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– No es tan siniestro como suena, ¿sabes? -añadió, intuyendo algo en mi expresión-. Al margen de lo que las campañas publicitarias pretendan vendernos, no podemos tenerlo todo. El sacrificio no es una opción ni un anacronismo, es un hecho vital. Todos nos cortamos las extremidades para ofrecerlas en ritual ante algún altar. Lo esencial es escoger un altar que lo merezca y una extremidad a la que pueda renunciarse sin demasiado perjuicio. Consentir el sacrificio.

– Y tú lo hiciste -sentencié. Noté el banco de piedra balancearse debajo de mí, oscilando con la hiedra a un ritmo lento y embriagador-. Consentiste.

– Así es, sí -contestó Daniel-. Era consciente de todas las implicaciones, perfectamente consciente. Las había meditado antes de embarcarme en esta historia y había concluido que era un precio que merecía la pena pagar; dudo que hubiera querido tener descendencia en cualquier caso y nunca he creído demasiado en el concepto de un alma gemela. Di por descontado que los demás habían reflexionado también sobre ello, que habían calibrado las apuestas y habían resuelto que el sacrificio compensaba. -Se llevó el vaso a los labios y bebió un trago-. Ése fue mi primer error.

Estaba tan tranquilo… Entonces ni siquiera lo oí; fue mucho después, cuando revisé la conversación mentalmente, en busca de pistas, cuando me percaté de ello: «fue», «había». Daniel había utilizado el pasado en todo momento. Entendía que aquella historia había terminado, tanto si los demás eran conscientes de ello como si no. Sentado allí, bajo la hiedra, con un vaso en la mano, sereno cual un Buda, contempló la proa de su barco inclinarse y deslizarse bajo las olas.

– ¿No se lo habían planteado? -pregunté. La mente seguía patinándome, ingrávida; todo era liso como el cristal y no encontraba nada a lo que agarrarme. Por un segundo me pregunté estúpidamente si Daniel habría echado droga en el whisky, pero él había bebido mucho más que yo y parecía estar sereno-. ¿O cambiaron de opinión?

Daniel se frotó el puente de la nariz con el índice y el pulgar.

– La verdad es que -dijo un tanto cansinamente-, si lo piensas bien, cometí un número asombroso de errores desde el principio. La historia de la hipotermia, por ejemplo: nunca debería habérmela creído. En un principio, de hecho, no lo hice. Sé muy poco de medicina, pero cuando tu colega, el detective Mackey, me vino con ese cuento, no me creí ni una sola palabra. Supuse que esperaba que mostráramos una mayor predisposición a hablar si creíamos que se trataba de una agresión en lugar de un asesinato, y que Lexie podía contárselo todo en cualquier momento. Durante toda aquella semana di por descontado que nos estaba engañando. Pero entonces… -Levantó la cabeza y me miró, pestañeando, como si casi hubiera olvidado mi presencia-. Pero entonces llegaste tú. -Recorrió mi rostro con sus ojos-. El parecido es verdaderamente asombroso. ¿Eres, quiero decir, eras pariente de Lexie?

– No -contesté-. Al menos que yo sepa.

– No. -Daniel revisó sus bolsillos metódicamente, extrajo el cajetín de cigarrillos y el mechero-. Lexie nos explicó que no tenía familia. Quizás eso me indujera a pensar que tú no podías existir. La extrañeza inherente de esta situación jugó en tu favor en todo momento: cualquier sospecha de que tú no fueras Lexie debería haberse fundamentado en la hipótesis improbable de tu existencia. Debería haber recordado a Conan Doyle: «Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad». -Encendió el mechero e inclinó la cabeza para prender el cigarrillo-. Sabía que era imposible que Lexie estuviera viva. Yo mismo le comprobé el pulso.

El jardín enmudeció bajo la tenue luz dorada. Los pájaros callaron, las ramas se detuvieron a medio balanceo; la casa, un colosal silencio pendido sobre nosotros, escuchaba. Yo había dejado de respirar. Lexie sopló la hierba con una lluvia dorada de viento, se columpió en los espinos y luego se detuvo, ligera como una hoja, en la pared que había junto a mí, se deslizó por encima de mi hombro e incendió mi espalda como una llamarada espectral.

– ¿Qué sucedió? -pregunté, en voz muy baja.

– Sabes que no puedo explicártelo -respondió Daniel-. Como probablemente sospecharás, a Lexie la apuñalaron en la casa, en la cocina, para ser más exactos. No encontrarás restos de sangre: no la hubo en aquel momento, aunque sé que sangró después, y no encontrarás el cuchillo. No hubo premeditación ni intención de matarla. La perseguimos, pero para cuando la encontramos ya era demasiado tarde. Creo que es todo lo que puedo decir.

