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Entonces caí en la cuenta. N, precios de billetes de avión, «Tendrá que pasar por encima de mi cadáver para que eso se haga realidad». Había estado perdiendo el tiempo con cajitas de música y soldaditos de plomo intentando imaginar cuál podía ser el precio de un álbum fotográfico familiar. Había creído que, esta vez, Lexie no tenía nada que vender.

Quizás hubiera estado negociando con Ned y los otros lo habían descubierto. ¡Maldita sea! No era de extrañar que la sola mención del nombre del primo hubiera hecho que toda la estancia se quedara congelada. Me faltaba el aliento.

Frank continuaba hablando. Lo oí moverse, caminar de arriba abajo por la sala a grandes zancadas.

– El papeleo para hacer algo así habría llevado meses; el pequeño Daniel debió de iniciar los trámites prácticamente el mismo día que le entregaron las llaves. Sé que aprecias a esas personas, Cassie, pero no me negarás que todo esto suena rarísimo. Esa casa vale dos millones de libras fácilmente. ¿En qué diablos piensa ese chico? ¿Acaso cree que van a seguir viviendo juntos toda la vida, en una gran y feliz comuna hippie? Si te soy sincero, no me importa en qué piensa, lo que quiero saber es qué fuma.

Frank se lo había tomado a la tremenda porque se le había pasado por alto: durante toda la investigación, aquellos maricas de clase media habían conseguido dárselas con queso en este asunto.

– Sí -contesté, con suma cautela-, es raro. Pero es que son raros, Frank. Y sí, con el tiempo va a ser complicado, cuando alguno de ellos decida casarse o algo por el estilo. Pero como muy bien has dicho, son jóvenes. Aún no piensan en esas cosas.

– Sí, claro, pues el pequeño Justin no va a casarse a corto plazo, a menos que se produzca un cambio fundamental en la legislación…

– Deja de decir clichés, Frank. ¿Qué problema hay?

Aquello no implicaba que tuviera que ser uno de ellos cuatro, no necesariamente; las pruebas seguían apuntando a que a Lexie la había apuñalado alguien que había conocido fuera de la casa. Ni siquiera significaba que se estuviera planteando vender su parte. Quizás había llegado a un acuerdo con Ned y luego había cambiado de opinión y le había dicho que se echaba atrás; quizás hubiera estado jugando con él todo el tiempo («odio»), tirando de la cuerda para vengar el hecho de que él hubiera intentado quedarse con la casa… Ned había deseado Whitethorn House con la suficiente intensidad como para escupir sobre la memoria de su abuelo; ¿qué no habría hecho entonces si había tenido una parte de la casa tan cerca que casi podía saborearla y luego Lexie le había arrebatado la zanahoria? Intenté reconstruir aquella agenda en mi pensamiento: las fechas, la primera N justo unos días después de la primera falta de la regla, y la caligrafía apretada, con el bolígrafo casi traspasando el papel, que indicaba que no estaba jugando.

– Bueno -suspiró Frank al fin, con esa nota perezosa en su voz que denota el mayor de los peligros-. Si me lo preguntas, esto podría darnos el móvil que andábamos buscando. Yo diría que hemos dado en el clavo.

– No -lo corté tajantemente, quizá de manera un tanto impulsiva, pero Frank se abstuvo de hacer ningún comentario-. Nada de eso. ¿Dónde está el móvil? Si todos hubieran querido vender y ella se hubiera opuesto, entonces quizá sí, pero estos cuatro antes se arrancarían sus propios dientes con unas tenazas oxidadas que vender esa casa. ¿Qué podían ganar asesinándola?

– Si uno de ellos muere, su parte revierte en los otros cuatro. Quizás alguien pensara que tener un cuarto de esa encantadora mansión sería mucho más atractivo que poseer una quinta parte. Eso descarta al pequeño Danieclass="underline" si hubiera querido todo el pastel, podía habérselo quedado sin más desde el principio. Pero sigue dejándonos como posibles sospechosos a los tres pequeños indios.

