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– ¡Santo Dios! -exclamó Ned irritado, colocándose la mano sobre los ojos a modo de visera-. ¿Qué pretendes, dejarme ciego?

Aquel instante me bastó para saber todo lo que precisaba saber sobre Ned, en una sola lección. En aquel mismo lugar yo me había quedado absolutamente desconcertada al descubrir que tenía una doble, mientras que él debía de haber tropezado con clones de sí mismo en cada rincón de cada calle del sur de Dublín. Era tan, tan parecido a todo el mundo que habría pasado completamente,desapercibido entre todas esas miles de imágenes reflejadas. Corte de pelo estándar a la moda, unas facciones estándares bonitas, una complexión estándar de jugador de rugby y ropa estándar de diseñadores con precios prohibitivos; yo podría haber relatado toda su vida sólo a partir de aquella primera impresión. Rogué al cielo no tener que señalarlo en una rueda de identificación.

Lexie le habría dado cualquier cosa que él hubiera querido ver y a mí no me cabía duda de que a Ned le gustaban las chicas prototípicas: sensuales más por decisión que por naturaleza, aburridas, no demasiado inteligentes y quizás un pelín picaruelas. ¡Lástima no haberme adjudicado un bronceado artificial!

– ¡Santo Dios! -lo imité, en el mismo tono irritado y acento fingido que había empleado para sacar de sus casillas a Naylor-. Espero que no te dé un infarto. No es más que una linterna.

La conversación no había empezado con buen pie, pero no me inquietaba. Hay algunos círculos sociales en los que los modales se consideran una señal de debilidad.

– ¿Dónde te habías metido? -preguntó Ned-. Llevo dejándote notas día sí, día también… Tengo cosas más interesantes que hacer que mover el culo hasta este cenagal cada día, ¿sabes?

Si Lexie se había estado tirando a aquella basura espacial, iba a dirigirme derechita a la morgue y apuñalarla yo misma. Puse los ojos en blanco.

– ¿Qué tal un «hola»? Me apuñalaron, ¿sabes? He estado en coma.

– Ah -dijo Ned-. Sí. Es cierto. -Me miró con aquellos ojos azules pálidos, ligeramente molesto, como si yo hubiera hecho algo desagradable-. Aun así, podrías haberte puesto en contacto conmigo. Tenemos un negocio entre manos.

Como mínimo, aquello eran buenas noticias.

– Sí, bueno -contesté-. Ya estamos en contacto, ¿no es cierto?

– El detective tocacojones ese vino a hablar conmigo -explicó Ned, como si se acordara de repente. Parecía todo lo indignado que uno puede parecer sin cambiar de expresión-. Como si yo fuera un sospechoso o algo así. Le dije que aquello no era asunto mío. Yo no he salido del Bronx. No voy por ahí apuñalando a la gente.

Decidí que coincidía con Frank en algo: Ned no era el conejito más brillante que brincaba por aquel bosque. Era de esa clase de tipos que parecen moverse por actos reflejos, sin la intervención de ningún proceso de pensamiento. Habría apostado una pasta gansa a que hablaba con sus clientes de la clase obrera como si fueran incapacitados y farfullaba «Yo querer tú siempre» cuando veía a una asiática.

– ¿Le hablaste de esto? -le pregunté, encaramándome a un fragmento de muro derruido.

Me miró horrorizado.

– Por supuesto que no. Me habría soltado encima al Séptimo de Caballería y no me apetecía darle explicaciones. Únicamente me interesa solucionar de una vez este asunto, ¿te parece?

Además asombraba por su civismo… aunque no es que me quejara de ello.

– Bien -contesté-. Supongo que esto no tiene nada que ver con lo que me ocurrió, ¿no?

Ned ni siquiera parecía haberse formado una opinión sobre ello. Hizo amago de apoyarse contra la pared, pero la examinó con recelo y cambió de opinión.

– ¿Te importa si avanzamos? -quiso saber.

Yo agaché la cabeza y lo miré de reojo con cara de «pobrecita de mí», batiendo mis pestañas.

– El coma ha causado estragos en mi memoria. Tendrás que explicarme dónde nos quedamos y toda la pesca.

