– Estaba esperando a que llegaras -me anunció. Le faltaba el aliento y estaba sonrojada; los ojos le centelleaban y el cabello había empezado a soltársele de los pasadores; era evidente que había estado bebiendo-. Estamos en plena decadencia. Rafe y Justin han preparado un ponche a base de coñac, ron y no sé qué más que es letal, y nadie tiene tutorías ni nada que hacer mañana, así que ¡a la porra!: no vamos a ir a la universidad, nos vamos a quedar aquí bebiendo y comportándonos como idiotas hasta que perdamos el sentido. ¿Qué te parece?
– Estupendo -respondí con una voz extraña, dislocada.
Me estaba costando recomponerme y ponerme en situación, pero Abby pareció no darse cuenta.
– ¿Sí? Verás, al principio no estaba segura de que fuera una buena idea. Pero Rafe y Justin ya estaban preparando el ponche. Rafe le prendió fuego a una bebida alcohólica, a propósito, y todos se pusieron a gritarme porque siempre ando preocupándome por todo. Y, no sé, al menos por una vez no se están metiendo el uno con el otro, ¿entiendes? Entonces he pensado: «¡¿Qué diablos?! Es justo lo que necesitamos». Después de los últimos días… por no hablar de las últimas semanas. ¿Te has percatado de que últimamente todos nos comportamos como chiflados? Como con toda la historia de la otra noche, con el pedrusco y la pelea y… Jesús…
Algo cubrió su rostro, un titileo sombrío, pero antes de que me diera tiempo a interpretarlo se había desvanecido para dejar paso de nuevo a la alegría inconsciente y atolondrada de la ebriedad.
– Así que he pensado que si esta noche nos ponemos como cubas y lo sacamos todo, entonces quizá podamos relajarnos por fin y volver a la normalidad. ¿Tú qué opinas?
Así, borracha, parecía mucho más joven. En algún lugar de la mente estratega y terrorista de Frank, ella y sus tres mejores amigos estaban posando en una rueda de reconocimiento y siendo inspeccionados, uno a uno, centímetro a centímetro; él los estaba evaluando, con la frialdad de un cirujano o de un torturador, mientras sopesaba dónde practicar la primera incisión, dónde insertar la primera frágil sonda.
– Me encantaría -contesté-. De verdad, me parece fantástico.
– Hemos empezado sin ti -aclaró Abby, apoyándose en sus talones para examinarme con nerviosismo-. No te importa, ¿verdad? ¿Te molesta que no te hayamos esperado?
– Claro que no -la tranquilicé-. Siempre que me hayáis dejado algo.
En algún lugar tras ella, las sombras se entrecruzaban sobre la pared del salón de estar; Rafe inclinado con un vaso en una mano y su melena dorada recortada como un espejismo contra las oscuras cortinas, y la voz de Josephine Baker sonando a través de las ventanas abiertas, dulce, rasgada y seductora: «Mon réve c'était vous…». Creo que pocas veces en toda mi vida había deseado algo tanto como estar allí, desembarazarme de mi pistola y de mi teléfono, beber y bailar hasta que se me fundiera un fusible en el cerebro y no quedara nada en el mundo salvo la música, el destello de las luces y ellos cuatro rodeándome, riendo, resplandecientes, intocables.
– Claro que te hemos dejado. ¿Por quién nos tomas? -Me agarró de la muñeca y me condujo al interior de la casa, tirando de mí, remangándose la falda con la mano que le quedaba libre para que no se le ensuciara con la hierba-. Tienes que ayudarme con Daniel. Ha cogido un vaso grande, pero se lo está bebiendo a sorbitos. Y esta noche los sorbitos están prohibidos. Se supone que tenemos que trincarnos las copas de un trago. Debo aclarar que está ya bastante achispado, porque se ha puesto a sermonearnos sobre el Laberinto y el Minotauro y algo sobre El sueño de una noche de verano, o sea que sobrio no está. Pero aun así…
– Está bien, allá vamos -dije, riendo; me moría de ganas de ver a Daniel verdaderamente borracho-. ¿A qué esperamos?
Atravesamos el prado corriendo y entramos en la cocina de la mano.
Justin estaba sentado a la mesa de la cocina, con un cucharón en una mano y un vaso en la otra, inclinado sobre un frutero lleno de un líquido rojo de aspecto peligroso.
