– Soy perfectamente consciente -aclaró, observando su cigarrillo como si hubiera olvidado que lo sostenía entre los dedos- de que, llegados a este punto, no será posible un restablecimiento de la normalidad entre nosotros. De hecho, soy consciente de que todo nuestro plan probablemente fuera inviable desde un buen principio pero, como tú, no nos quedaba más opción que intentarlo.
Arrojó la colilla a las losas y la extinguió con la punta del zapato. Esa fría indiferencia volvía a cubrir su rostro, la máscara formal que utilizaba con los extraños, y su voz traslucía una nota crispada de irrevocabilidad. Lo estaba perdiendo. Mientras siguiéramos hablando así, yo tenía una oportunidad, por pequeña que fuera; pero en cualquier momento podía ponerse en pie y regresar al interior de la casa, y sería el fin.
De haber pensado que podía funcionar, me habría puesto de rodillas sobre aquella losa y le habría suplicado que se quedara. Pero hablamos de Daniel; mi única oportunidad era esgrimir la lógica, el razonamiento más puro y frío.
– Escucha -empecé a decir, en un tono uniforme-, estás subiendo las apuestas muy por encima de lo que conviene. Si consigo grabar a alguien, dependiendo de lo que diga, podría implicar un tiempo a la sombra para todos vosotros, para los cuatro: uno acusado de homicidio y los otros tres de cómplices o incluso de conspiración. ¿Qué os quedará entonces? ¿Qué podréis recuperar? Conociendo los sentimientos que el pueblo de Glenskehy alberga hacia vosotros, ¿qué posibilidades tenéis incluso de que la casa siga en pie cuando salgáis de la cárcel?
– Tendremos que arriesgarnos.
– Si me cuentas lo ocurrido, lucharé de vuestro lado hasta el final. Te doy mi palabra. -Daniel tenía todo el derecho a mirarme con ironía, pero no lo hizo. Me observaba con lo que interpreté el interés más manso y educado-. Tres de vosotros podéis salir impunes de esto y el cuarto puede afrontar cargos de homicidio sin premeditación en lugar de asesinato. No hubo premeditación: ocurrió durante una discusión, nadie quería que Lexie muriera, y yo puedo dar fe de que todos la queríais y que quienquiera que la apuñalase se encontraba bajo una coacción emocional extrema. El homicidio sin premeditación se salda con cinco años, quizá menos. Todo acabaría transcurrido ese plazo. El homicida saldría en libertad y los cuatro podríais dejar atrás todo este asunto y volver a la normalidad.
– Mi conocimiento de las leyes es fragmentario -alegó Daniel, inclinándose hacia delante para coger su vaso-, pero por lo que sé, y corrígeme si me equivoco, nada que el sospechoso declare durante un interrogatorio es admisible a menos que se le hayan leído sus derechos. Sólo por curiosidad, ¿cómo piensas leerles los derechos a tres personas que no tienen ni idea de que eres agente de policía?
Enjuagó de nuevo el vaso, lo colocó a contraluz y lo escudriñó para comprobar si estaba limpio.
– No lo haré -contesté-. No lo necesito. Todo lo que obtenga en cinta nunca será admisible en un tribunal, pero puede utilizarse para obtener una orden de arresto y también en un interrogatorio formal. ¿Crees que Justin, por poner un ejemplo, aguantaría si lo arrestaran a las dos de la madrugada y Frank Mackey lo interrogara durante veinticuatro horas ininterrumpidas, escuchando una cinta en la que describe el asesinato de Lexie de fondo?
– Una pregunta interesante -dijo Daniel.
Enroscó el tapón de la botella de whisky y la depositó con delicadeza en el banco, junto al vaso. El corazón me latía con fuerza.
– Nunca te lo juegues todo si tienes una mala baza -aconsejé-, a menos que estés completamente seguro de que eres mejor jugador que tu oponente. ¿Tú estás seguro?
Me dedicó una mirada vaga que podía significarlo todo.
– Deberíamos entrar -dijo-. Sugiero que les digamos a los demás que hemos pasado la tarde leyendo y recuperándonos de la resaca. ¿Te parece bien?
– Daniel -lo llamé, y se me cerró la garganta; me costaba respirar. Hasta que alzó la vista no me di cuenta de que mi mano estaba en su camisa.
