De nuevo ese escalofrío, en la comisura de mi ojo: un destello de una sonrisa astuta, y luego nada.
¿En la casucha? El equipo técnico la había revisado como moscas sobre la mierda, había espolvoreado cada centímetro en busca de huellas con resultado negativo. Y Ned no había aparcado el coche en ningún sitio cerca de aquella casita el día que yo lo había perseguido. Pese a que, por suerte para todos, esa clase de trastos monstruosos no están concebidos para transitar por este tipo de caminos, al menos habría aparcado lo más cerca posible del punto de contacto. Habría estacionado en la carretera principal a Rathowen, ni siquiera cerca de un desvío. Arcenes anchos, hierbas altas y zarzas, la oscura carretera descendía hasta desaparecer sobre la cima de la montaña, y el mojón, desgastado e inclinado como una lápida diminuta.
Ni siquiera me había dado cuenta de que había dado media vuelta y corría a toda prisa. Los otros seguramente aguardasen mi regreso de un momento a otro y lo último que quería es que se preocuparan o salieran a buscarme, pero aquel asunto no podía esperar hasta la noche siguiente. Ya no corría contra una fecha límite hipotética e infinitamente flexible; corría contra la mente de Frank, y contra la de Lexie.
Tras las angostas sendas, el arcén parecía más ancho y desnudo, expuesto, pero la carretera estaba desierta, sin un solo destello de faros de coche en ninguna dirección. Cuando saqué mi linterna, lo primero que vi fueron las letras del mojón, borrosas por el paso y las inclemencias del tiempo, proyectando sus propias sombras inclinadas: «Glenskehy 1828». La hierba se arremolinaba y lo envolvía por efecto del viento, con un sonido similar a un largo silbido de aliento.
Aguanté la linterna bajo la axila y aparté la hierba con ambas manos; estaba mojada y tenía los bordes afilados, con unos dientes aserrados que rasgaban mis dedos. A los pies de la piedra vi un destello carmesí.
Por un momento, mi mente no procesó lo que mis ojos veían. Hundido profundamente en la hierba, colores resplandecientes como piedras preciosas y figuras diminutas se deslizaban fuera del haz de la linterna: el brillo de la ijada de un caballo, el destello de un abrigo rojo, una melena de rizos empolvados y la cabeza de un perro volviéndose en busca de refugio. Entonces mi mano tocó algo metálico, mojado y arenoso y las figuras temblaron y aparecieron en su lugar, y yo solté una carcajada, un grito ahogado que me sorprendió incluso a mí. Una pitillera, vieja y oxidada y posiblemente robada del alijo del tío Simon; la escena de caza barroca y maltrecha estaba pintada con un pincel fino como una pestaña. La policía científica y los refuerzos habían peinado palmo a palmo un radio de un kilómetro y medio alrededor de la casucha, pero aquello quedaba fuera de su perímetro. Lexie les había ganado la partida, había reservado aquello para mí.
La nota estaba escrita en papel pautado arrancado de algún tipo de carpesano. Parecía la caligrafía de una persona de diez años y, al parecer, Ned había sido incapaz de discernir si estaba escribiendo una carta comercial o un mensaje de móviclass="underline" «Querida Lexie, h intentado contactar contigo xa s asunto d q hablábamos. Sigo muy interesado. Ponte en contacto conmigo cuando puedas. Gracias, Ned». Me habría apostado lo que fuera a que Ned había estudiado en una escuela privada con precios astronómicos. Papá no había hecho una buena inversión.
«Querida Lexie […] Gracias, Ned»… Lexie hubiera deseado estrangularlo por dejar un rastro tan explícito, por muy bien escondido que estuviera. Saqué mi encendedor, me acerqué a la carretera y prendí fuego a la nota; cuando empezó a arder, la dejé caer al suelo y aguardé a que la llama se extinguiese. Luego extinguí las cenizas con el pie. Entonces saqué mi bolígrafo y arranqué una nota de mi cuaderno.