– Estáis guapísimas -nos dijo-. Parecéis un par de ninfas del bosque. Lo digo de verdad.
– Son guapísimas -lo corrigió Daniel, sonriéndonos desde el vano de la puerta-. Sírveles un poco de ponche para convencerlas de que nosotros también somos guapísimos.
– ¡Uy! De eso no tenéis que convencernos, ya lo sabemos… -le aclaró Abby, al tiempo que tomaba un vaso de la mesa-. Pero en cualquier caso queremos ponche. Lexie necesita beber ponche a raudales para ponerse a nuestro nivel.
– ¡Yo también soy guapo! -gritó Rafe desde el salón, por encima de la voz de Josephine-. ¡Venid aquí y decidme que soy guapo!
– ¡Eres muy guapo! -gritamos Abby y yo a todo pulmón.
Justin me colocó un vaso en la mano y todos nos dirigimos al salón. De camino, nos quitamos los zapatos de un puntapié en el vestíbulo y nos lamimos el ponche que nos salpicó en las muñecas, entre carcajadas.
Daniel se repantingó en una de las butacas y Justin se tumbó en el sofá. Rafe, Abby y yo acabamos despatarrados en el suelo, porque las butacas y las sillas nos parecían demasiado complicadas. Abby estaba en lo cierto: aquel ponche era letal, un mejunje sabroso y peliagudo que bajaba con la facilidad del zumo de naranja recién exprimido y luego se transformaba en una dulce y salvaje liviandad que se extendía como el helio por las extremidades. Sabía que no me parecería tan fascinante si intentaba cometer alguna estupidez, como ponerme en pie. Me parecía oír a Frank hablándome a la oreja, sermoneándome acerca del control, como una de las monjas de la escuela con la cantinela de la bebida del demonio, pero estaba tan harta de Frank, de sus comentarios sabiondos y de no perder nunca el control…
– Ponme más -le pedí a Justin dándole una patadita y agitando el vaso en el aire.
Tengo muchas lagunas de aquella noche, no la recuerdo al detalle. El segundo vaso, o tal vez fuera el tercero, convirtió aquélla en una velada borrosa y mágica, casi onírica. En algún momento di una excusa para subir a mi habitación y desembarazarme de parte de mi parafernalia de agente encubierto (arma, teléfono y faja) y esconderla bien escondida bajo la cama; alguien apagó la mayoría de las luces, a excepción de una lámpara y velas diseminadas por la casa como estrellas. Recuerdo una discusión entusiasta sobre qué actor encarnaba mejor a James Bond que derivó en otra igual de acalorada acerca de cuál de los tres muchachos sería el mejor 007; recuerdo también un intento fallido de jugar a La Moneda, un juego que Rafe había aprendido en el internado, que acabó cuando Justin expulsó el ponche por la nariz y tuvo que salir pitando hacia la cocina para escupir en el fregadero; recuerdo reírme tanto que me dolía la barriga y tuve que taparme los oídos con los dedos hasta recuperar la respiración; recuerdo el brazo de Rafe estirado bajo la nuca de Abby, mis pies apoyados en los tobillos de Justin, y la mano de Abby estirada y enlazada con la de Daniel. Era como si nunca hubiera habido piques entre nosotros; se parecía a aquella cálida y deslumbrante primera semana, sólo que era mejor todavía, cien veces mejor, porque esta vez yo no estaba sobrealerta ni luchaba por hacerme un hueco y no pisar en falso. Ahora ya me los conocía de memoria, conocía sus ritmos, sus singularidades, sus inflexiones; sabía cómo encajar con cada uno de ellos; esta vez formaba parte de su grupo.
Lo que mejor recuerdo es una conversación, algo tangencial, originada a raíz de otra discusión neblinosa sobre Enrique V. Entonces no la consideré trascendente, pero después, cuando todo hubo acabado, me volvió a la memoria.
– Ese tío era un psicópata rematado -opinó Rafe. Él, Abby y yo estábamos tumbados de espaldas en el suelo otra vez y Rafe tenía su brazo entrelazado al mío-. Toda esa patraña heroica de Shakespeare no era más que propaganda. Hoy Enrique gobernaría una república bananera con serios problemas fronterizos y un programa de armas nucleares bastante temerario.