Daniel sacudió la cabeza.
– Creo que eso sería subestimarnos a los dos, ¿no crees? Lo cierto es que has estado poco menos que impecable. Yo me percaté casi de inmediato de que algo no encajaba; todos nos dimos cuenta, de la misma manera que intuirías que algo no funciona si reemplazaran a tu pareja por su gemelo idéntico. Pero eran muchas las razones que podían esgrimirse para justificarlo. Al principio me pregunté si estabas fingiendo la amnesia, por motivos personales, pero poco a poco empecé a pensar que tu memoria sí había sufrido daños (no parecía existir ninguna razón para que fingieras olvidar haber encontrado ese álbum de fotos, por ejemplo, y era evidente que te perturbó el hecho de no recordarlo). Una vez concluí que ése no era el problema, lo atribuí a que quizás estuvieras planeando irte, cosa que habría sido comprensible, dadas las circunstancias, pero Abby parecía convencida en sentido contrario y yo confío en el juicio de Abby. Y realmente parecía… -Me miró-. Parecías verdaderamente feliz, ¿sabes? Más que feliz: contenta, estable, arropada entre nosotros como si nunca te hubieras ido. Quizá fue una actitud deliberada y eres incluso mejor en tu trabajo de lo que yo opino, pero me cuesta creer que tanto mi instinto como el de Abby pudieran estar tan equivocados.
No había nada que pudiera alegar en mi defensa. Por una fracción de segundo quise hacerme una bola y aullar hasta desgañitarme, como un niño devastado por la crueldad más pura de este mundo. Incliné la barbilla en un gesto que no daba a entender nada, le di una calada al cigarro y sacudí la ceniza sobre las piedras.
Daniel esperó con una paciencia grave que me hizo sentir un escalofrío de advertencia. Cuando quedó claro que no tenía intención de responder nada, asintió, un asentimiento apenas perceptible, privado, pensativo.
– Como sea -continuó-, decidí que tú, o mejor dicho, Lexie, simplemente estabas traumatizada. Un trauma profundo, y es evidente que éste podría calificarse así, puede trastocar por completo la personalidad: convertir a una persona fuerte en un amasijo de nervios, a alguien de naturaleza feliz en un ser melancólico, a alguien agradable en alguien malicioso. Puede hacerte estallar en mil pedazos y luego recomponer los fragmentos de una manera completamente irreconocible. -Su voz era homogénea, serena; miraba en otra dirección, hacia las flores del espino, blancas y ondulantes en la brisa; no le veía los ojos-. Los cambios en Lexie eran tan nimios, tan triviales, tan fácilmente explicables. Supongo que el detective Mackey te facilitó la información necesaria.
– El detective Mackey y la propia Lexie a través de su teléfono con cámara de vídeo.
Daniel meditó sobre aquello tanto rato que pensé que había olvidado mi pregunta. Su rostro tenía una inmovilidad incorporada; quizá fuera por su mandíbula cuadrada, que hacía casi imposible interpretar su expresión.
– «Todo estás sobrevalorado, salvo Elvis y el chocolate» -recordó al fin-. Ésa sí que fue buena.
– ¿Me delataron las cebollas? -pregunté.
Respiró hondo y se removió, como si saliera de su ensoñación.
– Aquellas cebollas -dijo con una leve sonrisa-. Lexie las detestaba: las cebollas y la col. Por suerte, a ninguno de los demás nos entusiasma la col, pero tuvimos que llegar a un acuerdo con respecto a la cebolla: una vez a la semana. Aun así, ella seguía quejándose y la apartaba, sobre todo para incordiar a Rafe y a Justin, creo. Así que, cuando te las comiste sin rechistar y pediste repetir, supe que algo no encajaba. No sabía exactamente qué (disimulaste muy bien), pero me resultaba imposible pasarlo por alto. La única explicación plausible que se me ocurrió, por increíble que pudiera parecer, fue que no eras Lexie.
– De manera que decidiste tenderme una trampa -aventuré-. Lo del Brogan.
– Bueno, yo no lo llamaría una trampa -aclaró Daniel, con una ligera aspereza-. Era más bien una prueba. Se me ocurrió en ese momento. Lexie no opinaba nada acerca del Brogan, ni bueno ni malo; de hecho, ni siquiera sé si alguna vez había ido, cosa que una impostora no tenía por qué saber; era posible que hubieras descubierto sus gustos y sus manías, pero no sus indiferencias. El hecho de que respondieras bien y el comentario de Elvis me tranquilizaron. Pero anoche con aquel beso…
Me quedé fría, hasta que recordé que no llevaba el micro.
– ¿Acaso Lexie no lo habría hecho? -pregunté con frialdad, inclinándome hacia delante para apagar el cigarro en la piedra.
