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– Lógicamente -dijo Daniel-, te ruego que abandones esta casa. Los otros no regresarán hasta dentro de una hora; eso te dará tiempo suficiente para empaquetar tus cosas y hacer los arreglos convenientes.

No debería haberme sorprendido, pero tuve la sensación de que me abofeteaba en la cara. Buscó a tientas su paquete de tabaco.

– Prefiero que los demás no descubran quién eres. Supongo que imaginas cuánto los entristecería. Admito que no sé cómo gestionar esta situación, pero estoy seguro de que tú y el detective Mackey tenéis una estrategia de salida, ¿me equivoco? Alguna historia que os hayáis inventado para sacarte de aquí sin levantar sospechas.

Era lo lógico, la única alternativa. Te descubren y te vas, de inmediato. Yo tenía todo lo que una mujer de mi edad podía pedir. Había reducido nuestros sospechosos a cuatro, y Sam y Frank podrían retomar la investigación a partir de ese punto. Podía explicar por qué no estaba grabado: desconectar el cable del micrófono y afirmar que había sido un accidente (tal vez Frank no me creyese del todo, pero no le importaría), informar de las minucias de aquella conversación que me interesasen, regresar a casa inmaculada y triunfante, y hacer una reverencia de despedida. Pero no se me ocurrió hacerlo.

– Sí, la tenemos -contesté-. Si aviso, puedo estar fuera de aquí en un par de horas sin revelar mi identidad secreta. Pero no voy a hacerlo. No hasta que descubra quién mató a Lexie y por qué.

Daniel volvió la cabeza y me miró, y en ese segundo olí el peligro, claro y frío como la nieve. ¿Por qué no? Había invadido su hogar, su familia, e intentaba hacer naufragar ambas cosas para siempre. O él o uno de sus amigos había asesinado a una mujer anteriormente por pretender hacer eso mismo, y a menor escala. Daniel era lo bastante fuerte para hacerlo y muy posiblemente lo bastante inteligente para salir airoso, y mi revólver seguía en mi dormitorio. El riachuelo cantaba a nuestros pies y un escalofrío eléctrico me recorrió la columna y fue a morir a las palmas de mis manos. Le sostuve la mirada, sin moverme, sin pestañear.

Tras una larga pausa, levantó los hombros, en un gesto casi imperceptible, y vi su mirada perderse en su interior, absorta. Había rechazado la idea y avanzaba hacia otro plan; su mente estaba calculando opciones, ordenándolas, clasificándolas, conectándolas con más rapidez de la que yo era capaz de predecir.

– No lo harás -sentenció-. Supones que mi reticencia a herir a los demás te da ventaja; que, mientras continúen creyendo que eres Lexie, cuentas con la oportunidad de conseguir que hablen contigo. Pero créeme, todos ellos son plenamente conscientes de lo que hay en juego. No me refiero a la posibilidad de que uno o todos nosotros acabemos entre rejas; careces de pruebas que apunten hacia cualquiera de nosotros en particular, no tienes caso contra nosotros, ni a título individual ni colectivo, o de lo contrario ya habrías realizado los arrestos pertinentes hace tiempo y toda esta farsa habría sido innecesaria. De hecho, apostaría a que hasta hace apenas unos minutos ni siquiera sabías que vuestro objetivo estaba entre las cuatro paredes de Whitethorn House.

– Mantenemos abiertas todas las líneas de investigación -aclaré.Asintió.

– Tal como están las cosas, la cárcel es la menor de nuestras preocupaciones. Pero plantéate la situación, por un momento, desde el punto de vista de los demás: supon que Lexie está viva, sana y salva de nuevo en casa. Si ella averiguase lo ocurrido, significaría la ruina de todo por lo que tanto nos hemos esforzado. Supón que descubriera que Rafe, por elegir a uno de nosotros aleatoriamente, la hubiera agredido, asestándole una puñalada que casi le había costado la vida. ¿Crees que ella continuaría compartiendo la vida con él, sin temerle, sin resentimientos, sin sed de venganza?

– Pensaba que habías dicho que Lexie era incapaz de pensar en el pasado -repliqué.