Llegados a aquel punto, escribir con la caligrafía de Lexie me resultaba casi más fácil que hacerlo con la mía. «11 jueves – hablamos.» Nada de cebo: Lexie ya había echado el anzuelo por mí y aquel tipo había picado de verdad. La pitillera se cerró con un nítido sonido metálico apenas perceptible y volví a esconderla entre las hierbas, notando que mis pisadas se superponían a la perfección a las de Lexie, con los pies plantados en los mismos puntos en los que sus huellas hacía tiempo que se habían desvanecido.
Capítulo 18
El siguiente día se me antojó una semana. En el edificio de la Facultad de Letras hacía un calor asfixiante y el aire, demasiado seco, escaseaba. Mi grupo de tutorías se mostraba aburrido e inquieto; era su última sesión, no habían leído el material asignado y ni siquiera se molestaban en fingir que lo habían hecho; aunque yo tampoco me molestaba en fingir que me importase. Sólo podía pensar en Ned: en si aparecería, en qué le diría en caso de hacerlo, en qué haría de no presentarse; de cuánto tiempo disponía antes de que Frank nos diera alcance.
Sabía que aquella noche era una apuesta arriesgada. Incluso suponiendo que hubiera acertado al intuir que la casucha era su punto de encuentro, Ned podía haber tirado la toalla en relación con el tema de Lexie, tras un mes de comunicación interrumpida; su nota no estaba fechada, podía tener semanas de antigüedad. E incluso si era un tipo persistente, era poco probable que comprobara el punto de encuentro a tiempo para acudir a nuestra cita. Una gran parte de mí esperaba que no lo hiciera. Necesitaba oír lo que Ned tenía que decir, pero todo lo que yo oyera, Frank lo oiría también.
Acudí a nuestra cita temprano, en torno a las diez y media. En casa, Rafe estaba tocando un Beethoven atronador aporreando el pedal, Justin intentaba leer tapándose los oídos con los dedos, todo el mundo se volvía más insolente por segundos y se barruntaba una espiral que desembocaría en una discusión violenta.
Era la tercera vez que yo entraba en aquella casucha. Sentía cierto recelo hacia los granjeros malhumorados (aquel prado debía de pertenecer a alguien, al fin y al cabo, aunque aparentemente su dueño no sintiera un gran apego hacia él), pero la noche era tranquila y luminosa, una quietud absoluta reinaba en kilómetros a la redonda, sólo campos vacíos y pálidos y las montañas dibujaban siluetas negras contra un fondo estrellado. Apoyé la espalda en un rincón, desde donde podía ver el prado y la carretera, pero las sombras me ocultaban de la vista de cualquiera, y esperé.
En el caso de que Ned acabara presentándose, debía tener una cosa clara: sólo tenía una oportunidad. Tenía que dejar que fuera él quien guiara no sólo lo que yo tenía que decir, sino cómo tenía que decirlo. Independientemente de lo que Lexie hubiera representado para él, yo tenía que representar exactamente lo mismo. Seguir interpretando el personaje de Lexie, ya fuera una vampiresa desalentada, una Cenicienta valiente que se sentía utilizada o una enigmática Mata Hari, puesto que, al margen de lo que Frank opinase acerca de la inteligencia de Ned, si daba un paso en falso probablemente se daría cuenta. Debía limitarme a estar calladita y esperar a que él me brindara alguna pista.
La carretera, cubierta por una neblina blanca y misteriosa, descendía serpenteando colina abajo hasta perderse en los negros setos. Pocos minutos antes de las once se produjo un temblor en algún punto, demasiado intenso y lejano para revelar su procedencia, como un latido vibrando contra mi oído. Silencio, y luego el leve crujir de unos pasos al fondo del sendero. Me apretujé contra mi rincón, rodeé con una mano mi linterna y me metí la otra por debajo del jersey, hasta colocarla en la culata de mi revólver.
Un destello de pelo rubio moviéndose entre los setos oscuros: Ned había acudido.
Solté mi arma y lo observé saltar torpemente por encima del muro, inspeccionar sus pantalones en busca de alguna mota de contaminación, sacudírselos con las manos y retomar su camino campo a través con profundo desagrado. Esperé hasta que entró en la casucha y, justo cuando estaba a escasos metros de distancia, encendí mi linterna.