Ni siquiera sonaba indignado, sólo absorto.
– No creo que haya que indignarse por ello -continuó, leyendo mi mirada- De hecho, ni siquiera debería sorprendernos. Hemos cogido lo que nos ha apetecido y ahora estamos pagando por ello, y estoy convencido de que muchas personas consideran que, puesto en el fiel de la balanza, el pacto no ha estado tan mal. Lo que sí me sorprende es el silencio desesperado que rodea ese precio. Los políticos no paran de sermonearnos con que vivimos en Utopía. Si cualquiera con un poco de visión de futuro se atreve a insinuar siquiera que posiblemente esta dicha no sea gratuita, entonces ese espantoso hombrecito, ¿cómo se llama?, el primer ministro, sale en televisión, no para esclarecer que ese peaje es la ley de la naturaleza, sino para desmentir su misma existencia y reprendernos como si fuéramos criaturas por sacarlo a relucir. Yo al final tuve que desprenderme del televisor -añadió, un tanto irritado-. Nos hemos convertido en un país de morosos: compramos a crédito y, cuando nos llega la factura, nos sentimos tan profundamente indignados que rehusamos incluso mirarla.
Se ajustó las gafas con un nudillo y pestañeó, mirándome a través de los cristales.
– Siempre he aceptado -prosiguió sin más- que hay que pagar un precio.
– ¿Por qué? -pregunté-. ¿Qué quieres?
Daniel meditó acerca de ello en silencio, no acerca de la respuesta en sí, sino de cuál era el mejor modo de explicármela.
– Al principio -contestó al fin- era más una cuestión de lo que no quería. Mucho antes de acabar la universidad tenía claro que el trato estándar, un atisbo de luz a cambio de tu tiempo libre y de comodidades, no iba conmigo. Me contentaba con vivir con frugalidad, si de ese modo podía evitar entrar en el cubículo de las nueve a las cinco. Estaba más que predispuesto a sacrificar tener un coche nuevo, disfrutar de unas vacaciones al sol y comprarme un… ¿cómo se llama ese trasto?… un iPod.
Yo estaba a punto de perder los nervios, e imaginar a Daniel en una playa de Torremolinos, bebiendo un cóctel tecnicolor y meneando el esqueleto al son de su iPod, hizo que casi estallara en carcajadas. Me miró con una leve sonrisa.
– No habría supuesto un gran sacrificio, en absoluto. Pero se me pasó por alto tener en cuenta que ningún ser humano es una isla, que no podía quedar fuera del sistema imperante por mi cara bonita. Cuando un modo de vida concreto se convierte en el estándar de toda una sociedad, cuando lo adopta una masa crítica, por decirlo de algún modo, no son muchas las alternativas a las que puedes aferrarte. Vivir de una manera sencilla no es una opción viable en nuestros días; o uno se convierte en una abeja obrera o sobrevive a base de tostadas en un apartamento de mala muerte compartido con catorce estudiantes más, y la verdad es que esa idea tampoco me seducía particularmente. La probé durante un tiempo, pero me resultaba inviable trabajar con tanto ruido y el propietario era un campesino siniestro que se presentaba en el apartamento a deshoras y quería mantener una charla y… bueno, no importa. La libertad y la comodidad se cotizan al alza en estos días. Si las quieres, tienes que estar dispuesto a pagar el precio que corresponde, y no es bajo.
– ¿Acaso no tenías otras opciones? -inquirí-. Pensaba que tenías dinero.
Daniel me miró con recelo; yo le devolví una mirada anodina. Al final suspiró.
– Creo que me apetece una copa -terció-. Creo que dejé… Sí, aquí está. -Se inclinó hacia un lado y rebuscó algo debajo del banco, y yo estaba preparada incluso antes de saberlo (no había nada a mano que pudiera servirme de arma, pero si le daba un latigazo con la hiedra en la cara, podría darme tiempo a coger el micro y pedir auxilio), pero lo que sacó fue una botella de whisky medio llena-. La traje anoche y luego, con tanta emoción, se me olvidó. Y aquí debería haber… Aquí está. -Sacó un vaso-. ¿Te apetece un poco?
Era un whisky de calidad, Jameson's Crested Ten, y yo necesitaba una copa como agua de mayo, pero contesté:
– No, gracias.
Nada de riesgos innecesarios; aquel tipo era mucho más inteligente que la media. Daniel asintió, examinó el vaso y se inclinó para aclararlo en el hilillo de agua.
– ¿Alguna vez has pensado en el nivel tan brutal de miedo que gobierna en este país?
– La verdad es que no es algo a lo que le dedique mucho tiempo, no -respondí.
Me estaba costando seguir el hilo de aquella conversación, pero conocía a Daniel lo suficiente para saber que era un medio para llegar a un fin, y que llegaría a su debido tiempo. Quedaban unos cuarenta y cinco minutos antes de que Fauré concluyera su sinfonía y a mí siempre se me ha dado bien dejar que el sospechoso conduzca el espectáculo. Por muy fuerte o muy controlado que seas, guardar un secreto (y eso es algo que yo debería saber) se torna pesado transcurrido un tiempo, pesado y extenuante y tan solitario que parece una carga letal. Si los dejas hablar, basta con que te limites a cabecear de vez en cuando y encauzarlos en la dirección correcta, y ellos se encargan del resto. Sacudió las gotitas de agua del vaso y sacó su pañuelo de nuevo para enjugarlo.
– Parte de la mentalidad del deudor es una corriente subyacente de terror constante y contenida con desesperación. Tenemos una de las proporciones de endeudamiento por renta más elevadas del mundo y, según parece, la mayoría de nosotros estamos a dos nóminas de vernos en la calle. Quienes ocupan el poder, los Gobiernos, la patronal, explotan este hecho en beneficio propio y a un nivel extraordinario. Las personas asustadas son obedientes, no sólo física, sino también intelectual y emocionalmente. Si tu jefe te dice que trabajes horas extra y tú sabes que negándote podrías poner en peligro todo lo que posees, entonces no sólo trabajas ese tiempo extra, sino que te convences de que lo estás haciendo de manera voluntaria, por lealtad a la empresa; porque la alternativa es reconocer que vives inmerso en el terror. Antes de que te des cuenta, te has autoconvencido de que sientes un profundo vínculo emocional con alguna multinacionaclass="underline" no sólo le has cedido las horas estipuladas en tu contrato, sino todo tu proceso de pensamiento. Las únicas personas capaces de actuar sin condicionamientos o sin trabas al pensamiento son aquellas que, ya sea porque su valentía no conoce límites, porque han perdido la cordura o porque saben que pueden actuar con impunidad, no sienten miedo. Se sirvió tres dedos de whisky.
– Yo no soy, ni en el más remoto de los casos, ningún héroe -continué)- y tampoco me considero un enajenado. No creo que ninguno de los demás sea tampoco ninguna de ambas cosas. Y, sin embargo, mi único deseo era que todos contáramos con la posibilidad de la libertad. -Dejó la botella en el suelo y me miró-. Me has preguntado qué era lo que quería. He pasado mucho tiempo preguntándome lo mismo. Hace ahora uno o dos años llegué a la conclusión de que sólo ambicionaba dos cosas en este mundo: la compañía de mis amigos y la oportunidad de pensar sin cortapisas.
Aquellas palabras se me clavaron como un puñal de añoranza en el corazón.
– No parece demasiado -contesté.