Daniel me sonrió, con esa sonrisa dulce y lenta que, de repente, multiplicaba exponencialmente su belleza.
– ¡Desde luego que lo habría hecho! -contestó-. Ese beso encajaba perfectamente con el personaje… y además estuvo muy bien, si me permites la indiscreción. -No pestañeé-. No, fue tu reacción. Por una milésima de segundo pareciste aturdida, completamente desconcertada por lo que acababas de hacer. Luego te recuperaste e hiciste algún comentario liviano y encontraste una excusa para largarte, pero ¿sabes?, Lexie jamás se habría conmocionado por aquel beso, en absoluto. Y, desde luego, nunca se habría echado atrás llegados a ese punto. Se habría… -Soltó el humo dibujando círculos en dirección a la hiedra-. Se habría sentido victoriosa.
– ¿Por qué? -pregunté-. ¿Acaso había estado intentando que ocurriera algo parecido?
Revisé mentalmente aquellos vídeos grabados; había flirteado con Rafe y Justin, pero nunca con Daniel, en ningún momento, aunque tal vez se tratara de un farol para confundir a los demás…
– Eso es lo que te delató -explicó Daniel.
Lo miré fijamente. Apagó la colilla con el zapato.
– Lexie era incapaz de pensar en el pasado -añadió- e incapaz de pensar un paso más adelante en el futuro. Quizás ése fue uno de los puntos que se te pasó por alto. No te culpo; ese nivel de simplicidad es difícil de concebir y también arduo de describir. Era tan desconcertante como una deformidad. Dudo seriamente que hubiera sido capaz de planear una seducción; pero una vez sucediera, no habría visto motivo para sentirse alarmada y, ciertamente, ninguno para refrenarse. En cambio, era evidente que tú estabas calculando las consecuencias que aquello podía acarrear. Supuse que tenías un novio o una pareja en tu propia vida.
No dije nada.
– De manera que esta tarde -prosiguió Daniel-, cuando los demás se habían ido, he telefoneado a la comisaría y he preguntado por el detective Sam O'Neill. La mujer que ha respondido al teléfono no encontraba su extensión al principio, pero luego ha buscado en un listín y me ha dado un número al que llamar. Y ha añadido: «Es de la brigada de Homicidios». -Suspiró cansado-. Homicidios -repitió en voz baja-. Así ha sido como lo he sabido.
– Lo lamento -volví a decir.
Durante todo el día, mientras bebíamos café, nos incordiábamos mutuamente y nos quejábamos de la resaca, mientras había enviado a los demás al cine y había permanecido sentado en el pequeño dormitorio de Lexie a oscuras, esperándome, había cargado con aquel peso solo.
Daniel asintió.
– Sí -dijo al fin-. Me doy cuenta.
Se produjo un largo silencio. Finalmente lo rompí con un:
– Sabes que debo preguntarte qué ocurrió.
Daniel se quitó las gafas y las limpió con su pañuelo. Sin ellas, sus ojos parecían vacíos, ciegos.
– Hay un proverbio que siempre me ha fascinado -comentó-. «Por lo que quieras tomar, un precio has de pagar, dice Dios.» -Sus palabras cayeron en el silencio bajo la hiedra como guijarros fríos en el agua, y se hundieron sin dibujar ni siquiera una onda-. No creo en Dios -confesó Daniel-, pero me parece que ese refrán encierra una divinidad inherente; una especie de pureza cegadora. ¿Qué podría ser más simple o más crucial? Puedes tener todo lo que quieras, siempre y cuando aceptes que todo tiene un precio y que hay que pagarlo. -Se puso las gafas y me miró, sosegado, mientras se guardaba el pañuelo de nuevo en el bolsillo de la camisa-. Tengo la sensación de que, en tanto que sociedad, hemos acabado por desatender la segunda parte. Sólo oímos el «Lo que quieras tomar»; nadie menciona nada de que haya un precio y, cuando llega el momento de saldar las deudas, todo el mundo se indigna. Piensa en la explosión económica nacional, el ejemplo más evidente: tenía un precio, un precio muy caro, a mi juicio. Ahora tenemos restaurantes de sushi y todoterrenos, pero la gente de nuestra edad no puede permitirse vivir en la ciudad donde ha crecido, de manera que comunidades de siglos de antigüedad se están desintegrando como castillos de arena. La gente pasa cinco o seis horas diarias en atascos de tráfico y los padres nunca ven a sus hijos porque tienen que trabajar de sol a sol para llegar a fin de mes. Ya no tenemos tiempo para la cultura; los teatros están cerrando, la arquitectura está siendo demolida para erigir edificios de oficinas. Y así hasta el infinito.