– Sí, pero este asunto no tiene ni punto de comparación -rebatió Daniel con una sombra de acritud-. A él le costaría asumir que ella desestimaría todo el asunto como una simple discusión acerca de a quién corresponde ir a comprar leche. Y aunque Lexie hiciera tal cosa, ¿supones que podría mirarla día tras día sin apreciar el riesgo constante que ella presenta, el hecho de que en cualquier momento, con una sola llamada telefónica a Mackey u O'Neill, ella pudiera enviarlo a la cárcel? Recuerda que estamos hablando de Lexie: podría realizar esa llamada sin ni siquiera plantearse las consecuencias. ¿Cómo podría él seguir tratándola como lo había hecho siempre, bromear con ella, discutir con ella, incluso estar en desacuerdo con ella? ¿Y qué pasaría con el resto de nosotros, caminando sobre cáscaras de huevo, leyendo el peligro en cada mirada y en cada palabra que intercambiaran los dos, aguardando siempre al menor paso en falso para detonar una mina de tierra y hacerlo saltar todo en mil pedazos? ¿Cuánto tiempo crees que podríamos soportar una situación así?

Hablaba con voz serena y monótona. Volutas perezosas de humo ascendían desde la punta de su cigarrillo y levantó la cabeza para observarlas ampliarse y dibujar círculos en el aire a través de los revoloteantes haces de luz.

– Podríamos sobrevivir a toda la pantomima -continuó-. Lo que nos destruiría es saber que todos sabemos que es una pantomima. Tal vez suene extraño, sobre todo viniendo de un académico que aprecia el conocimiento por encima de todas las cosas, pero lee el Génesis o, mejor aún, lee a los Jacobeos: entendían hasta qué punto el conocimiento puede ser letal. Cada vez que estuviéramos en la misma estancia, ese conocimiento se interpondría entre nosotros como un cuchillo manchado de sangre y, al final, nos cercenaría de un tajo. Y ninguno de nosotros permitiría que algo así ocurriera. Desde el día que regresaste a esta casa hemos dedicado cada gota de nuestra energía a impedir que tal cosa sucediera, a restaurar nuestras vidas y recuperar la normalidad. -Sonrió levemente, arqueando una ceja-. Por decirlo de algún modo. Y confesarle a Lexie quién la apuñaló acabaría con toda esperanza de normalidad. Créeme, los demás no te lo confesarán.

Cuando uno está muy cerca de otras personas, cuando pasa demasiado tiempo con ellas y las ama profundamente, a veces pierde la perspectiva. A menos que Daniel estuviera marcándose un farol, acababa de cometer un último error, el mismo que venía cometiendo desde el principio. No veía a los otros cuatro tal cual eran, sino como deberían haber sido, como podrían haber sido en un mundo más cálido y amable. Había pasado por alto el descarnado hecho de que Abby, Rafe y Justin ya se estaban desintegrando, empezaban a caminar sobre el vacío; era un hecho que lo abofeteaba cada día en pleno rostro, que lo adelantaba en las escaleras como un hálito frío, que se colaba en el coche con nosotros por las mañanas y permanecía sentado, encorvado, entre nosotros en la mesa de la cena y, sin embargo, él no se había percatado ni una sola vez. Asimismo, había desatendido la posibilidad de que Lexie contara con sus propias armas secretas y me las hubiera entregado. Daniel sabía que su mundo se hacía añicos pero, por algún motivo, seguía imaginando a sus habitantes intactos en medio del naufragio: cinco rostros bajo un alud de nieve en un día de diciembre, fríos, luminosos, prístinos, atemporales. Por primera vez en todas aquellas semanas recordé que era mucho más joven que yo.

– Quizá no -contesté-. Pero tengo que intentarlo.

Daniel apoyó la cabeza contra la piedra de la pared y suspiró. De repente parecía terriblemente cansado.

– Sí -dijo-. Sí, supongo que sí.

– Es tu turno -añadí-. Puedes contarme lo sucedido ahora mismo, aprovechando que no llevo micro: me habré esfumado antes de que los demás regresen a casa y, cuando se produzcan los arrestos, será tu palabra contra la mía. O puedo quedarme aquí y correr el riesgo de que algo se grabe en una cinta.

Se pasó la mano por el rostro y se irguió, no sin esfuerzo.