Daniel enarcó las cejas, sólo un poco.
– Han ido al cine -contestó con tranquilidad-. Yo tenía algunas cosas de las que ocuparme aquí. Hemos preferido no despertarte.
Asentí, le hice un gesto con ambos pulgares hacia arriba y me arrodillé lentamente para extraer mi maletín de debajo de la cama, sin apartar la vista de él. La cajita de música en la mesilla de noche, dura, de bordes afilados y a mi alcance: eso lo invalidaría el tiempo necesario para darme tiempo a huir si era preciso. Pero Daniel no se movió. Marqué la combinación, abrí el maletín, saqué mi documento de identidad y se lo tendí. Lo inspeccionó atentamente.
– ¿Has dormido bien? -me preguntó con toda formalidad.
Tenía la cabeza inclinada sobre mi identificación, absorto, y yo apoyé la mano en la mesilla de noche, a centímetros de mi pistola. Sopesé la posibilidad de intentar metérmela en la faja, pero si él levantaba la vista… No. Cerré la cremallera del maletín y lo bloqueé.
– No demasiado -contesté-. Tengo un dolor de cabeza espantoso. Voy a leer un rato a ver si mejora. ¿Te veo luego?
Agité una mano para atraer la atención de Daniel; me dirigí hacia la puerta y le hice una seña. Miró mi identificación por última vez y la depositó sobre mi mesilla de noche.
– No estoy seguro -contestó.
Se puso en pie y me siguió escaleras abajo. Se movía con mucho sigilo para ser un hombre tan corpuleto. Lo notaba a mi espalda todo el rato y sabía que debería sentir miedo (un empujoncito), pero no era así: la adrenalina fluía por mis venas como una fogata y, sin embargo, jamás en mi vida había estado menos asustada. Éxtasis profundo, lo había denominado Frank en una ocasión, para luego advertirme que no confiara en éclass="underline" los agentes de incógnito pueden ahogarse en el éxtasis de la liviandad con la facilidad con que un submarinista puede ahogarse en un mar abisal, pero no me importaba.
Daniel permaneció de pie en el vano de la puerta del salón, observándome con interés, mientras yo tarareaba Oh, Johnny, How You Can Love en voz baja y hojeaba los discos. Extraje el Requiem de Fauré, avancé hasta las sonatas de cuerda (no estaba mal que Frank escuchara algo de calidad y ampliara sus horizontes culturales para variar y, por otro lado, dudaba mucho que apreciara el salto intermedio) y ajusté un volumen alto pero agradable. Me lancé a mi sillón de un salto, suspiré con satisfacción y hojeé unas cuantas páginas de mi cuaderno de notas. Luego, con sumo cuidado, me quité el vendaje venda a venda, me desabroché el micrófono del sujetador y dejé todo aquel tinglado sobre la butaca y me dediqué a disfrutar de la música unos instantes.
Daniel me siguió a través de la cocina y salió por las puertas cristaleras tras de mí. No me gustaba la idea de atravesar el prado descampado («No cuentas con vigilancia visual», me había advertido Frank, pero me habría dicho lo mismo en cualquier caso), pero no teníamos otra alternativa. Bordeé el seto y nos adentramos en la arboleda. Una vez quedamos fuera de la vista, me relajé lo suficiente para acordarme de mi camisa y abotonármela de nuevo. Si Frank tenía a alguien apostado vigilándonos, aquello le podría haber dado algo en qué pensar.
La hornacina estaba más luminosa de lo que yo había imaginado; la luz caía en largos haces oblicuos y dorados sobre la hierba, se deslizaba entre las trepadoras y refulgía dibujando manchas en las losas. Notaba la frialdad del asiento incluso a través de los tejanos. La hiedra volvió a colocarse en su sitio con un balanceo y nos escondió.
– De acuerdo -dije-. Hablemos, pero en voz baja, por si acaso.
Daniel asintió. Sacudió unas motas de tierra del otro banco y se sentó.
– Entonces, Lexie está muerta -supuso.
– Me temo que sí -contesté-. Lo siento.
Mi disculpa sonaba ridícula a un millón de niveles, una insensatez.
