Apreté la mano que me quedaba libre contra el duro muro y noté la tosca piedra clavándose en mi palma. Así seguí hasta que se me aclaró el pensamiento:
– ¿De verdad lo crees?
Sus pálidos ojos se abrieron como platos.
– Por supuesto que sí. No veo dónde está el daño. Sé que son tus amigos y Daniel es mi primo y toda la mandanga, pero seamos claros: ¿acaso son lerdos o qué? La mera idea de hacer algo con aquella casa hizo que se pusieran a chillar como un puñado de monjas sorprendidas por un exhibicionista.
Me encogí de hombros.
– Les gusta ese lugar.
– ¿Cómo es eso posible? Pero si es un antro, ni siquiera tiene calefacción, y se comportan como si fuera un palacio. ¿Acaso no se dan cuenta de lo que podrían obtener de él si cedieran? Esa casa tiene mucho potencial.
«Apartamentos para ejecutivos completamente amueblados en un terreno espacioso y el potencial de un desarrollo urbanístico posterior»… Por un instante nos desprecié tanto a Lexie como a mí por embaucar a aquel eslabón perdido de la humanidad para nuestros propios fines.
– Yo soy la inteligente -alegué-. Y una vez tengas la casa, ¿qué piensas hacer con todo el potencial?
Ned me miró perplejo; supuestamente él y Lexie ya habían tratado aquel asunto. Lo miré impertérrita, y eso pareció hacerlo sentir cómodo.
– Depende del permiso urbanístico que me concedan. En un escenario ideal, yo apostaría por un club de golf y un hotel balneario o algo por el estilo. Ahí es donde se obtienen beneficios a largo plazo de verdad, sobre todo si logro ubicar un pequeño helipuerto. Si no, estaríamos hablando de construir apartamentos de alto standing.
Me planteé darle una patada en las pelotas y echar a correr. Me había presentado allí predispuesta a odiar a aquel tipo con todas mis fuerzas y la verdad es que no me estaba defraudando. Ned no quería Whitethorn House, le importaba un bledo, al margen de lo que hubiera declarado ante los tribunales. Lo que lo hacía salivar no era la casa, sino la idea de demolerla, la oportunidad de destriparla, de arrancarle las costillas y lamer hasta la última gota de sangre. Por una milésima de segundo vi la cara de John Naylor, hinchada y amarillenta, iluminada por aquellos ojos visionarios: «¿Se imagina lo que eso habría podido suponer para Glenskehy?». En el fondo, mucho más profundamente y con mayor fuerza de lo que habrían podido odiarse el uno al otro a tenor de su naturaleza, Naylor y Ned eran dos caras de la misma moneda. «Cuando hagan las maletas y se larguen, quiero estar allí para despedirlos», había dicho Naylor. Al menos él se había mostrado dispuesto a exponer su cuerpo, y no sólo su cuenta bancaria, a cambio de obtener lo que queria.
– Una idea brillante -apunté-. No tiene sentido mantener la casa habitada.
Ned no captó el sarcasmo.
– Evidentemente -se apresuró a puntualizar, por si se me ocurría pedir una mayor tajada-, habrá que invertir toneladas de dinero sólo para demolerla. De manera que doscientos mil es mi última oferta. ¿Estás de acuerdo? ¿Puedo empezar a tramitar el papeleo?
Fruncí los labios y fingí meditar sobre ello.
– Déjame que lo piense un poco más.
– ¡Por todos los santos! -Ned se pasó una mano por el tupé, frustrado, y luego volvió a peinarse-. Venga ya… Este asunto se arrastra desde tiempos inmemoriales…
– Lo siento -me disculpé, con un encogimiento de hombros-. Si tenías tanta prisa, deberías haberme hecho una oferta decente desde el principio.
– Pero te la estoy haciendo ahora, ¿no? Tengo inversores haciendo cola rogando por apuntarse a este negocio desde el principio, pero no pueden esperar toda la eternidad. Son tipos serios, con dinero serio.
Le dediqué otra sonrisita con un picaruelo fruncimiento de nariz.
– Pues yo te haré saber con toda seriedad mi decisión en el preciso instante en que la tome. ¿De acuerdo? -dije y me despedí con la mano.
Ned se quedó inmóvil unos segundos, alternando el peso entre ambos pies y con cara de pocos amigos, pero yo seguí sonriéndole gélidamente.
