El cuarto motivo capitaclass="underline" amor. De repente me acordé de los vídeos del teléfono móviclass="underline" un picnic en Bray Head el verano anterior, los cinco tumbados en la hierba bebiendo vino en vasos de plástico, comiendo fresas y discutiendo cansinamente si Elvis estaba o no sobrevalorado. Daniel se había sumido en un largo monólogo absorto acerca del contexto sociocultural hasta que Rafe y Lexie habían sentenciado que todo estaba sobrevalorado, salvo Elvis y el chocolate, y le habían empezado a lanzar fresas. Se habían ido pasando el teléfono con cámara de mano en mano; los fragmentos estaban deshilvanados y la imagen temblaba. Lexie con la cabeza apoyada en el regazo de Justin y éste colocándole una margarita tras la oreja; Lexie y Abby sentadas espalda con espalda contemplando el mar, con el cabello mecido por el viento y los hombros alzándose en hondas respiraciones sincronizadas; Lexie riéndose a la cara de Daniel mientras le quitaba una mariquita del pelo y se la enseñaba en la mano, Daniel agachando la cabeza sobre su mano y sonriendo. Había visto aquel vídeo tantas veces que casi lo creía un recuerdo propio, titilante y dulce. Aquel día habían sido felices, los cinco.
Se respiraba amor entre ellos. Un amor tan sólido y simple como el pan, real. Y era agradable vivir rodeada de él, en un elemento cálido a través del cual nos movíamos con facilidad y el cual inhalábamos con cada respiración. Pero Lexie se estaba preparando para hacerlo estallar en mil pedazos. De hecho, más que estarse preparando, estaba empeñada en lanzarlo por los aires: aquella caligrafía furiosa en la agenda, mientras en el vídeo se la veía descendiendo del ático riendo y cubierta de polvo. De haber vivido un par de semanas más, los otros cuatro se habrían despertado una mañana y habrían descubierto que se había largado, sin una nota ni un adiós, sin remordimientos. Se me pasó por la cabeza que Lexie Madison había sido peligrosa, bajo aquella superficie luminosa, y quizás aún lo fuera.
Descendí de la rama colgándome de ambas manos, salté y aterricé en el sendero con un golpazo. Me embutí las manos en los bolsillos y eché a andar (moverme me ayuda a pensar). El viento se batía contra mi gorra y se me colaba por las lumbares con tal fuerza que casi me despegaba del suelo.
Necesitaba hablar con Ned sin demora. A Lexie se le había pasado por alto dejarme instrucciones sobre cómo diablos se ponían en contacto. No se comunicaban por móviclass="underline" lo primero que Sam había hecho era solicitar registros de sus llamadas telefónicas y no había en ellos números sin identificar, ni de entrada ni de salida. ¿Una paloma mensajera? ¿Notas en el hueco de un árbol? ¿Señales de humo?
No disponía de mucho tiempo. Frank no tenía ni idea de que Lexie había conocido a Ned ni de que estaba preparada para largarse de la ciudad; yo sabía que al final daría con alguna buena razón por la que había decidido no mencionarle aquella agenda; como él siempre dice, el instinto funciona más rápido que la mente. Sin embargo, seguro que no sería algo que se tomara a la ligera. Le estaría dando vueltas como un pit bull y tarde o temprano barajaría la misma posibilidad que yo. Yo apenas sabía nada acerca de Ned, aunque sí lo suficiente como para estar bastante segura de que, si acababa en una sala de interrogatorios con Frank soltándole la caballería, lo desembucharía todo en menos de cinco minutos. Jamás se me ocurrió, ni por un segundo, sentarme y aguardar a que eso ocurriera. Fuera lo que fuese que había estado sucediendo, necesitaba descubrirlo antes de que Frank se me adelantara.
Si quería citarme con Ned, sin que los otros lo descubrieran ni por asomo, ¿cómo me las apañaría?