– Detective -dijo Daniel. Me sonreía, tímidamente, pero sus ojos estaban muy quietos y profundamente apenados-. No puedes tenerlo todo. ¿Acaso has olvidado nuestra conversación de hace sólo unos minutos acerca del sacrificio inevitable? O eres una de nosotros o eres una policía: no puedes ser ambas cosas. Si alguna vez hubieras querido sinceramente ser una de nosotros, si lo hubieras ansiado más que nada en el mundo, nunca habrías cometido uno de esos errores y ahora no estaríamos sentados aquí. -Puso su mano sobre la mía, me la apartó de la manga y me la colocó en el regazo, con delicadeza-. ¿Sabes? En cierta manera, por extraño e imposible que pueda parecer, me habría encantado que hubieras escogido la otra opción.
– No intento sabotearos -me defendí-. Evidentemente, no puedo afirmar estar de vuestro lado, pero en comparación con el detective Mackey o incluso con el detective O'Neill… Si esto queda en sus manos, a menos que tú y yo colaboremos, será vuestro fin; son ellos quienes conducen esta investigación, no yo… y los cuatro cumpliréis la condena máxima por homicidio. Cadenas perpetuas. Daniel, me estoy esforzando tanto como puedo por impedir que eso suceda. Sé que tal vez no lo parezca, pero me estoy dejando la piel en ello.
Una hoja desprendida de la hiedra había caído en el riachuelo y había quedado atrapada en uno de los pequeños peldaños, agitándose contra la corriente. Daniel la recogió con cuidado y jugueteó con ella entre sus dedos.
– Conocí a Abby cuando empecé a estudiar en el Trinity -explicó-. Literalmente: era el día de la matrícula. Estábamos en el salón de exámenes, cientos de estudiantes haciendo cola durante horas; debería haber llevado conmigo algo para leer, pero no se me había ocurrido que pudiera tardar tanto rato. Arrastrábamos los pies bajo aquellos siniestros lienzos viejos, y todo el mundo, no sé bien por qué, hablaba entre susurros. Abby estaba tras de mí en la cola. Nuestras miradas se cruzaron, ella señaló uno de aquellos retratos y dijo: «Si dejas la mirada perdida, ¿no se parece muchísimo a uno de los Teleñecos?». -Sacudió el agua de la hoja y las gotitas volaron, brillantes como chispas de fuego en medio de los rayos de sol entrecruzados-. Incluso a esa edad -añadió-, yo era consciente de que mucha gente me consideraba inaccesible. Y la verdad es que no me preocupaba. Pero Abby no parecía creerlo, y eso me intrigó. Más tarde me confesó que al principio estaba muerta de vergüenza, no por mí en particular, sino por todo el mundo y todo lo que allí ocurría: una chica de las zonas urbanas deprimidas que se había pasado la vida yendo de un hogar de acogida a otro, arrojada allí en medio de aquellos muchachos y muchachas de clase media que consideraban la universidad y los privilegios un derecho inapelable. Entonces decidió que, si iba a reunir el coraje suficiente para hablar con alguien, entonces lo haría con la persona de aspecto más intocable que detectara. Éramos muy jóvenes, ya sabes.
»Una vez que nos hubimos matriculado, fuimos a tomar un café juntos y quedamos en vernos al día siguiente. Bueno, digo "quedamos", pero en realidad Abby me comentó: "Me he apuntado a la visita guiada por la biblioteca mañana a mediodía; te veo allí", y desapareció antes de que yo pudiera responderle nada. Para entonces yo ya sabía que la admiraba. Para mí era una sensación novedosa: no admiro a demasiadas personas. Pero era tan decidida, tan vivaracha; hacía que todo el mundo a quien yo había conocido hasta entonces pareciera pálido y siniestro. Probablemente hayas apreciado -Daniel sonrió vagamente, mirándome por encima de sus gafas- que tengo tendencia a contemplar la vida desde una cierta distancia. Siempre me había considerado un espectador, nunca un participante; siempre había creído que yo contemplaba tras un grueso muro de cristal al resto de personas encargándose de llevar adelante este negocio que es vivir y me fascinaba que lo hicieran con tanta facilidad, con una habilidad que daban por sentada y que yo jamás había conocido. Entonces Abby atravesó ese cristal y me agarró de la mano. Fue como un electrochoque. Recuerdo mirarla mientras atravesaba la Plaza Frontal (vestía una falda con flecos espantosa demasiado larga para ella en la que parecía haberse ahogado), recuerdo mirarla, repito, y caer en la cuenta de que estaba sonriendo…