Ned me miró boquiabierto. Aquel rostro impasible, completamente inexpresivo, no revelaba nada: por primera vez atisbé cierto parecido con Daniel, aunque fuera un Daniel después de someterse a una lobotomía frontal.

– Hablamos de cien -contestó transcurrido un momento-. En metálico.

¿Cien libras por una reliquia de la familia? ¿Cien mil por mi parte de la casa? No necesitaba estar segura de qué estábamos hablando para saber que mentía.

– Hummm, lo dudo -le contesté, dedicándole una sonrisita seductora para amortiguar el mazazo de que una chica fuera más inteligente que él-. He dicho que el coma había causado estragos en mi memoria, pero no en mi cerebro.

Ned soltó una carcajada desvergonzada, se metió las manos en los bolsillos y se apoyó en sus talones.

– Bueno, tenía que intentarlo, ¿no?

Seguí sonriendo, porque parecía gustarle.

– Sigue probando.

– De acuerdo -continuó Ned, recobrando la compostura y volviendo a poner su cara de negocios-. Seamos serios. Yo te propuse ciento ochenta y tú me dijiste que mejorara mi oferta, cosa que me jode bastante, pero bueno, y que acudiera a ti con una propuesta mejor. Entonces te dejé una nota diciéndote que podíamos hablar de unos doscientos mil, pero entonces tú… -Un encogimiento incómodo-. Bueno, ya sabes.

«¡Doscientos mil!» Por una fracción de segundo sentí el más auténtico de los subidones de la victoria, el que todo detective conoce en un momento u otro cuando las cartas se ponen boca arriba y uno comprueba que todas sus apuestas han dado en el clavo, que ha encontrado su camino de regreso a casa con los ojos vendados. Pero entonces caí en la cuenta de algo.

Había dado por supuesto que Ned era quien había instigado todo aquel asunto, quien estaba dispuesto a solucionar el papeleo e intentaba sacar un buen pellizco. Lexie nunca había necesitado cantidades desorbitadas para huir en el pasado. Había llegado a Carolina del Norte con el depósito para un apartamento piojoso y lo había dejado con lo obtenido a cambio de su coche destartalado; hasta entonces, se había contentado con buscar una vía abierta y conseguir unas cuantas horas de ventaja en la parrilla de salida. Pero en esta ocasión había estado negociando tratos de seis cifras con Ned. Y no sólo porque podía hacerlo; con el bebé creciendo en su vientre y los afilados ojos de Abby de fondo y con una oferta de aquella magnitud sobre la mesa, ¿por qué andar enredado durante semanas por unos cuantos miles más? Lo más normal es que hubiera firmado en la línea de puntos, hubiera exigido billetes pequeños y se hubiera esfumado como por arte de magia, a menos que necesitara hasta el último de los peniques que pudiera obtener.

Cuanto más había ido descubriendo sobre Lexie, crecía en mí la certeza de que planeaba someterse a un aborto tan pronto llegara adonde se dirigiera. Abby, y Abby la conocía bien, tan bien como podía conocérsela, pensaba lo mismo a fin de cuentas. Sin embargo, un aborto cuesta solamente unos cuantos cientos de libras. Lexie podría haber ahorrado perfectamente esa cantidad con su trabajo, haberla robado de la caja registradora una noche, haber pedido un préstamo bancario que nunca pagaría; no necesitaba para nada meterse en follones con Ned.

En cambio, criar un hijo cuesta muchísimo más. La princesa de la Tierra de Nadie, la princesa de los mil castillos entre mundos, había cruzado la línea. Había estado a punto de abrir sus manos y agarrarse al mayor compromiso de todos. Tuve la sensación de que, bajo mi cuerpo, el muro se licuaba.

Debí de quedármelo mirando como si hubiera visto un fantasma.

– Hablo en serio -repitió Ned un poco ofendido, malinterpretando mi mirada-. No bromeo. Doscientos de los grandes es mi mejor oferta. Piensa que yo me estoy arriesgando muchísimo con este negocio. Una vez hayamos llegado a un acuerdo, tengo que convencer al menos a dos de tus amigos. Acabaré consiguiéndolo, de eso no me cabe duda, una vez cuente con esta ventaja, pero podría llevarme meses y unos líos de mil demonios.