– De acuerdo -concedió al fin-. Está bien. Como tú digas. Mantenme informado. -Al llegar a la puerta, se volvió hacia mí y me dijo, con aires de grandeza-: Esto podría situarme en el mapa, ¿sabes? Podría jugar en la partida con los mandamases. Procuremos no fastidiarla, ¿de acuerdo?
Intentó interpretar una salida espectacular, pero perdió su oportunidad al tropezar con algo mientras salía airadamente. Procuró disimular atravesando el prado con un trote garboso y sin volver la vista atrás.
Apagué mi linterna y esperé allí, en aquella casucha, mientras Ned andaba entre la hierba como si estuviera borracho, encontraba el camino de regreso a su paletomóvil y ponía rumbo a la civilización, con el runrún del todoterreno diminuto e insignificante contra las inmensas montañas en la noche. Luego me senté apoyándome en la pared de la estancia exterior y noté mi corazón latir donde el de Lexie había cesado de hacerlo. El aire era suave y cálido como la crema; se me quedó el trasero dormido; polillas diminutas revoloteaban en torno a mí como pétalos. Algo brotaba de la tierra a mi lado, en el punto en que la sangre de Lexie se había derramado, un macizo de jacintos silvestres, un arbusto minúsculo con aspecto de espino: cosas nacidas de ella.
Aunque Frank no hubiera seguido la retransmisión de mi espectáculo en vivo y en directo, escucharía la conversación al cabo de unas horas, en cuanto llegara al trabajo la mañana siguiente. Debería haber hablado por teléfono con él o con Sam, o con ambos, para determinar la mejor manera de aprovechar aquella baza, pero tenía la sensación de que si me movía o intentaba caminar o respiraba demasiado intensamente, mi mente se desbordaría y empaparía la hierba.
Estaba segura desde el primer momento. ¿Quién podía culparme de ello? Aquella joven era como una gata salvaje dispuesta a roerse sus propias patas antes de dejarse atrapar; estaba convencida de que «siempre» era la única palabra que nunca pronunciaría. Intenté convencerme de que quizás estaba dispuesta a entregar al niño en adopción, a escabullirse del hospital tan pronto como pudiera caminar y desvanecerse en el parking hacia la siguiente tierra prometida, pero lo sabía: aquellas cifras que había barajado con Ned no eran para ningún hospital, por mucha categoría que tuviera. Eran para una vida, para dos vidas.
Tal como había dejado que los demás la esculpieran con delicadeza, de manera inconsciente, en la hermana pequeña para completar su insólita familia; tal como se había prestado a que Ned la encasillara en los clichés que eran lo único que él entendía, me había permitido convertirla en quien yo quería que fuese. Una llave maestra para abrir todas y cada una de las puertas, una autopista infinita hacia un millón de principios desde cero. No existe nada así. Incluso aquella muchacha que había dejado tras de sí vidas como si no hubieran sido más que áreas de descanso, al final había decidido agarrar el toro por los cuernos.
Permanecí sentada en la casita largo rato, con los dedos enredados en el arbolillo con ternura: era tan nuevo que no quería magullarlo. No estoy segura de cuánto tiempo transcurrió antes de que me apeteciera ponerme en pie; apenas recuerdo el paseo de regreso a casa. Una parte de mí anhelaba que John Naylor saltara de detras de un seto, defendiendo su causa con ardiente indignación y a la espera de encontrar a un rival que le devolviera los gritos o se enfrascara directamente en una reyerta con él, simplemente por tener algo con lo que luchar.
La casa estaba iluminada como un abeto de Navidad; las ventanas resplandecían, en su interior revoloteaban siluetas y un murmullo de voces salía al exterior, y por un momento no lo asimilé: ¿había sucedido algo terrible?, ¿alguien se estaba muriendo?, ¿se había inclinado la casa, se había deslizado hacia un lado y había revivido una fiesta alegre concluida hacía tiempo?; si yo pisaba aquella hierba, ¿retrocederíamos de repente a 1910? Entonces la cancela se cerró con un sonido metálico a mis espaldas, Abby abrió la cristalera de par en par, gritó: «¡Lexie!» y se me acercó corriendo entre la hierba, con su larga falda blanca ondeando al viento.