respecto a la casa? ¿Que parecían demasiado apegados a ella?
– Uf -bufé-. Sí.
– A decir verdad, casi se me había olvidado-. Pero tal vez dramaticé un poco. Cuando uno dedica muchos esfuerzos a un lugar, se apega a él. Y, además, es una casa muy bonita.
– Sí que lo es -convino Frank. Algo en el tono de su voz activó todas mis campanillas de alarma; me pareció ver su fiera sonrisa sardónica-. Es bonita. Pero hoy estaba aburrido, Naylor sigue volando con el viento y no parezco llegar a ningún lado con Lexie-May-Ruth-Princesa-Anastasia-Fulanita de los Palotes, y puesto que me he llevado un chasco en unos catorce países hasta el momento, estoy sopesando la posibilidad de que científicos locos la concibieran en una probeta en 1997. Así que, para demostrarle a mi chica, Cassie, que confío plenamente en su instinto, he llamado a mi amigo en la oficina del Registro de la Propiedad y le he pedido que me pusiera al corriente sobre Whitethorn House. ¿Quién te quiere a ti, amor mío?
– Tú -contesté.
Frank siempre ha tenido un espectro espectacular de amigos en lugares improbables: mi amigo de los muelles, mi amigo del Gobierno del condado, mi amigo que regenta una tienda de artículos de sadomasoquismo. En la época en la que echamos a rodar todo este asunto de Lexie Madison, «mi amigo en el Registro Civil» se aseguró de que estuviera oficialmente inscrita, por si a alguien le picaba la curiosidad y empezaba a husmear, mientras que «mi amigo el de la furgoneta» me ayudó a trasladarme a la habitación amueblada en la que viví. Supongo que soy más feliz no sabiendo qué complejo sistema de trueque pone en práctica.
– Mejor será que sea así -añadí-, después de todo esto. ¿Y?
– ¿Y recuerdas que me dijiste que actuaban como si fueran los propietarios?
– Sí. Bueno, no, pero lo supongo.
– Pues tu instinto no te traicionó en esta ocasión, pequeña. Son los propietarios. Y tú también lo eres, ya que nos ponemos.
– Deja de hacerme la pelota, Frankie -le reprendí. El corazón me latía con fuerza, despacio, y percibí un extraño y oscuro estremecimiento entre los setos: ocurría algo-. ¿Qué buscas?
– Cuando el testamento del viejo Simon se dio por auténtico, Daniel heredó la casa el diez de diciembre. El día quince de diciembre, la propiedad de la casa se transfirió a cinco nombres: Raphael Hyland, Alexandra Madison, Justin Mannering, Daniel March y Abigail Stone. Feliz Navidad.
Lo que más me sorprendió en un primer momento fue la abrasadora osadía de aquel gesto: la pasión y la confianza que requería, ladrar y morder, apostar el futuro a las cartas del presente, sin medias tintas, tomar todos tus mañanas y ponerlos de manera tan deliberada y tan simple en las manos de las personas a las que más querías. Pensé en Daniel en la mesa, con sus anchas espaldas y tieso en su camisa blanca impoluta, en el giro preciso de su muñeca al avanzar de página; en Abby friendo beicon con el albornoz puesto; en Justin desafinando en voz alta mientras se preparaba para meterse en la cama, y en Rafe espatarrado en la hierba y contemplando el sol con los ojos entrecerrados. Y todo aquel tiempo, apuntalándolo todo, aquella realidad. Ya antes había vivido momentos en los que los había envidiado, pero esto era algo demasiado profundo como para ser objeto de envidia: era tan sobrecogedor que asustaba.