Nada de teléfonos. Los móviles guardan un registro de llamadas y las facturas están detalladas, y Lexie no habría permitido que algo así se traspapelara por la casa y quedara a la vista de todos. Por otro lado, la casa no disponía de una línea de teléfono fijo. Tampoco había ninguna cabina a una distancia practicable a pie y las de la universidad eran arriesgadas: los teléfonos del bloque de Lengua y Literatura eran los únicos lo bastante cercanos como para utilizarlos durante una pausa ficticia para ir al baño pero, si casualmente alguno de los demás pasaba por allí en el momento menos oportuno, su plan se habría ido al traste, y era demasiado importante para dejarlo al azar. Tampoco podía haberse presentado a verlo. Frank había dicho que Ned vivía en Bray y trabajaba en Killiney; no había modo de que Lexie se hubiera dejado caer por allí y regresado sin que los demás la hubieran echado en falta. Y tampoco había cartas ni correos electrónicos; Lexie nunca, ni en un millón de años, habría dejado un rastro.
– Tía, ¿cómo diablos lo hacías? -pregunté en voz baja al aire.
La noté como un escalofrío sobre mi sombra en el sendero, la inclinación de su barbilla y su burlona mirada de soslayo: «No pienso decírtelo».
En algún momento había dejado de darme cuenta de lo perfectamente entretejidas que estaban sus cinco vidas. En la universidad siempre estaban juntos, en la biblioteca, la pausa para fumar del mediodía con Abby y a las cuatro de la tarde con Rafe, comida juntos a la una, y a casa juntos para la cena: la rutina estaba coreografiada con la precisión de una gavota, sin un minuto de tiempo perdido ni un minuto para mí misma, salvo…
Salvo ahora. Durante una hora cada noche, como una princesa encantada de un cuento de hadas, yo destrenzaba mi vida de la de los demás y volvía a encontrarme conmigo misma. De haber sido yo Lexie y haber querido contactar con alguien con quien nunca hubiera debido contactar, lo habría hecho durante mi caminata nocturna.
Habría no: había. Llevaba semanas aprovechando ese momento para telefonear a Frank y a Sam, para mantener mis secretos a buen recaudo. Un zorro atravesó el sendero ante mis ojos y se desvaneció en el seto, todo huesos y ojos luminosos, y yo sentí un escalofrío recorriendo mi espina dorsal. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que aquélla había sido mi propia y brillante idea, de que me estaba abriendo mi propio camino paso a paso, alerta en medio de la noche. Sólo entonces, al volver la vista y proyectarla hacia el otro lado de aquel camino, me percaté de que había estado poniendo mis pies alegremente y a ciegas sobre las huellas de Lexie, desde el principio.
– ¿Y qué? -grité, como un desafío-. ¿Entonces qué?
Para eso me había enviado Frank, para acercarme a la víctima, para colarme en su vida y, ¡ay!, lo estaba haciendo. Parte de toda aquella historia espeluznante no sólo era innecesaria sino también la moneda de cambio para una investigación por homicidio, y se supone que éstas no suelen consistir en una noche de risas. Me estaba convirtiendo en una mimada, con todas aquellas acogedoras cenas a la luz de la luna y artesanías, y me volvía irascible cuando la realidad me asestaba un nuevo golpe.
Una hora para ponerme en contacto con Ned. Pero ¿cómo?
Notas en el árbol hueco… Estuve a punto de soltar una carcajada en voz alta. Deformación profesionaclass="underline" sopesas todas las posibilidades más esotéricas y pasas por alto la más evidente. Cuanto más alta la apuesta, me había dicho una vez Frank, más baja la tecnología. Si quieres tomarte un café con un amigo, lo citas mediante una mensaje al móvil o al correo electrónico y punto; pero si crees que la poli o la Mafia o la Santísima Inquisición te persiguen, le haces una señal a tu contacto colgando una toalla azul en el tendedero. A Lexie, con el tiempo a contrarreloj y tras haber empezado a sentir nauseas matutinas, las apuestas le debían parecer a vida o muerte.
Ned vivía en Bray, a sólo quince minutos de distancia en coche, salvo en horas punta. Probablemente la primera vez ella se hubiera arriesgado a llamarlo por teléfono desde la universidad. Pero después de aquella primera cita lo único que necesitaba era un lugar seguro de contacto, en algún punto de aquellas sendas, que ambos pudieran comprobar cada par de días. Seguramente yo habría pasado por delante de ese lugar una docena de veces.