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Ned era territorio pantanoso. No quería que Daniel pensara demasiado en él, en mis paseos, en las posibilidades.

– Debíais de estar furiosos -aventuré-. Todos vosotros, con ellos dos. No me sorprende que alguien la apuñalara.

Lo decía sinceramente. En muchos sentidos, lo más sorprendente es que Lexie hubiera llegado tan lejos.

Daniel calculó su respuesta; su rostro se asemejaba al de las noches, en el cuarto de estar, cuando se sumía en las profundidades de un libro, ajeno al mundo.

– Estábamos enfadados -corroboró-, al principio. Furiosos, destrozados; nos sentíamos ultrajados, saboteados desde dentro. Sin embargo, en cierta medida, lo mismo que al final te traicionó, jugó en tu favor al principio: la diferencia crucial entre Lexie y tú. Sólo alguien como Lexie, un ser sin ninguna noción de acción y consecuencia, habría sido capaz de regresar e instalarse de nuevo con nosotros como si nada hubiera ocurrido. De haber sido una persona ligeramente distinta, ninguno habría podido perdonarla y jamás te habríamos permitido volver a cruzar esa puerta. Pero Lexie… Todos sabíamos que nunca, en ningún momento, había pretendido herirnos; la devastación que estaba a punto de provocar jamás le había parecido una realidad palpable. Por eso… -suspiró larga y cansinamente-, por eso pudo regresar a casa.

– Como si nada hubiera ocurrido -concluí.

– Así lo creí. Nunca pretendió hacernos daño; ninguno de nosotros pretendió nunca herirla, mucho menos matarla. Creo que eso debería significar algo.

– Eso es lo que pensé -añadí-, que había sido un accidente. Lexie llevaba negociando con Ned un tiempo, pero antes de que pudieran llegar a un acuerdo, vosotros cuatro lo descubristeis de alguna manera. -De hecho, empezaba a tener una idea de cómo había ocurrido, pero no había motivo alguno para compartirla con Daniel. Me la guardaba para la traca final-. Intuyo que tuvisteis una fuerte discusión y, en medio del fragor, alguien apuñaló a Lexie. Probablemente ninguno de vosotros estuviera exactamente seguro de qué había sucedido; la propia Lexie tal vez pensara que simplemente le acababan de dar un pinchazo. Entonces salió de estampida con un portazo y corrió hasta la casucha. Quizá se había citado con Ned aquella noche. Quizá lo hiciera por instinto ciego, no lo sé. En cualquier caso, Ned no se presentó. Quienes la encontrasteis fuisteis vosotros.

Daniel suspiró.

– Más o menos, sí -confirmó-. A grandes rasgos, eso es lo que ocurrió. ¿Podemos dejarlo ahí? Ya sabes lo fundamental; los detalles adicionales no aportarían nada nuevo y, en cambio, causarían un daño considerable a varias personas. Era una persona encantadora, era complicada y ahora está muerta. Eso es lo único que importa.

– Bueno -objeté-. Está el asunto de quién la mató.

– ¿Se te ha ocurrido plantearte si a Lexie le hubiera gustado que investigaras eso? -preguntó Daniel, en un tono subyacente de intensa emoción en su voz-. Al margen de qué estuviera planeando hacer, nos amaba. ¿Crees que habría querido que tú hubieras acudido con el simple propósito de destruirnos?

Algo seguía curvándose en el aire, erizando las piedras bajo mis pies; algo tan alto como un campanario contra el cielo, temblando en el reverso de cada hoja.

– Fue ella quien me encontró -contesté-. Yo no fui en su busca. Ella vino a mí.

– Es posible que lo hiciera -dijo Daniel. Estaba inclinado hacia mí, por encima del agua, cerca, con los codos en las rodillas; tras las lentes de sus gafas, sus ojos aparecían agrandados, grises e insondables-. Pero ¿estás realmente segura de que lo que buscaba era venganza? Le habría resultado mucho más fácil correr hacia el pueblo, al fin y al cabo, llamar a una puerta y pedirle a algún vecino que alertara a la policía y enviara una ambulancia. Es posible que a los lugareños no les gustemos demasiado, pero dudo sinceramente que le hubieran negado asistencia a una mujer herida. En su lugar, fue directamente hacia esa casucha y simplemente permaneció allí, esperando. ¿Acaso nunca te has preguntado si ella quiso participar en su propia muerte y en la ocultación de la identidad de su asesino, si no consintió, si no decidió seguir siendo una de nosotros hasta el final? ¿Nunca te has planteado si, quizá, por su propio bien, deberías respetar eso?

El aire tenía un gusto extraño, dulce, meloso y salado.

– Sí -respondí. Me resultaba difícil hablar: las ideas parecían tardar una eternidad en llegar de mi pensamiento a mis labios-. Lo he hecho. No he dejado de preguntármelo todo el tiempo. Pero no hago esto por Lexie. Lo hago porque es mi trabajo.

Era un cliché como una catedral. Me salió de manera automática. Pero mis palabras parecieron fustigar el aire como un latigazo, sorprendente y potente como la electricidad, que atravesó como una bala las sendas de hiedra para ir a morir al agua, donde se extinguió entre un humo blanco. Por una milésima de segundo regresé a aquella primera escalera que crujía bajo mis pies, con las manos en los bolsillos y la vista alzada hacia el rostro desconcertado de aquel joven yonqui muerto. Recobré la sobriedad, una sobriedad fría como la piedra. El resplandor onírico se había disipado en el aire y el banco volvía a estar duro y húmedo bajo mi trasero. Daniel me observaba con una alerta desconocida en sus ojos, como si nunca antes me hubiera visto. En aquel instante caí en la cuenta de que lo que acababa de decirle era la verdad, posiblemente lo hubiera sido desde el principio.

– Bueno -respondió con sosiego-. En ese caso…

Se recostó, lentamente, en la pared, alejándose de mí. Hubo un largo y zumbante silencio.

– ¿Dónde…? -preguntó Daniel. Se detuvo un instante, pero mantuvo la voz firme-: ¿Dónde está Lexie ahora?

– En el depósito de cadáveres -aclaré-. No hemos sido capaces de ponernos en contacto con ningún familiar.

– Nosotros nos encargaremos de todo. Creo que ella lo preferiría así.

– El cadáver es una prueba de un caso de homicidio abierto -expliqué-. Dudo que nadie os lo vaya a entregar. Hasta que la investigación se cierre, Lexie permanecerá en la morgue.

No tenía necesidad de ser más explícita. Sabía qué estaba visualizando Daniel; mi mente guardaba un pase de diapositivas a todo color de esas mismas imágenes, a la espera de ser reproducido. Un minúsculo espasmo veló su rostro y le tensó la nariz y los labios.

– En cuanto averigüemos quién la mató -indiqué-, yo podría defender que os entregaran el cuerpo a vosotros, que vosotros erais su verdadera familia.

Por un segundo, le palpitaron los párpados; luego pareció perdido. Creo, aunque la perspectiva del tiempo no sirva de excusa, que ése era el aspecto de Daniel más fácil de pasar por alto: su pragmatismo implacable y letal, desdibujado bajo la vaga neblina de su torre de marfil. Un oficial en el campo de batalla abandona a su propio hermano muerto sin volver la vista atrás, mientras que el enemigo sigue cerrando el círculo, con el fin de salvar al resto de sus soldados vivos.