– ¿Cuándo murió?
– La noche que la apuñalaron. No sufrió mucho, si eso sirve de consuelo.
No respondió. Se entrelazó las manos sobre el regazo y proyectó la vista más allá de la hiedra. El riachuelo murmuraba a nuestros pies.
– Cassandra Maddox -dijo Daniel al fin, como si quisiera comprobar cómo sonaba-. Me lo he preguntado infinidad de veces, ¿sabes?, cuál era tu verdadero nombre. Te pega.
– Me llaman Cassie -aclaré.
Pasó por alto mi aclaración.
– ¿Por qué te has quitado el micrófono?
Con cualquier otra persona habría intentado esquivar aquella pregunta, eludirla con un «¿Tú por qué crees?», pero no con Daniel.
– Quiero saber qué le ocurrió a Lexie. No me importa que alguien más lo oiga o no -contesté-. Y he pensado que es más factible que me lo cuentes si te daba una buena razón para confiar en mí.
Fuera por educación o por indiferencia, no remarcó la ironía.
– ¿Crees acaso que yo sé cómo murió? -me preguntó.
– Sí -contesté-. Lo creo.
Daniel meditó mi respuesta.
– En ese caso, ¿no deberías estar asustada de mí?
– Quizá, pero no lo estoy.
Me escrutinó durante un largo momento.
– Te pareces demasiado a Lexie, ¿sabes? -dijo-. No sólo físicamente, también en el temperamento. Al principio me pregunté si simplemente quería creerlo, excusar el hecho de que me hubieran engañado durante tanto tiempo, pero es verdad. Lexie no tenía miedo. Era como una patinadora de hielo haciendo equilibrios sin esfuerzo en el borde de su propia vida, dando saltos y cabriolas alegres y complicadas sólo por afán de divertirse. Siempre la envidié por eso. -Sus ojos estaban ensombrecidos y me resultaba imposible descifrar su expresión-. ¿Todo esto ha sido sólo por diversión? Si me permites la pregunta.
– No -contesté-. Al principio ni siquiera quería hacerlo. Fue idea del detective Mackey. Lo consideró necesario para la investigación.
Daniel asintió, sin sorprenderse.
– Sospecha de nosotros desde el principio -aventuró.
Y yo caí en la cuenta de que Frank tenía razón, por supuesto que tenía razón. Toda su cháchara sobre el misterioso extraño que siguió a Lexie por medio mundo no era más que una cortina de humo: Sam habría montado en cólera si pensara que yo iba a compartir techo con el asesino. La famosa intuición de Frank había aparecido incluso antes de convocarnos a todos en la sala de la brigada. Sabía, desde el principio, que la respuesta estaba dentro de aquella casa.
– Un hombre interesante, el detective Mackey -continuó Daniel-. Es como esos asesinos encantadores de las obras teatrales jacobeas, los que siempre declaman los mejores monólogos: Bosola o De Flores. Es una lástima que no puedas contármelo todo; seguro que me fascinaría saber cuánto ha adivinado.
– A mí también -repliqué-. Créeme.
Daniel sacó su pitillera, la abrió y me ofreció educadamente un cigarrillo. Su rostro, inclinado sobre el mechero mientras yo resguardaba la llama con la mano, parecía absorto y tranquilo.
– Y bien -dijo, una vez hubo encendido su propio cigarrillo y guardado la pitillera-. Estoy seguro de que tendrás preguntas que te gustaría formularme.
– Si me parezco tanto a Lexie -empecé a decir-, ¿qué me ha delatado?
No pude evitarlo. No era por orgullo profesional ni por nada semejante; simplemente necesitaba saber, con todas mis fuerzas, cuál había sido esa diferencia que no había pasado inadvertida.
Daniel volvió la cabeza y me miró. La expresión de su rostro me sorprendió: era algo parecido al afecto o a la compasión.
– Permíteme que te diga que tu actuación ha resultado extraordinaria -contestó con amabilidad-. De hecho, no creo que los demás sospechen nada. Tendremos que decidir qué hacer con eso, tú y yo.
– No puedo haberlo hecho tan bien -repliqué-; de lo contrario, no estaríamos aquí.