– Yo también quiero recordar esta noche siempre -dije-. Me gustaría tatuármela para no olvidarla jamás.
– Ven aquí -me invitó Daniel. Dejó la copa en el suelo, se apartó a un lado en el banco para dejarme sitio y estiró una mano, en gesto de invitación-. Ven aquí. Tendremos miles de noches como ésta. Puedes olvidarlas por docenas si te apetece; viviremos muchas más. Tenemos todo el tiempo del mundo. -Sentí su mano cálida y fuerte rodear la mía. Tiró de mí para que me sentara y yo me apoyé en él, en su sólido hombro, que olía a cedro y a lana limpia, todo blanco y plateado, moviéndose a mi alrededor, con el agua murmurando a nuestros pies-. Cuando pensé que te había perdido -empezó a decir- sentí… -Sacudió la cabeza y tomó aire-. Te echaba de menos, no sabes cuánto. Pero ahora todo está bien. Todo saldrá bien.
Daniel volvió el rostro hacia mí. Sus manos ascendieron, sus dedos se enredaron en mi cabello, ásperos y tiernos, descendieron por mi mejilla y recorrieron el contorno de mis labios.
Las luces de la casa giraban y se desdibujaban con la magia de un carrusel, una nota cantarina sobrevolaba los árboles y la hiedra se enroscaba con la música con tal dulzura que resultaba casi insoportable, y lo único que yo quería en el mundo era quedarme allí, arrancarme el micrófono y los cables, meterlos en un sobre, enviárselos por correo a Frank y desaparecer, desprenderme de mi antigua vida con la ligereza de un pájaro y convertir aquél en mi hogar. «No queríamos perderte, boba»: los demás estarían contentos, no necesitarían conocer la realidad por el resto de nuestras vidas. Yo tenía tanto derecho como la chica muerta, era tan Lexie Madison como ella lo había sido. El propietario de mi apartamento tiraría mis espantosos trajes chaqueta cuando dejara de cobrar el alquiler. Yo ya no necesitaba nada de lo que había allí. Las hojas del cerezo cayendo delicadamente sobre el camino de entrada, el embriagador olor a libros viejos, el fuego centelleando en los cristales de las ventanas cubiertos por la nieve en Navidades y nunca cambiaría nada; sólo nosotros cinco atravesando aquel jardín amurallado, hasta el infinito. En algún rincón de mi mente un tambor repicaba una melodía de peligro, con fuerza, pero yo sabía, como si lo hubiera visto en una bola de cristal, que aquél era el motivo por el que la joven muerta había venido desde millones de kilómetros de distancia en mi búsqueda, que aquélla había sido siempre la jugada de Lexie Madison: aguardar su momento para tenderme la mano y coger la mía, para guiarme por aquellos escalones de piedra e invitarme a atravesar aquella puerta, para conducirme a mi hogar. La boca de Daniel sabía a hielo y a whisky.
De haber especulado con ello, habría imaginado que Daniel besaría bastante mal, siendo como era tan meticuloso. Su avidez me pilló por sorpresa. Cuando separamos nuestros labios, no sé cuánto tiempo después, el corazón me latía a mil por hora.
«¿Y ahora? -pensé con el último resquicio de claridad que me quedaba-. ¿Qué sucederá ahora?»
La boca de Daniel, sus comisuras curvándose en una minúscula sonrisa, estaba muy cerca de mí. Sus manos descansaban sobre mis hombros, sus dedos pulgares se deslizaban larga y suavemente sobre la línea de mi clavícula.
Frank ni siquiera habría pestañeado; conozco a agentes secretos que se han acostado con gánsteres, que han propinado palizas y que se han pinchado heroína, todo ello en aras del deber. Yo siempre me había reservado mi opinión al respecto, porque no es de mi incumbencia, pero sabía que todo eso era una patraña. Siempre hay otra manera de obtener lo que se busca, si se busca bien. Hicieron todas esas cosas porque querían y porque la misión les servía de excusa.
En aquel instante vi el rostro de Sam delante de mí, con los ojos como platos, atónito, tan nítido como si estuviera de pie asomado por encima del codo de Daniel. Debería haberme sentido avergonzada, pero sólo noté una oleada de pura frustración, golpeándome con tal fuerza que se apoderaron de mí unas ganas incontenibles de chillar. Sam me pareció un enorme edredón de plumas que envolvía toda mi vida, amortiguándome los golpes, asfixiándome con sus vacaciones y sus preguntas protectoras y su calidez tierna e inexorable. Quería quitármelo de encima como fuera, de un solo golpe violento, aspirar una gran bocanada de aire fresco y volver a ser yo.