– De acuerdo -acepté-. Está bien. -Apoyé los pies con firmeza en las losas e intenté organizarme el pensamiento. Quería sumergir una mano en el estanque y refrescarme la nuca con agua, pero no podía permitirle a Daniel que intuyera mi estado y, de todos modos, dudo mucho que me hubiera servido de algo-. ¿Puedo decirte lo que creo que sucedió?

Daniel inclinó la cabeza e hizo un leve y cortés gesto con una mano: «Por favor».

– Creo que Lexie planeaba vender su parte de la casa. -No se sorprendió, ni siquiera pestañeó. Me observaba insulsamente, como un profesor en un examen oral, sacudiendo la ceniza de su cigarrillo, apuntándola al agua, donde se extinguía con un siseo-. Y estoy bastante segura de por qué.

Estaba convencida de que reaccionaría a eso, completamente: debía de llevar un mes preguntándoselo, pero negó con la cabeza.

– No quiero saberlo -dijo-. La verdad es que, a estas alturas, ya no importa, si es que alguna vez importó. Creo que los cinco tenemos una vena despiadada, cada uno a su manera. Posiblemente tenga que ver con el territorio, con haber cruzado ese río y estar seguro de lo que se quiere. Y sin duda Lexie podía ser despiadada, pero no cruel. Cuando pienses en ella, por favor, recuérdalo. Nunca fue cruel.

– Iba a venderle su parte a tu primo Ned -rebatí-, al señor Apartamentos Para Ejecutivos en persona. A mí eso me suena a crueldad.

Daniel me desconcertó al estallar en carcajadas, una carcajada dura, sin humor.

– Ned -repitió, con una sonrisa artera en la comisura del labio-. Dios mío. A mí me preocupaba mucho más él que Lexie. Lexie, como tú, era muy terca: si decidía contarle a la policía lo ocurrido, lo haría, pero si no quería hablar, por muchos interrogatorios a los que la sometieran, no le habrían sacado ni mu. En cambio, Ned… -Exhaló un suspiro exasperado, expulsando el humo por la nariz, y sacudió la cabeza-. No es ya que Ned tenga una personalidad débil. Es que no tiene personalidad. Es un cero a la izquierda. No es más que un reflejo de lo que él considera que los demás quieren ver. Antes hablábamos de saber lo que se quiere… Ned estaba entusiasmado con el plan de reconvertir la casa en apartamentos de lujo o un club de golf, tenía montones de complejas proyecciones financieras que demostraban cuántos cientos de miles podíamos ganar a lo largo de los años, pero no tenía ni idea de por qué quería hacerlo. Ni la más mínima idea. Cuando le pregunté qué diablos pensaba hacer con todo ese dinero, porque no es que esté en la cola del racionamiento precisamente, se me quedó mirando perplejo, como si le hablara en otro idioma. Mi pregunta se le antojaba completamente incomprensible, a años luz de su marco de referencia. No es que se muriera de ganas de viajar alrededor del mundo, por ejemplo, o de dejar su trabajo y centrarse en pintar La gran obra maestra irlandesa. Ansiaba ese dinero simplemente porque todo lo que le rodea le había dicho que eso es lo que debía ansiar. Y le resultaba completamente inconcebible que nosotros cinco pudiéramos tener otras prioridades, prioridades que nosotros mismos habíamos establecido.

Apagó la colilla.

– Precisamente por eso -continuó- entenderás que era Ned quien más me preocupaba. Tenía todos los motivos del mundo para mantener la boca cerrada acerca de sus tratos con Lexie: confesar habría hecho saltar por los aires toda posibilidad de una venta y, además, vive solo y, por lo que yo sé, no tiene coartada; incluso él debe de darse cuenta de que nada podría impedir que se convirtiera en el principal sospechoso. No obstante, yo sabía que, si Mackey y O'Neill lo sometían a algo más que un interrogatorio superficial, todo eso habría saltado por los aires. Ned se habría transformado exactamente en lo que ellos quisieran: el testigo colaborador, el ciudadano preocupado de cumplir con su deber. Habría sido el fin del mundo, por supuesto (no tiene nada que ofrecer que constituya una prueba sólida), pero habría podido reportarnos un cúmulo de problemas y tensiones, y eso era lo último que necesitábamos. Por otro lado, yo no podía juzgarlo, no podía intuir lo que pensaba ni intentar alejarlo del desastre. A Lexie, a ti, sí la podía tener vigilada, hasta cierto punto, pero a Ned… Sabía que ponerme en contacto con él era la última cosa que me convenía hacer, pero confieso que tuve que hacer acopio de todo mi empeño para contenerme.