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Daniel asintió.

– Aunque parezca improbable -contestó-, yo creo en los milagros, en la posibilidad de lo imposible. Ciertamente, esta casa siempre me ha parecido un milagro que se materializó justo en el momento en que más la necesitábamos. Intuí de inmediato, en el preciso instante en que el abogado de mi tío me llamó para darme la noticia, lo que esta casa podía significar para nosotros. Los otros tenían dudas; discutimos durante meses. Lexie, al margen de la ironía trágica que suponga ahora, fue la única a quien siempre pareció entusiasmarle la idea. Abby fue la más difícil de convencer, pese a ser quien más necesitaba una casa, o quizá precisamente por eso, pero al final consintió. Supongo que, si estás absolutamente seguro de algo, es casi inevitable acabar convenciendo a quien duda, en un sentido o en otro. Y yo estaba seguro. Nunca he estado más seguro de algo.

– ¿Por eso convertiste a los demás en copropietarios?

Daniel me miró con acritud, pero yo mantuve mi expresión de interés superficial y, al cabo de un momento, volvió a proyectar la mirada en la hiedra.

– Bueno, no lo hice para ganármelos ni nada por el estilo, si es a lo que te refieres -replicó-. En absoluto. Era un movimiento absolutamente esencial para lo que tenía en mente. Yo no quería la casa en sí, aunque la adoro, sino seguridad para todos nosotros; un puerto seguro. De haber sido yo el único propietario, entonces la cruda realidad habría sido que habría ejercido de casero de los demás y ellos no habrían tenido más seguridad de la que tenían antes. Habrían estado a merced de mis caprichos, aguardando siempre a que fuera yo quien decidiera trasladarse o casarse o vender la propiedad. De esta manera se convertía en nuestro hogar, para siempre.

Levantó una mano y apartó la cortina de hiedra a un lado. La piedra de la casa refulgía en tonos ámbar y rosado bajo la luz de la puesta de sol, cálida y dulcemente; las ventanas resplandecían como si hubiera un incendio en el interior.

– Me parecía una idea maravillosa -continuó-. Tanto que casi me costaba concebirla. El día que nos trasladamos aquí limpiamos la chimenea, nos bañamos en un agua fría como el hielo, encendimos un fuego y nos sentamos frente a él a beber cacao frío con grumos e intentar hacer tostadas; la cocina no funcionaba, el calentador eléctrico tampoco y sólo había dos bombillas operativas en toda la casa. Justin llevaba puesto todo su armario y se quejaba de que íbamos a morir todos de neumonía o inhalación de moho o ambas cosas, y Rafe y Lexie le tomaban el pelo diciéndole que habían oído ratas en el ático; Abby amenazó con enviarlos a los dos a dormir allí arriba si no eran capaces de comportarse. Yo chamuscaba una tostada tras otra, o se me caían en el fuego, y todos lo encontrábamos ridículamente divertido; nos reímos tanto que nos costaba respirar. Nunca he sido tan feliz en toda mi vida.

Sus grises ojos aparecían relajados, pero el tono de su voz, como el tañido profundo de una campana, me hirió en algún punto bajo el esternón. Sabía desde hacía semanas que Daniel era infeliz, pero en aquel momento entendí que, fuera lo que fuese lo que había ocurrido con Lexie, le había roto el corazón. Lo había apostado todo por aquella idea brillante y había perdido. Al margen de lo que digan, una parte de mí cree que aquel día bajo la hiedra debería haber anticipado los acontecimientos, debería haber visto el patrón desarrollarse ante mis ojos limpia, rápida e implacablemente. Y que debería haber sabido cómo detenerlo.

– ¿Y qué falló? -le pregunté en voz baja.

– La idea era imperfecta, por supuesto -contestó con irritación-. Tenía defectos innatos y fatales. Dependía de dos de los mayores mitos de la raza humana: la posibilidad de la permanencia y la simplicidad de la naturaleza humana. Ambos están largamente analizados en la literatura, pero la más pura de las fantasías gobierna fuera de las cubiertas de un libro. Nuestra historia debería haber concluido aquella noche con el cacao frío, la noche que nos trasladamos; y todos habríamos vivido felices y comido perdices. Pero, inoportunamente, la vida real exigía que continuáramos viviendo. -Se acabó la bebida de un largo trago e hizo una mueca-. Esto está asqueroso. Ojalá tuviéramos hielo.