Me retorcí para darme la vuelta sobre la rama. Me alegraba que Frank se alejara del objetivo pero, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, me molestaba que lo hiciera tanto.

– Pero ¿para qué? Como ya te he dicho, no quieren venderla. Quieren vivir allí. Y eso pueden hacerlo al margen del porcentaje que posean. ¿Crees que uno de ellos la mató porque le gustaba más la habitación de Lexie que la suya?

– O una. Abby es una buena chica, pero no la descarto. Por una vez, tal vez el móvil no fuera económico; quizá Lexie sencillamente estaba volviendo majareta a alguien. Cuando la gente comparte una casa acaba desquiciándose mutuamente. Y recuerda que existe una posibilidad nada desdeñable de que se estuviera tirando a uno de los muchachos, y todos sabemos lo feo que puede ponerse un asunto así. Si estás de alquiler, no tiene mayor trascendencia: unos gritos, unas cuantas lágrimas, una reunión de todos los inquilinos y uno de los dos de patitas en la calle. Pero ¿cómo se procede en el caso de una multipropiedad? No pueden echarla y dudo mucho que ninguno de ellos pudiera costearse comprarle su parte…

– Desde luego -repliqué-, salvo porque yo no he notado la menor tensión dirigida contra mí. Al principio, Rafe estaba enojado conmigo porque no era consciente de cuánto los había trastornado mi apuñalamiento, pero eso es todo. Si Lexie le había estado tocando tanto las pelotas a alguien tanto como para que quisiera asesinarla, no se me habría pasado por alto. Estas personas se quieren, Frank. Tal vez sean raros, no lo discuto, pero les gusta ser raros juntos.

– Entonces ¿por qué no nos dijeron que todos son propietarios de esa casa? ¿A qué viene tanto puñetero secretismo si no ocultan nada?

– No te lo dijeron porque no se lo preguntaste. De haber estado en su lugar, incluso aunque fueras inocente como un bebé, no le habrías dicho a la policía nada que no te preguntara, ¿me equivoco? Es posible que ni siquiera te hubieras mostrado dispuesto a someterte a horas de interrogatorios, tal como ellos sí hicieron.

– ¿Sabes como quién hablas? -preguntó Frank tras hacer una breve pausa. Había dejado de caminar-. Hablas como un abogado defensor.

Volví a girarme hacia el otro lado y apoyé los pies en la rama. Me estaba costando mantenerme quieta.

– Venga ya, Frank. Hablo como una detective. Y tú hablas como un maldito obseso. Pase que no te gusten estos cuatro. Pase también que hagan vibrar tus antenas. Pero eso no significa que cada cosa que descubras se convierta automáticamente en una prueba de que son asesinos desalmados.

– Diría que no estás en posición de cuestionar mi objetividad, cariño -replicó Frank.

El vago arrastrar de las palabras había vuelto a apoderarse de su voz e hizo que se me tensara la espalda contra el tronco del árbol.

– ¿Qué diablos se supone que significa eso?

– Significa que yo estoy fuera y mantengo la perspectiva, mientras que tú estás metida hasta el cuello en el meollo y me gustaría que no lo olvidaras. También significa que creo que hay un límite de tolerancia para esgrimir «lo encantadoramente excéntricos que pueden ser» a modo de excusa para defenderlos.

– ¿A qué viene todo esto, Frank? Tú los habías descartado desde el principio; hace dos días te habrías abalanzado sobre Naylor como un buitre…

– Y sigo haciéndolo, o lo haré tan pronto como ese maldito capullo se materialice. Pero me gusta diversificar mis apuestas. No borro a nadie de la lista, a nadie en absoluto, hasta que estén definitivamente descartados. Y estos cuatro no lo están. No lo olvides.

Hacía rato que debería haber regresado a casa.

– Está bien -claudiqué-. Hasta que Naylor reaparezca me concentraré en ellos.

– Hazlo. Yo también lo haré. Y no bajes la guardia, Cassie. No sólo fuera de la casa; dentro también. Hablamos mañana -dijo y colgó.