Lo que me salvó fue la escucha. No lo que pudiera captar, por entonces no pensaba con tanta lucidez, sino las manos de Danieclass="underline" sus dedos estaban a tres centímetros del micrófono que llevaba enganchado a mi sujetador, entre mis pechos. En un abrir y cerrar de ojos estaba más sobria de lo que lo había estado en toda mi vida. Estaba a sólo tres centímetros de chamuscarme.
– ¡Vaya! -exclamé, me detuve y le dediqué una sonrisita a Daniel-. Siempre son los más paraditos…
Ni se inmutó. Me pareció entrever un destello en sus ojos, pero no supe discernir qué era. Mi cerebro parecía haberse atascado: no tenía ni idea de cómo se habría zafado Lexie de una situación como aquélla. Peor aún, tenía la horrible sensación de que no lo habría hecho.
Se oyó un golpetazo dentro de la casa, las puertas cristaleras se abrieron con estrépito y alguien salió de estampida al patio. Era Rafe. Estaba gritando.
– … siempre tienes que hacer un maldito trato con todo…
– Madre de Dios, ésa sí que es buena, viniendo de ti. Eras tú el que quería…
Era Justin, le temblaba la voz de ira. Miré a Daniel con los ojos abiertos como platos, me puse en pie de un brinco y me asomé por entre la hiedra. Rafe caminaba de un lado al otro del patio, mesándose el pelo con la mano; Justin estaba apoyado en la pared, mordiéndose compulsivamente una uña. Seguían discutiendo, pero ahora en voz baja, apenas oía un murmullo rápido y venenoso. El ángulo de la cabeza de Justin, con la barbilla agachada hacia su pecho, insinuaba que estaba llorando.
– ¡Mierda! -exclamé, volviendo la vista por encima de mi hombro hacia Daniel. Seguía sentado en el banco. Las sombras de las hojas distorsionaban sus rasgos; no pude interpretar su expresión-. Creo que han roto algo dentro. Y Rafe parece estar a punto de darle un puñetazo a Justin. ¿Crees que deberíamos…?
Daniel se puso en pie lentamente. Su figura en blanco y negro pareció llenar la hornacina, alta, esbelta e inquietante.
– Sí -asintió-, probablemente deberíamos.
Me apartó de en medio colocándome una mano amable e impersonal sobre el hombro y se dirigió al otro lado del prado. Abby estaba tumbada boca arriba en la hierba, en medio de una voluta de algodón blanco, con un brazo extendido, tal vez adormilada.
Daniel se arrodilló junto a ella y, con mucho cuidado, le apartó un mechón de pelo de la cara; luego volvió a ponerse en pie, se sacudió las briznas de hierba de los pantalones y se encaminó al patio. Rafe gritó: «¡Maldita sea!», giró sobre sus talones y entró en casa de estampida, cerrando la puerta de un portazo a sus espaldas. Justin lloraba sin lugar a dudas.
Nada de aquello tenía sentido. Toda aquella escena incomprensible moviéndose en círculos lentos y oblicuos, la casa tambaleándose irremediablemente, el jardín denso como el agua. Entonces fui consciente de que no estaba tan serena; a decir verdad, tenía una borrachera espectacular. Me senté en el banco y apoyé la cabeza entre las rodillas hasta que la cabeza dejó de darme vueltas.
Supongo que me quedé dormida o que me desmayé. No lo sé. Oí gritos en la distancia, pero no juzgué que tuvieran nada que ver conmigo y les hice caso omiso.
Me despertó un calambre en la nuca. Tardé bastante rato en figurarme dónde estaba: acurrucada en el banco de piedra, con la cabeza apoyada contra la pared en un ángulo poco digno. Mi ropa estaba húmeda y fría, y yo temblaba.
Me desperecé por fases y me puse en pie. Un mal movimiento: la cabeza empezó a darme vueltas y tuve que agarrarme a la hierba para mantener la vertical. En el exterior, la hornacina del jardín había adquirido un tono gris fantasmal y sosegado, previo al amanecer. Ni una sola hoja se movía. Por un instante temí salir de allí; se me antojaba un lugar sagrado.