Esperé mientras se servía otra copa, la miró con ligero desagrado y la apoyó en el banco.

– ¿Puedo preguntarte algo? -dije.

Daniel asintió.

– Antes decías que cada cosa tiene su precio. ¿Qué precio tuviste que pagar tú por esta casa? Tengo la impresión de que obtuviste exactamente lo que querías de manera gratuita.

Arqueó una ceja.

– ¿De verdad lo crees? Hace varias semanas que vives aquí. Seguramente te habrás hecho una idea bastante aproximada del precio que hay que pagar.

Así era, por supuesto que así era, pero quería oírselo decir a él.

– Nada de pasados -aclaré-. Y eso para empezar.

– Nada de pasados -repitió Daniel, casi para sí mismo. Transcurrido un momento se encogió de hombros-. Eso formaba parte del pacto, sin duda. La casa tenía que suponer un comienzo de cero para todos nosotros, todos juntos. Pero ésa fue la parte más fácil. Tal como ya habrás intuido, ninguno de los cuatro tenemos un pasado que nos apetezca recordar. En realidad, los aspectos prácticos han resultado ser mucho más difíciles que los psicológicos: conseguir que el padre de Rafe dejara de telefonearlo e insultarlo, que el padre de Justin dejara de acusarlo de unirse a una secta y de amenazarlo con llamar a la policía, y que la madre de Abby dejara de aparecer a las puertas de la biblioteca en pleno colocón de lo que sea que toma. Sin embargo, en comparación, éstas eran cuestiones menores, dificultades técnicas que se habrían solventado por sí solas a su debido tiempo. El verdadero precio… -Deslizó un dedo alrededor del borde del vaso, en gesto ausente, mientras contemplaba el color dorado del whisky resplandecer y atenuarse por efecto de su propia sombra-. Supongo que habrá quienes lo llamarían «estado de animación suspendida» -explicó al fin-. Aunque para mí eso sería una definición de lo más simplista. El matrimonio y los hijos, por poner un ejemplo, quedaban descartados como opción de futuro para nosotros. Las probabilidades de encontrar a un extraño que encajara en lo que francamente podría definirse como un círculo inusual, por mucho que la persona estuviera dispuesta a hacerlo, eran insignificantes. Y aunque no negaré que han existido momentos de intimidad entre nosotros, que dos de nosotros tuviéramos una historia de amor sin lugar a dudas habría dañado nuestro equilibrio de manera irreparable.

– ¿Momentos de intimidad? -pregunté. El bebé de Lexie-. ¿Entre quién?

– Francamente -contestó Daniel, con un leve deje de impaciencia-, no creo que eso venga al caso. Lo importante es que para convertir éste en un hogar compartido debíamos renunciar al derecho a disfrutar de muchas cosas que el resto de los seres humanos consideran sus objetivos primordiales. Teníamos que renunciar a todo lo que el padre de Rafe llamaría «el mundo real».

Quizá se debiera al efecto del whisky mezclado con la resaca y el estómago medio vacío. Ideas extrañas se me arremolinaban en el pensamiento, reflejando destellos de luz como si de prismas se tratara. Recordé leyendas antiguas: viajeros maltratados saliendo a trompicones de la tormenta y entrando en salones de banquetes resplandecientes, soltando el ancla de su vida anterior a la vista de una rebanada de pan o un vaso de aguamiel. Me acordé también de aquella primera noche, de ellos cuatro sonriéndome desde el otro lado de una mesa con un festín, de los brindis y las serpentinas de hiedra, de sus pieles tersas, de su belleza y de la luz de las velas reflejada en sus ojos. Recordé el segundo antes de que Daniel y yo nos besáramos, recordé cómo los cinco nos habíamos alzado ante mí como fantasmas sobrecogedores y eternos, levitando dulce y suavemente sobre las briznas de hierba, y entonces volví a oír aquel tambor redoblando en la lejanía anunciando el peligro.